¿La IA mató a la escritura? Más que una amenaza apocalíptica, las máquinas escribientes son el último eslabón de una historia que empezó con el alfabeto. Lo único irreemplazable es la intención y el error humano.
La escena es esta: hay algunas luces azules dispersas que se reflejan en el suelo de la nave, cortadas, cada tanto, por una luz blanca parpadeante. Entonces se abre la escotilla y vemos a Ripley enfundada en un exoesqueleto metálico con brazos como pinzas gigantes. Avanza entre la niebla que se acumula en los rincones. Se acerca la reina xenomorfa, un inmenso bicho negro que tiene acorralada a una niña. Ya toda la tripulación fue asesinada y, hasta ese momento, parecía imposible hacerle frente. Pero ahora nuestra heroína pelea con una ayuda técnica, un aparato industrial (creado para la producción) se reutiliza como arma para vencer la amenaza alienígena.
El xenomorfo es un término inventado para la primera película de Alien y viene del griego xénos (extraño, extranjero, alguien que no pertenece) y morphé (forma). Es una cosa ajena al mundo humano, irreductible a sus códigos. Y el exoesqueleto que Ripley se calza para enfrentarlo también tiene algo de eso: es una forma extraña, incluso inorgánica, que envuelve y proyecta su cuerpo. Y, sin embargo, mientras ella pelea, eso actúa de acuerdo a sus intenciones, se mueve cuando ella quiere moverse y la ayuda a vencer a la reina alien.
Vivimos rodeados de híbridos: lenguajes atravesados por tecnología, textos producidos entre pantallas, algoritmos, correctores automáticos y ahora los modelos de generación de lenguaje. Entonces nos preguntamos: ¿la IA escribe?, ¿reemplaza al escritor?, ¿es el fin de la escritura humana?
Me gusta pensar que eso es la escritura. Que cuando nos sentamos a procesar ideas, decir algo, lo que sea, en este sistema de códigos que inventamos hace miles de años, somos Ripley enfrentando a lo extraño, incluso a la forma misma. Pero la escritura no es sólo cuerpo, es también eso externo e inorgánico, la herramienta que nos permite registrar, tallar, imprimir o codificar; es, ni más ni menos, que una manera, mediada por la técnica, de producción social de sentido.
Vivimos rodeados de híbridos: lenguajes atravesados por tecnología, textos producidos entre pantallas, algoritmos, correctores automáticos y ahora los modelos de generación de lenguaje. Entonces nos preguntamos: ¿la IA escribe?, ¿reemplaza al escritor?, ¿es el fin de la escritura humana? Estas preguntas se centran en discutir si el exoesqueleto pelea solo, y eso es pensar más en Skynet y en la rebelión de las máquinas, en lugar de poner el problema en el dueño de la fábrica.
La escritura está atravesando una experiencia traumática. Y entenderla como tal, sin ir a la exageración o al apocalipsis, requiere salir de algunas oposiciones que no son reales ni productivas.
Nunca hubo "escritura natural"
La pregunta hoy es qué pasa cuando el exoesqueleto reemplaza al cuerpo. O, al menos, en sus funciones motoras básicas, en su capacidad de producir y resolver técnicamente. Entonces, ahora que las máquinas pueden formar oraciones, ¿qué queda de nuestra escritura? ¿Es esa escritura artificial un reemplazo siniestro de mi escritura natural? La tentación, creo, es quedarse ahí.
Vamos, entonces, de lleno a la dicotomía naturaleza-artificialidad e incluso, ya que estamos, podemos plantear esta pregunta: ¿es la oralidad más natural que la escritura alfabética? La oralidad articulada es ya lengua, es decir, sistema, código aprendido y técnica que performa el cuerpo. Hablar un idioma no es liberar un instinto, sino operar dentro de una convención que nos preexiste, que tuvimos que internalizar y a la que nunca terminamos de pertenecer del todo. Incluso antes de eso habrían gruñidos y sonidos guturales, pero que también funcionaban como signos moldeados por la evolución, por el grupo y por la historia. Tampoco hay un afuera puro ahí. ¿Y la intención de decir, eso querría ser lo natural? La intención se forma en el lenguaje, no traducimos nuestros deseos. Cuando uno quiere decir algo, ese "algo" ya tiene forma de algo decible: tiene categorías, sintaxis, léxico, los géneros discursivos en los que aprendimos a pensar.
