El Péndulo: La revista que popularizó la ciencia ficción argentina
La historia de la mítica revista de Marcial Souto que impulsó la ciencia ficción argentina, combinando literatura New Wave, arte y contracultura.
La historia de la mítica revista de Marcial Souto que impulsó la ciencia ficción argentina, combinando literatura New Wave, arte y contracultura.
Entre los desgastados anaqueles de las librerías de usados de la Avenida Corrientes se podían hallar unos tomos cubiertos por ominosas ilustraciones, y en cuyas páginas se podían encontrar cuentos de ciencia ficción y de fantasía, intercalados entre reseñas de libros, críticas de películas, ocasionales entrevistas, ensayos e historietas. Eran de los años ochenta, y sin embargo persistían en el tiempo, casi como nuevos. En sus tapas, un título en letras grandes y claras: El Péndulo.
La revista no fue solo un conjunto de páginas destinadas a la divulgación de literatura de género, fue un dispositivo cultural que entrelazó distintas artes entre sí y propició la popularidad de la ciencia ficción en Argentina. Escritores como Cordwainer Smith, Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Angélica Gorodischer o Carlos Gardini convivieron con ilustradores como Oscar Chichoni, Luis Scafati, Carlos Nine o Raul Fortín. Ensayos de Pablo Capanna, críticas de Aníbal Vinelli, historietas de Jacques Tati o Enki Bilal convivieron con traducciones de Marcial Souto. Ese entramado excedió a las 120 páginas de una revista y su usual carácter efímero. Fue hecho para durar: recibió los embates de las crisis políticas y económicas argentinas, y murió y resurgió una y otra vez. El Péndulo osciló durante cuatro épocas, y su efecto continúa sintiéndose en el aire.
La historia de la ciencia ficción es también la historia de sus revistas. Ya desde la época pulp, de publicaciones hechas de papel barato y amarillento, surgieron editores y escritores que no solo buscaban obtener rédito económico por cuentos de ciencia ficción, sino transformarla. Desde la primera y más conocida, Amazing Stories (por estar dedicada enteramente al género, de la mano de Hugo Gernsback, con relatos pulp de aventuras), pasando por la edad de oro propulsada por John W. Campbell Jr. en Astounding Stories (de cuentos más ligados a la ciencia ficción dura), se puede arribar a la inglesa New Worlds de Michael Moorcock, cuya meta era renovar el género. Los editores, en simbiosis con las revistas, produjeron auténticas usinas de talentos que más tarde, a medida que la ciencia ficción se establecía y generaba un amplio fandom y reconocimiento, iban a parar a libros.

En Argentina, y como bien documenta y ahonda el libro Las revistas argentinas de ciencia ficción de Carlos Abraham, hubo una nada envidiable muestra de publicaciones de género. La Más Allá, dependiente de la Editorial Abril y análoga a la revista estadounidense Galaxy Science Fiction, tuvo entre sus redactores a Héctor Germán Oesterheld (Abraham desmintió que el guionista de El Eternauta haya sido director de la revista, que en verdad fue comandada por Giorgio de Angeli, Julio Aníbal Portas y Alberto Löwenthal), y fue uno de los que dejaron mayor marca. Pero hubo otras: Centuria, Urania, Pistas del Espacio, entre muchas más. Y, entre todas ellas, la revista Minotauro (cuya primera época transcurrió en los años sesenta) y su editorial homónima.
El Péndulo no fue solo un conjunto de páginas destinadas a la divulgación de literatura de género, fue un dispositivo cultural que entrelazó distintas artes entre sí y propició la popularidad de la ciencia ficción en Argentina.
Fue tal vez la editorial más importante de ciencia ficción en el mundo hispanohablante. Su actual forma dentro del Grupo Planeta se encuentra a años luz de su forma originaria independiente, con un catálogo inmenso, un criterio puntilloso e inventivo y, sobre todo, la creatividad de su fundador, Paco Porrúa, el hombre de las mil traducciones. El excelente libro Minotauro: una odisea de Paco Porrúa (2023) de Felipe Castagnet, describe la aventura de traducir con hasta seis seudónimos diferentes obras como El señor de los anillos (1954-1955) de J. R. R. Tolkien, Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury o Hacedor de estrellas (1937) de Olaf Stapledon. “Era alguien totalmente extraordinario. Uno de los tipos más cultos y más inteligentes que conocí, y que sabía trabajar extraordinariamente con las palabras”, dice Marcial Souto sobre el que sería su maestro.