Mariano Vilar, analizando a McLuhan en una nota reciente de este medio, dice que el pensamiento no es algo que ocurre adentro y después se vuelca en palabras; hay una parte importante de él que sucede en el acto mismo de escribir o hablar. Si esto es así, la técnica no es un agregado posterior al humano: es parte constitutiva. No hay un homo sapiens pre-técnico que después se haya complementado con herramientas. Hay un mismo proceso que produce, a la vez, especie y herramienta, cuerpo y prótesis.
La fórmula de Donna Haraway en el Manifiesto Cyborg de 1985 sigue siendo, en ese sentido, un marco de lectura clave para hoy: no existe separación ontológica fundamental entre lo técnico y lo orgánico, ni entre la máquina y el organismo. Y se puede comprobar muy fácil: yo, que escribo estas líneas, y vos, que las lees, somos cuerpos atravesados por antibióticos, vacunas, lentes correctores, plataformas digitales y hasta idiomas aprendidos en Duolingo. Ya somos cyborgs, quizás no en el sentido cyberpunkde Robocop o Neuromancer, pero sí en el sentido literal del manifiesto: criaturas en las que la división realmente nunca rigió.
No hay un homo sapiens pre-técnico que después se haya complementado con herramientas. Hay un mismo proceso que produce, a la vez, especie y herramienta, cuerpo y prótesis.
Bruno Latour formula algo parecido como diagnóstico histórico: nunca fuimos modernos, dice en el libro homónimo de 1991, porque nunca logramos separar del todo naturaleza y artificio. No es que fracasamos en la separación, sino que la separación nunca tuvo referente real. La pureza era el proyecto (poder tener categorías claras que muestren oposiciones claras) pero no el punto de partida. Lo que efectivamente hubo, siempre, fueron híbridos. La oposición natural/artificial es una ficción retrospectiva muy útil para algunas operaciones políticas y conceptuales (como lo fue para legitimar las ciencias o el fascismo en su momento), pero no nombra ninguna frontera real del mundo.
La escritura siempre fue cyborg
Si tuviéramos que buscar lo más cercano a algo "natural", podríamos pensar en la conversación entre dos personas cercanas y con plena capacidad oral y auditiva: un cuerpo que usa su organicidad para emitir un sonido y otro cuerpo que lo capta. En ese caso no hay un artefacto físico no-biológico entre los cuerpos. Pero el alfabeto sí es un artefacto, aunque sea de otra índole. Es la conversión arbitraria de fonemas en signos visuales, una tecnología que tuvo que inventarse, propagarse y normalizarse. Cuando las primeras civilizaciones lo adoptaron, no pasaron simplemente a "escribir lo que decían", sino que abrieron un dispositivo nuevo, que reordenó la memoria, la ley, el pensamiento abstracto y, eventualmente, la filosofía. Una tecnologización de la palabra que cambió toda una manera de relacionarnos con el pensamiento y con el tiempo.
La imprenta, mil seiscientos años después, hizo lo propio en otra escala, porque estandarizó tipografías, creó la idea moderna de autor, volvió replicable el texto y disparó una economía editorial. Cervantes no podría haber escrito el Quijote sin imprenta porque la novela misma (como género que vive de la circulación masiva, del lector que paga, y del diálogo que genera consigo misma) es una criatura de la imprenta. La imprenta no es solo el "soporte" del Quijote, sino su condición de existencia.
Cientos de años después, en los años ochenta, en el bar La Ópera de Buenos Aires, el tema de conversación era la computadora. Osvaldo Soriano, cuenta Ricardo Piglia en sus diarios, decía que había perdido cinco páginas enteras por un corte de luz. "Se me borraron, zas, de un golpe". Su solución fue hacer backup cada media hora. Lo pensaba, incluso, como técnica de supervivencia y fue parte nuclear de su última novela (en la que un escritor entierra el disco con el backup de la novela que escribe, pero luego, cuando lo necesita, olvida dónde). Piglia, que ya escribía con WordPerfect en una Macintosh, observa que por primera vez se podía corregir mientras se escribía, sin necesidad de volver a pasar la página entera. El borrador como instancia separada empezaba a desaparecer y con eso una manera de pensar la escritura. "Cualquier escritor joven puede ser al mismo tiempo su editor", decía, contrariado.
Lo que en los ochenta era la novedad del procesador de texto se fue después extendiendo en escala. El corrector ortográfico empezó a corregirnos sin que se lo pidamos; el autocompletado del celular modifica o guía nuestras elecciones léxicas; el buscador modifica y conduce nuestras búsquedas. Cada función nueva se mete a mediar entre nosotros y el mundo. Todo eso llega a su pináculo con los modelos de generación de lenguaje (LLM).
La inteligencia artificial generativa, vista en esa serie, no implica entonces la irrupción de la tecnología en un terreno previamente puro e inmaculado, sino que es más bien el último escalón de una historia que empezó hace tres mil años, cuando alguien decidió que un sonido podía representarse con un signo. Pero hay una diferencia entre estas nuevas máquinas de escribir y todo lo que las precede: hasta hoy, cada una de esas maquinarias (desde el alfabeto al procesador de texto) eran una mediación entre un cuerpo que quería decir algo y un texto que era dicho. El cuerpo siempre estaba en el medio, tipeando o dibujando, eligiendo cada palabra. La IA es la primera tecnología capaz de saltearse ese tipeo. No la primera mediación, ni mucho menos. Pero sí la primera que produce texto sin que el cuerpo del que lo pide tenga que pensar en su forma. Eso sí es nuevo, y es lo que más vértigo nos da porque propone un cambio profundo en la noción de escribir.
El último reducto
En este punto hace falta un rato de filosofía del lenguaje, y una buena manera es a través de una nota de Juan Ruocco en este medio, quien hizo el trabajo de ordenar el mapa. El centro de gravedad de la discusión es una frase de Hilary Putnam, filósofo estadounidense: el significado no está en la cabeza. Putnam propone un experimento mental, al que llama “la Tierra Gemela”. Imaginemos dos planetas idénticos en todo. En la Tierra, la palabra "agua" refiere a H₂O. En la Tierra Gemela, a una sustancia indistinguible en la práctica, pero cuya composición química es XYZ. Aunque los hablantes de ambos mundos tengan los mismos estados mentales al pensar en "agua", la palabra refiere a cosas distintas. ¿Qué quiere decir esto? Que lo que hace que una palabra signifique algo no está relacionado sólo con lo que pasa adentro de la cabeza del que habla. Hace falta un entorno, una historia causal que conecte la palabra con la cosa, y una comunidad lingüística que sostenga esa conexión en el tiempo.
La IA es la primera tecnología que produce texto sin que el cuerpo del que lo pide tenga que pensar en su forma. Eso sí es nuevo, y es lo que más vértigo nos da porque propone un cambio profundo en la noción de escribir.
Aplicado a un LLM, esto tiene consecuencias fuertes a primera vista. Un LLM nunca tuvo sed cuando dijo "agua". No hay cadena causal entre sus parámetros y el mundo donde el agua moja, calma o ahoga. Usa el término porque lo encontró millones de veces en sus datos de entrenamiento, no porque participe del mundo que esas palabras nombran. Su uso del término es, como dice Ruocco, parásito del nuestro. Hasta acá el argumento parecería llevar a la idea de que la IA produce texto sin enunciador. Frases sin nadie atrás, mensajes sin remitente. Una Skynet sin conciencia.
Pero sí hay alguien atrás: para que el texto exista, alguien tuvo que abrir el chat y pedirlo. Hay un dedo en el botón. Hay un deseo (podrá ser vago o fuerte, artístico o comercial, pero es deseo al fin) de que algo aparezca en la pantalla. Y ese alguien sí está en el mundo, sí tuvo sed alguna vez y sí participa de la cadena causal y de la comunidad lingüística que Putnam describe. La pregunta entonces es dónde se metió ese cuerpo, y cuánto afecta al texto que pide producir (o sea, que terceriza).
Esa es la mutación que cambia el paradigma. El enunciador no desapareció, sino que se desplazó. Antes tipeaba palabra por palabra; ahora pide, promptea, y en ese acto también elige, descarta, recombina y reescribe. La función no es la misma (y acá entra un camino de salida de todo este embrollo que va a seguir existiendo: elegir mantener la función clásica de escribir sin esta nueva mediación) pero el cuerpo no se evaporó del todo. Yo lo llamo el último reducto: el fuerte donde la intención todavía vive, comprimida a veces hasta el mínimo, pero aún ahí.
Pero el tema, de nuevo, es que no tenemos una manera de medir cuánto cuerpo hay en eso que leemos y eso enciende las alarmas. No podemos separar lo artificial de lo natural. Porque no es lo mismo un "escribime un poema sobre el amor", tirado por alguien que no tiene idea de lo que quiere decir pero quiere texto en la pantalla, que alguien que sólo pregunta algo e incorpora fragmentos que luego editorializa. En el primer caso, la cadena causal con el mundo está, técnicamente, pero es flaca: nadie pensó nada, nadie eligió nada ni se hizo cargo de nada. En cambio un pedido cargado de años de pensamiento sobre un problema concreto, con descarte y reescritura, con criterio para elegir entre veinte variantes y volver a pedir la veintiuna, tiene cuerpo aunque la ejecución mecánica sea de la máquina. El problema es que, como es un acto individual e inaccesible, se vuelve un acto ético incomprobable. Y como lectores eso nos aterra.