Souto había leído Luna de miel en el infierno (1962) de Frederic Brown y una novela juvenil de Robert A. Heinlein, tras lo cual se sumergió en las aguas de la ciencia ficción y leyó todo lo que circulaba. Pero no fue hasta descubrir los libros de Minotauro que entendió que eran “las mejores traducciones que conoció en su vida” y afirma que “muchos libros son mejores que el original, como Más que humano de Theodor Sturgeon”. Se conocieron a fines de los sesenta y ambos “sincronizaron inmediatamente” a partir de su admiración común por el escritor inglés J. G. Ballard. Se quedaron conversando sobre el autor hasta que se hizo de noche, y Porrúa le encargó a Souto su traducción. Este eligió la antología de cuentos de Ballard, El hombre imposible (1966). Admirador de Borges, alguna vez estudiante de medicina y en cierta medida surrealista, el autor de obras maestras como Crash (1973), La isla de hormigón (1974) o El mundo de cristal (1966), postulaba una ciencia ficción alejada de la concepción de la Edad de Oro del género; una centrada no en el espacio exterior (de naves y tecnología), sino en el interior, en lo psicológico y en lo poético. Porrúa aprobó la traducción, y selló así un vínculo de maestro y discípulo. Comenzó la larga trayectoria de Souto dentro de Minotauro, desde 1971. Y la veta ballardiana se manifestó tanto en su trabajo para la editorial como en su futura revista.
¿Por qué hacer una revista de ciencia ficción? Souto responde: “El género siempre creció y menguó acompañando la aparición de alguna revista o de alguna colección. Cuando había eso, había lectores y había un cierto entusiasmo. Cuando desaparecían, se secaba el paisaje”. La fuerza y la creatividad de El Péndulo escondía detrás su gen perseverante. Porque hubo otras revistas antes, bastante más efímeras, experimentos que fueron consolidando su experiencia y puliendo su criterio, hasta llegar al estadío más acabado. La primera revista creada por el editor fue La Revista de Ciencia Ficción y Fantasía, publicada por Ediciones Orión entre octubre de 1976 y febrero de 1977, con un total de tres números. A pesar de llamarse como la conocida publicación estadounidense (The Magazine of Fantasy & Science Fiction) su principal fuente de inspiración fue la primera época de la revista Minotauro. El siguiente proyecto, Entropía, fue de un único número que salió en junio de 1978, y fue una continuidad directa del primero, hecha especialmente para publicar textos cuyos derechos habían sido obtenidos para el cuarto número de La Revista de Ciencia Ficción y Fantasía.

Ambos contenían a autores tanto nacionales como internacionales, que aparecerían más tarde en El Péndulo: Cordwainer Smith, Pablo Capanna, Carlos Gardini, Mario Levrero, Rogelio Ramos Signes o Robert Silverberg. Pero como bien aclara Carlos Abraham, el primero fue una evidente hija de la primera época de la revista Minotauro, mientras que el segundo ya presagiaba una identidad más propia, con la eliminación del clásico ensayo científico y “una nómina más personal de autores y de colaboradores”. Y, sobre todo, con una inclinación cada vez más pronunciada hacia la New Wave de la ciencia ficción.
La fuerza y la creatividad de El Péndulo escondía detrás su gen perseverante. Porque hubo otras revistas antes, bastante más efímeras, experimentos que fueron consolidando su experiencia y puliendo su criterio.
Que la primera traducción de Souto para Porrúa haya sido un libro de Ballard explica muchas cosas, ya que él pertenece a una camada de escritores de ciencia ficción que revolucionaron el género. Se sostiene que el origen de la Nueva Ola fueron los tres tomos de la antología Visiones peligrosas (1967), editada por Harlan Ellison. A diferencia de la Edad de Oro, cuyas caras más visibles fueron Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Robert Henlein, y cuyo cerebro editor fue John W. Campbell, los nuevos talentos se preocupaban más en la forma que en el contenido, en utilizar las herramientas del lenguaje y de la literatura para innovar desde la metáfora, la poesía, la crítica social, lo psicológico y hasta lo surreal. Michael Moorcock fue el representante editorial de dicha ola, reflejada en su revista New Worlds (y en Nueva Dimensión en España), y autores como Samuel R. Delany, R. A. Lafferty, Ursula K. Le Guin, Thomas Disch o Philip K. Dick fueron algunos de los mayores artífices. "Durante el proceso redefinieron el género hasta convertirlo en algo que, bajo el punto de vista de J. G. Ballard, era el medio definitivo capaz de representar adecuadamente la realidad de la época", dice el escritor Alan Moore en su artículo "El Cadillac de Frankenstein".