Entonces, si antes tipear todo era el default, ahora la enunciación se volvió un parámetro variable que decidimos de manera individual.
De acá surge algo más: si, como dice Vilar, el pensamiento no es algo que ocurre adentro y después se vuelca en palabras sino que sucede en el acto mismo de escribir, entonces escribir era (en cualquier época anterior) la prótesis del pensamiento. El lugar donde el pensar dejaba de ser íntimo y se materializaba en lo real, lo que permitía observarlo por fuera de su tiempo. Algo vital pasaba ahí, en cada palabra puesta en la página, que con el prompt se desplaza. El pensamiento se materializa adentro de la instrucción, en una caja de texto que el lector nunca va a ver. Lo visible, o sea el texto que aparece en la pantalla, se vuelve resultado secundario, un output. Entre el acto creativo y la contemplación de ese acto aparece una nueva distancia.
Paranoia, aversión y fetichización
Cuando Marcel Duchamp puso un mingitorio industrial firmado "R. Mutt" en una muestra de arte en 1917, lo que hizo fue quitar un objeto de su entorno natural y colocarlo en un marco interpretativo que lo desnaturalizó. Pese a no implicar habilidad técnica ni construcción obrera, esa “cosa” es considerada arte porque alguien (el artista) así lo propone. Porque, como vimos antes, hay una intención que se adivina detrás de lo visible. Lo que define a la obra no es el trabajo manual o la destreza técnica, sino la decisión.
El enunciador no desapareció, sino que se desplazó. Antes tipeaba palabra por palabra; ahora pide, promptea, y en ese acto también elige, descarta, recombina y reescribe. La función no es la misma pero el cuerpo no se evaporó del todo. Yo lo llamo el último reducto: el fuerte donde la intención todavía vive, comprimida a veces hasta el mínimo, pero aún ahí.
Con el texto generado esto podría seguir pasando porque se cumple el mismo génesis: alguien quiso que eso que antes no existía, ahora exista. Ahora la ejecución mecánica es de la máquina, antes quizás fuera de un empleado del museo (y ahí hay otro debate, mucho más terrible, que tiene que ver con el trabajo). Es decir, no hay un cuerpo escribiendo palabra por palabra, pero sí hay alguien eligiendo que un texto entre al mundo. La autoría, vista desde acá, se corre a una postura curatorial, en la que lo define el acto artístico no es construir sino decidir.
Una mirada barthiana diría que el autor no importa, que lo que importa es el mingitorio en sí en un marco que permite verlo como arte. Roland Barthes anunció la muerte del autor en 1968, y desde entonces se asume, en buena parte de la teoría literaria, que el sentido no se origina en una intención biográfica sino que se produce en la lectura. Si el autor ya estaba muerto desde antes, el desplazamiento al prompt no agrega tanto como podría parecer. El texto fue siempre, en algún sentido, una superficie que el lector activa.
Todo ya está produciendo nuevos efectos y generando nuevas preguntas. El primero sería la paranoia lectora. Cada texto se vuelve sospechoso: ¿lo escribió alguien? ¿Fue una máquina? ¿Es genuino o es output? La lectura empieza ahora con una pregunta que antes no existía, una presunción de estafa. Y eso desata lo que sigue, que es la aversión al engaño. Hay algo que se siente como traición cuando uno descubre que un texto podría haber sido escrito por una máquina. Es como una herida en el pacto implícito de la lectura. El tercero, paradójicamente, es un consumo fetichizado de lo hecho a mano. Lo "humano" se vuelve etiqueta de valor por su autenticidad y consumo premium. Aparece incluso un nuevo trabajo: humanizar textos hechos por IA.
Estos tres efectos (paranoia, aversión, fetichización) parecen ser los primeros síntomas de una escena nueva de lectura producida por la máquina.
El reflejo del poder
Más allá de las consecuencias filosóficas y formales que importan para pensar la escritura, es importante no dejar de lado cuáles son los problemas nucleares de estas herramientas. Que son, además, los mismos que arrastramos desde principios de milenio: la feudalización progresiva del entorno virtual y la mediación cada vez más total entre el usuario y el mundo. Es decir, no olvidarnos que son máquinas entrenadas por Silicon Valley, con limitaciones todavía muy claras, y que proponen además una estética bastante estandarizada.