Cuando Marcial Souto estaba generando su propia identidad, la New Wave fue una influencia decisiva en su largo proyecto literario, reflejo de la escena internacional en los sesenta y setenta. Lo efímero de la duración de aquellos proyectos, como gran parte de las revistas argentinas, tiene su explicación. En palabras Abraham: “Las causas fueron generalmente económicas: la imposibilidad de lograr ventas satisfactorias, la dificultad de promocionar y de distribuir las publicaciones, la aún mayor dificultad de cobrar el porcentaje de las ventas”. Pero aún así, el impulso de Souto nunca se detuvo, y hasta le propuso a Porrúa hacer una revista juntos en los setenta, pero eso recién sucedería más adelante.
Porque, al principio algo enclenque pero con determinación, nació El Péndulo.
En 1975, Marcial Souto planeó junto con su amigo y matemático uruguayo Jaime Poniachik una revista de cuentos. Inspirada en la mexicana El Cuento, le presentaron la propuesta a Andrés Cascioli, socio y director de Ediciones de la Urraca, que, por entonces, recién fundada tras la clausura de Isabel Perón de Satiricón, publicaba la revista Chaupinela y Libros de La Urraca. Cascioli aceptó encantado, y el primer número de la revista se diagramó y se preparó. Originalmente se iba a llamar Teorema, pero ya estaba registrado, por lo que se optó por otra palabra, en línea con aquel carácter abstracto y sofisticado: El Péndulo. La revista nunca salió: el gobierno de Isabel Perón llevó adelante el plan de ajuste económico conocido como "El Rodrigazo", lo que derivó en una fuerte devaluación y en un tarifazo. “Fue un viento brutísimo que cambió todo de un día para el otro”, afirma Souto.
Pasaron unos años (en el medio, La revista de fantasía y ciencia ficción y Entropía), hasta que en 1978, Cascioli, aprovechando la fiebre mundialista, fundó la revista Hum® y las ventas explotaron. “Se hicieron ricos de verdad”, afirma Souto. Al ganar espalda financiera, uno de los fundadores de la revista, Tomás Sanz, se acercó a Souto para volver a intentar lanzar la publicación. Esta vez sin Poniachik (tenía a su cargo sus propios proyectos editoriales), desarrolló lo que fue la verdadera primera etapa de El Péndulo, “una época cero” que consistió en dos números en formato tabloide salidos en junio y julio de 1979, y que ni siquiera tenían el título correspondiente debido “a las políticas de la empresa que estipulaban que todo nuevo lanzamiento debía estar vinculado a la revista principal”, como aclara Abraham. En su lugar, se llamó Suplemento de Humor y Ciencia Ficción. Tenía 64 páginas, figuraba como director Andrés Cascioli y Marcial Souto como asesor literario.

Sin embargo, eso no duró mucho. Se decidió darle una identidad propia más concisa e independiente de la “revista madre”, por lo que los siguientes cuatro números aparecidos mensualmente entre septiembre y diciembre de 1979 se titularon El Péndulo. Entre la ficción y la realidad. Aumentó a 76 páginas, combinando color con blanco y negro, y Souto ascendió al puesto de “director literario”. Pero, una vez más, la fórmula no terminaba de establecerse. Las tensiones entre la publicación madre, orientada principalmente al contenido gráfico, con múltiples ilustraciones e historietas, chocaban con la intención creativa de Souto, dedicada a producir una revista netamente literaria. Y en parte por ese motivo (que sería una constante casi a lo largo de toda su historia) finalizó esta primera época. “Cada cuento tenía 20 o 30 ilustraciones porque Cascioli creía que la gente había perdido el hábito de la lectura y que había que guiarla con imágenes”, cuenta Souto. Los altos costos de este tipo de producción (que incluía dieciséis páginas a color) hicieron que decidieran frenarlo al cuarto número. En aquel estaba anunciado el proyecto Ficción, una revista literaria presuntamente más cercana a las intenciones de Souto. Se diagramó, pero tampoco prosperó.
Las tensiones entre la publicación madre, orientada principalmente al contenido gráfico, con múltiples ilustraciones e historietas, chocaban con la intención creativa de Souto, dedicada a producir una revista netamente literaria.
Sin embargo, El Péndulo continuaba oscilando: al año y medio Cascioli llamó a Souto y le propuso relanzar la revista con un formato diferente. Para aquel entonces, la revista Hum® ya estaba consolidada en su identidad de humor gráfico satírico y, mermada la censura en los últimos años de la dictadura, concentraba al gran público opositor. Como dice el texto “Los vaivenes de El Péndulo” sobre esta nueva edición: “En un año la venta creció de 40.000 a 140.000 ejemplares y La Urraca estuvo de repente en holgadas condiciones de soportar nuevas aventuras”. El periodista Miguel Grinberg editaba por aquel entonces la revista Mutantia, una publicación de contracultura, ecología y pacifismo, hecha en un formato de libro, “con la que se aprovechaba un corte de papel”. Esta vez sí le dieron el control creativo total a Souto, aunque Cascioli se seguía llevando algunas licencias, como la ubicación de un chiste al final de cada página o la presencia de una historieta al final de la revista.
La segunda época de El Péndulo comenzó oficialmente en mayo de 1981 y duró 10 números, que salieron de forma bimensual. En ella, finalmente se había estabilizado la oscilación de la revista: 130 páginas, la presencia predominante de cuentos de ciencia ficción y fantasía, acompañados de algunas ilustraciones al comienzo de cada uno, historietas, ensayos, un apartado de reseñas y de críticas y de textuales del mundo del género.
Su fin ocurrió de nuevo por razones económicas y decisiones editoriales. “Me pareció que a los socios capitalistas de Andrés Cascioli no les gustaba que sus empleados se distrajeran tanto tiempo en hacer esta revista que era como un capricho”, afirma Souto. La segunda época concluyó en noviembre de 1982, y su padre murió por aquellas fechas, por lo que se volvió a Barcelona. En ese ínterin se reunió con Paco Porrúa y retomaron la idea de hacer una continuación de la revista Minotauro, en forma de una segunda época. De alguna manera, siguió con la estela de El Péndulo, con una estructura y un formato casi idéntico en espíritu, que duró desde el primer número en abril de 1983 hasta el número 11 en marzo de 1986.

Cascioli no se rendía y Souto tampoco, y El Péndulo volvió a renacer como revista una vez más. Como afirma Carlos Abraham, fueron dos los factores de su regreso: el éxito de los libros de ciencia ficción en los ochenta y una cita del escritor sueco Sam Lundwall (publicado posteriormente en la revista) que afirmó en su artículo historiográfico de las revistas de ciencia ficción, “Adventures in the pulp jungle”, que El Péndulo era “sin dudas, la mejor revista de ciencia ficción en contenido, presentación y diseño jamás publicada”. Esta tercera era duró cinco números, aparecidos entre septiembre de 1986 y mayo de 1987. Su estética y formato no varió mucho de la etapa previa, o en cualquier caso se terminó por independizar casi por completo de la casa madre de Hum®: ya no tenía más historieta, el apartado periodístico se redujo y se le dio prioridad máxima a la literatura. Pero mayo del 87 fue el sello final de la tercera era que, de alguna forma, sería su última.
El Péndulo era “sin dudas, la mejor revista de ciencia ficción en contenido, presentación y diseño jamás publicada”.
La cuarta podría considerarse una suerte de epílogo, un cierre de despedida, ya no como revista, sino como libro antológico, editado en dos volúmenes en noviembre de 1990 y mayo de 1991. El primero abría con una introducción a cargo de Marcial Souto y, antes de proceder a realizar una síntesis biográfica de cada autor (el único texto no ficcional del libro), repasaba la historia de la editorial, concluyendo: “El Péndulo se consolidó como un ámbito de diálogo entre los mejores textos de ficción especulativa nacional y extranjera y la obra de los mejores ilustradores argentinos”.
En su artículo “La conquista de un género: El Péndulo y la ciencia ficción en la Argentina”, Soledad Quereilhac utiliza el concepto de Raymond Williams conocido como “formación cultural” en su valoración del trabajo de la revista: “El ámbito de El Péndulo fue una instancia de lectura, traducción, reflexión y producción de literatura, que no se limitó a la iniciativa de un puñado de ‘literatos’, sino que se ensambló con la estructura de una empresa editorial comercial que le garantizó mayor llegada al público lector e instancias de intercambio con ese público, además del cruce con dibujantes e historietistas que le dieron una impronta de mixtura artística a la revista”.