Entonces, la forma empieza a ser contaminada o resistida. Guiones de aclaración, oraciones trimembres, frases gancho y dos puntos se vuelven marcas sospechosas, disparadores de la paranoia. Palabras como "preciso", "vibrar", “certero” o "potente" son secuestradas y vaciadas por las máquinas, que además se entrenan en una gramática anglosajona para después traducirla al español, generando una cadencia weird, levemente fuera de fase. Son, básicamente, el reflejo de cómo piensa el lenguaje el poder: un instrumento técnico más, alineado a las formas más estandarizadas del centro y exportado al resto. ¿Qué hacemos con eso?
Las máquinas se entrenan en una gramática anglosajona para después traducirla al español, generando una cadencia weird, levemente fuera de fase. Son, básicamente, el reflejo de cómo piensa el lenguaje el poder: un instrumento técnico más, alineado a las formas más estandarizadas del centro y exportado al resto.
No creo ser el único al que le cuesta ser optimista hoy en día. Pero hay una apuesta que hago, y es que pese a todo, la sociedad históricamente ha sabido resignificar los productos culturales del poder y ha propuesto sus propias resistencias. En las grietas de lo cotidiano (en el uso inapropiado, la lectura corrida, el fanfiction, el debate en foros o la frase mal traducida que se vuelve chiste, el prompt usado para algo que sus diseñadores no previeron) se generan maneras nuevas de futuro.
Hay una formulación inesperada de todo esto en la reciente encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV. Ahí se dice que "para un algoritmo, un error es un defecto que debe corregirse; para una persona, sin embargo, un error puede ser el catalizador de una transformación profunda". La máquina tiene un objetivo, sus mecanismos apuntan a optimizar, empujar hacia la respuesta correcta, hacia la forma esperada, hacia el promedio de lo que ya existe. El cuerpo, en cambio, se equivoca, falla, se contradice o quiere algo que no es aquello para lo que la máquina fue creada (y esto podría ser, también, por equivocación). Es decir, el usuario, la Ripley dentro del traje, puede provocar consciente o incosncientemente un corrimiento de lo esperado. La desviación, la ruptura y el usar mal se vuelven, de alguna manera, signos cada vez más profundos de humanidad. Si la herramienta viene calibrada para un uso, el último reducto también podría aparecer en lo que antes era indeseable: la mala utilización y el error.
La escritura cyborg, en ese sentido, también incluye la testarudez. Gente que sigue haciendo cerámica en plena era industrial, o que pinta cuando se pueden generar imágenes en 4K con un clic; personas que escriben a mano cuando hay procesadores de texto, y que tipea palabra por palabra cuando ya hay modelos que les escriben el párrafo si se lo piden. Más allá de la nostalgia, hay otro fenómeno que parece ocurrir cada vez que aparece una tecnología nueva, y es que las anteriores se vuelven electivas. La cerámica antes de la industria era la única forma de hacer una taza; después de la industria es una decisión que implica, al menos como consumidor, sentido. Tipear cada palabra antes del LLM era simplemente escribir; ahora es una posición.
Posición situada
Volvamos a Ripley por última vez. La diferencia entre ella y el exoesqueleto no tiene que ver con lo natural/artificial: Ripley es cyborg incluso sin el aparato. Ella es un cuerpo entrenado, intervenido por años de hibernación y tecnologías materiales y sociales. La diferencia es que Ripley tiene una posición situada en el mundo, una historia y algo que perder, mientras que el exoesqueleto no.
La máquina de escribir necesita un cuerpo, porque decir para ella no significa nada. El tema, creo, va a ser cuánto hay de original y humano en ese lenguaje industrializado y qué permite pensar en términos de nuevas estéticas. Aparece una distancia nueva entre el pensar y lo que se lee, una nueva mediación a una performance ya mediada. Y sin embargo, del otro lado, alguien todavía decide. Como Duchamp con el urinario o Ripley dentro del exoesqueleto, la densidad de esa decisión, la consistencia de esa posición, la intención de decir aún usando, reescribiendo o deformando lo que máquinas de Silicon Valley (que, como ese exoesqueleto, fueron pensadas para la explotación o el reemplazo) nos dan, es lo que ahora va a distinguir una escritura humana de un texto que es sólo output.
Franco Dall'Oste es escritor y docente en la Facultad de Periodismo de la UNLP. Publicó La Huevósfera (2015) y Cinco cuentos sobre Facundo Quiroga y su cobarde asesino Santos Pérez (2025). Dirige Tlön, un espacio de escritura narrativa.
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