Y es que la publicación dirigida por Marcial Souto tuvo una significancia que trascendió los límites de sus páginas, se derramó en todo el género y, especialmente, en el nacional, algo que se puede medir de forma fáctica: a medida que pasaban los números crecía la cantidad de autores rioplatenses, y ya para la tercera época eran casi la mitad del plantel. Algunos de los nombres que figuraron de manera constante fueron Mario Levrero (a quien se le publicó de manera total la novela El lugar en el número 6 de la segunda época), Angélica Gorodischer, Eduardo Abel Giménez, Cristina Siscar, Carlos Gardini, Luisa Axpe y Sergio Gaut vel Hartman.

El Péndulo fue una usina periodística, artística y cultural, conectada de manera directa con sus lectores mediante el correo, que Souto se dedicaba a contestar y cuya selección publicó en la mayoría de los números de la segunda época. A la par, se promocionaban seminarios como “Los otros mundos de la ciencia ficción”, dictados por Souto y Capanna, se difundía el Primer Concurso Internacional Ultramar / El Péndulo, se convocaba al fandom de la revista Más Allá, se promocionaba la librería de ciencia ficción La Vía Regia o los libros de Minotauro. Fue una pieza clave de la historia del género en el país, una producción de extraordinaria e influyente calidad.
A medida que pasaban los números crecía la cantidad de autores rioplatenses, y ya para la tercera época eran casi la mitad del plantel.
La revista fue una anomalía para Hum®, no solo por su connotación de género, sino también por su metodología de trabajo. Porque a diferencia de lo que se pueda pensar, tal obra no fue concebida en una redacción, sino en el espacio porteño por excelencia: el bar. “Nunca tuve una oficina en la editorial, ni una silla, ni una mesa”, afirma Souto. Entre cafés y medialunas, él se manejaba con una carpeta y se reunía diferentes días de la semana con sus colaboradores. En ese sentido, de alguna forma, su redacción era mental: “El único que tenía la revista en la cabeza era yo. El único que sabía qué iba a llevar el número siguiente, cuánto ocupaba, en qué proceso estaba”, declara. Y agrega: “Trabajaba sobre el filo del cierre siempre, con mucha dificultad. Yo calculaba que cada número me costaba medio año de vida”.
De aquella mente surgió la estructura más reconocible, la de la segunda época, bajo el diseño gráfico de Sergio Pérez Fernández (sucedido en la tercera época por Susana Rochocz) que comenzaba por la sección crítica y periodística “Crónicas terrestres”, dirigida por Elvio Gandolfo, compuesta por diferentes columnas: “Polvo de estrellas”, en donde él mismo seleccionaba una constelación de citas de autores y de reflexiones en torno al género; “Cine”, en donde el crítico Aníbal Vinelli (y luego, en la tercera época, Marcelo Figueras) hacía extensas y completas reseñas sobre películas de género del momento; “Libros Enterrados”, en donde Gandolfo se dedicaba a reseñar libros casi desconocidos o no canónicos; “Libros” (a secas), en donde colaboradores como Pablo Capanna, Carlos Gardini, Elvio E. Gandolfo o Sergio Gaut vel Hartman escribían sobre libros.
En territorio fuera de lo ficcional, “Crónicas terrestres” se sumaba a los ensayos constantes del escritor, filósofo y docente italo-argentino Pablo Capanna, quien ya había publicado libros como El sentido de la ciencia ficción (1966) o La Tecnarquía (1973) y que había conocido a Souto en la Segunda Convención de Ciencia Ficción Argentina (denominada también como Mardelcon), realizada en julio de 1968 en el Club Pueyrredón de Mar del Plata. Desde aquel momento, el vínculo fue constante y Capanna recuerda cómo se juntaba en bares con Souto, quien le llevaba libros cedidos por editoriales para que investigara para sus artículos: “Eso me permitía hacerme de un público que yo no conocía”. En sus profundos y accesibles ensayos de divulgación se encargaba de ahondar en la obra de autores como J.G. Ballard, Isaac Asimov, Cordwainer Smith, Olaf Stapledon o J.R.R. Tolkien, con un estilo marcado y atrapante. “Yo traté siempre de ponerme en el lugar del otro. Del tipo que no sabe de esto y quiere aprender algo”, afirma.
Las ilustraciones, por otro lado, eran también encargadas con criterio. Souto se reunía con los artistas en bares y les contaba sobre los cuentos que debían ilustrar. La identidad de El Péndulo se debía en gran parte a su extensa fila de ilustradores, la mayor parte reconocidos en el campo, como Carlos Nine, Oscar Chichoni, Kike Sanzol, Raúl Fortin o Luis Scafati. Y si bien ya quedaba atrás la primera época del suplemento, más cercana a lo gráfico que a lo literario, la influencia de Cascioli todavía se hacía notar en las historietas al final de la revista de la segunda época (Progreso de Enkil Bilal y Pierre Christin y El demonio de los hielos de Jacques Tardi, por entregas), pero sobre todo en su carácter de “maniático de los espacios ocupados”: “Si quedaba un poco de espacio al final de un cuento, él quería meter como fuera algún chiste y a veces creaba un efecto de anticlímax. Pero no se metió nunca en lo que yo elegía”, aclara Souto. Ya en la tercera época, las historietas y los chistes habían desaparecido del todo, y la página respiraba al final de cada cuento.

Pero el núcleo de la revista era literario, y en los cuentos se jugaba un rol central: la traducción. Fascinado por el contraste entre las traducciones de Paco Porrúa para Minotauro y las demás ediciones, Marcial Souto estudió inglés y se ganó una beca para viajar a Estados Unidos, en donde coincidió con la Convención Mundial de Ciencia Ficción (Worldcon). Desde aquella vez y a lo largo de su carrera conoció a Roger Zelazny, Philip Joseph Farmer, Robert Bloch, Richard Matheson, y hasta cultivó profundas amistades con J. G. Ballard (con quien tuvo un vínculo de 40 años), Ray Bradbury (con quien tuvo repetidas conversaciones, tanto en Buenos Aires como en Los Ángeles) y Brian Aldiss, a quien denomina como su “mejor amigo dentro del mundo de la ciencia ficción”. Tales contactos adquiridos en convenciones, junto a su habilidad traductora aprendida de su maestro Porrúa y de sus estudios, fueron vitales para la difusión de los cuentos en español. “La traducción es algo invisible y deseablemente invisible. Si es totalmente invisible es que es muy buena”, reflexiona Souto, que fue acompañado en su labor por Carlos Gardini.
Las oscilaciones de El Péndulo, comenzadas de manera infructuosa en 1975, y extendiéndose de forma intermitente pero perseverante durante más de 15 años, siguen reverberando aún hoy. La posición que ocupó la ciencia ficción en Argentina antes y después de la revista fueron notoriamente diferentes. “Para todos los que leíamos ciencia ficción fue un descubrimiento. Éramos muy fans de Minotauro porque tenía siempre excelente material y muy buenas traducciones. Tener El Péndulo, y poder participar en Hum®, era sentir: 'Por fin me reconocen en este mundillo que tanto me importa'. Eso, desde lo subjetivo. Lo objetivo: la ciencia ficción se volvió mainstream”, cuenta Eduardo Abel Giménez, editor y escritor, cuyo primer cuento, “Quiramir”, se publicó en el número 10 de la revista.
Las oscilaciones de El Péndulo, comenzadas de manera infructuosa en 1975, y extendiéndose de forma intermitente pero perseverante durante más de 15 años, siguen reverberando aún hoy.
Todo el proyecto de la revista El Péndulo puede ser interpretado como una operación borgeana, en palabras de Luciana Martínez en su ensayo “Políticas de traducción y publicación de las revistas de ciencia ficción argentinas (1979- 1987)": “La irreverencia borgeana es la otra gran tradición a la que se apegan además estas publicaciones, ya que recuperan textos del género que se encuentran, incluso, fuera de los cánones a nivel mundial, gesto que vino acompañado por un esfuerzo de elaboración de trabajos críticos que posibilitaran colocar a estas poéticas en el mapa”. Como postula Borges en “El escritor argentino y la tradición”, la historia literaria nacional se puede construir integrando influencias internacionales que cada autor hace propias. Lo que realizó Souto, seleccionando y traduciendo al conjunto de autores, en su mayoría anglosajones y de la New Wave, generó las condiciones de escritura y de lectura de autores nacionales.

En ese sentido, Marcial Souto tuvo una incidencia directa en la divulgación de autores argentinos de ciencia ficción y de fantasía, no solo en El Péndulo, sino también en Minotauro. Antes de él, la editorial de Porrúa había publicado solo a tres autores del género: Alberto Vanasco, Eduardo Goligosrky y Angélica Gorodishcer. Luego de casi 15 años, por insistencia de Souto y bajo su propia dirección se creó la colección Autores Rioplatenses, que contuvo diez títulos de autores que no casualmente también aparecieron y aparecerían en El Péndulo: la misma Gorodischer (Kalpa imperial I y II), Rogelio Ramos Signes (Las escamas del señor Crisolaras), Ana María Shua (La sueñera), Sergio Gaut vel Hartman (Cuerpos descartables), Mario Levrero (Aguas salobres), Carlos Gardini (Mi cerebro animal y Juegos malabares), Luisa Axpe (Retoños) y el mismo Eduardo Abel Giménez (El fondo del pozo). “Eso no existía, nadie hacía eso. Fue la primera vez que pasó dentro del mundo de la ciencia ficción que autores de acá conseguíamos publicar libros y nada menos que en Minotauro”, cuenta. Él mismo ganó el premio Gilgamesh en España en 1986 por “Quiramir”, galardón que compartió ni más ni menos que con Ursula K. Le Guin. “Fue el clímax de mi vida”, afirma el autor, que ya lleva publicados diez libros, entre los cuales están El fondo del pozo (1985) y Juicio a las diez (2019).
La revista Minotauro, en su segunda época dirigida por Gardini, publicó en su número 10, especialmente dedicado a la literatura nacional de ciencia ficción, una introducción autoconsciente del mismo impacto de ella y de El Péndulo en el género nacional: "Hace dos o tres años tal vez no existían autores ni cuentos suficientes para intentar esta aventura. El Péndulo, algunas publicaciones no estrictamente profesionales como Sinergia, Cuásar y Nuevomundo, esta misma revista y la colección de libros de ficción especulativa escritos en castellano que Minotauro publica desde mayo de 1983, han alentado a toda una nueva generación de escritores".
Lo que realizó Souto, seleccionando y traduciendo al conjunto de autores, en su mayoría anglosajones y de la New Wave, generó las condiciones de escritura y de lectura de autores nacionales.
Hoy, la ciencia ficción ocupa un lugar incuestionable. Autores reconocidos utilizan herramientas del género sin ser rotulados dentro de este, y editoriales como Anagrama tienen en su catálogo múltiples autores de ciencia ficción, que “se ha expandido en el imaginario sociocultural hasta formar parte insoslayable del mismo”, explica Abraham. Siguen, sin embargo, existiendo ciertas especializaciones. Caja Negra tiene la colección Efectos Colaterales, con varios de los mejores autores del género del momento (Juan Mattio o Michel Nieva), mientras que Indómita Luz posee la colección Arqueologías del futuro (que incluye a Flor Canosa o Alejandra Bruno) y la ya clásica Línea C de Interzona cuenta con autores como Stanislaw Lem, M. John Harrison o Rafael Pinedo. Revistas como la digital Axxon, en actividad desde 1989, y Próxima, la primera publicación de Ediciones Ayarmanot de Laura Ponce, que duró entre marzo de 2009 y diciembre de 2019, le deben mucho a la existencia de El Péndulo. El género se fue mestizando con otros, cobrando la forma de cierto New Weird, que no podría ser posible de no ser por la innovación y las herramientas narrativas de la New Wave tan difundida por El Péndulo.
En el Archivo Histórico de Revistas Argentinas (AHIRA) se encuentran todas las épocas de la revista El Péndulo. Y su atemporalidad sigue intacta: “Me sigue pareciendo muy legible. Se puede leer con mucho placer. El contenido permanece bien”, afirma Eduardo Abel Giménez. Tanto Capanna como Souto rememoran un intento fallido de hace unos años de reflotar El Péndulo junto al editor y escritor Hernán Casciari: "Eso ya funcionó en una época. Es otro mundo. Ahora hay que hacer algo distinto y lo tiene que hacer otra generación", afirma Capanna. Mientras, Marcial Souto vive principalmente en Barcelona desde hace años, en donde sigue realizando traducciones y, sobre todo, leyendo mucho. "Nuestro mundo se construye en base a ficciones. Alguien está escribiendo estas cosas", concluye.
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.