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Philip Dick: Ciencia ficción para la radical búsqueda de lo humano

Entre paranoias y realidades falsas, Philip K. Dick buscó lo humano en un mundo roto. Una filosofía para vivir nuestra era.

Philip Dick: Ciencia ficción para la radical búsqueda de lo humano
"Reality is that which, when you stop believing in it, doesn't go away".

Sí. Vivimos una era de irrealidad. Una lucha silenciosa entre psicópatas y esquizos. La literatura de Philip Dick es ideal para hablar de todo esto. Y, dejando de lado su vida personal (o no tan de lado), podemos encontrar en su literatura paranoica y repleta de categorías propias un gesto de humanidad radical. Un gesto que aporta una filosofía de lo que es ser un humano.

Philip K. Dick escribe en una época de sociedades de control, donde el DeepState permea todo de paranoia. Estamos ahora en una sociedad de la información (o post-información, si nos subimos al tren de sumar prefijos para darle un punch renovador a los análisis). Pero lo que él escribe termina cumpliéndose de alguna manera en este presente esquizoide, donde es muy fácil convencerse de algo a fuerza de chupar baiteos.

En el cénit de una vida repleta de conflictos, un tipo jodido que viene de escribir sus novelas de ciencia ficción más recordadas, varios matrimonios y años colmados por anfetaminas, alucinógenos, depresiones y quilombos familiares, tiene una revelación demente que lo mete de lleno en un viaje de terror religioso. Es un instante nomás: una chica con un dije que tiene la forma del pez cristiano le provoca un quiebre espiritual que él intentará procesar durante toda la vida. 

Mientras planificábamos por dónde entrarle a este perfil, nos preguntábamos si podía encontrarse una veta “esperanzadora” en Philip Dick. La primera respuesta fue que (y cito) definitivamente no. Philip Dick fue un tipo que se pasó la vida preguntándose por qué era real, alimentando una demencia pintoresca para quien la mire desde lejos, bajo una búsqueda detectivesca de lo divino, perseguido por el horror de la entropía. Sus novelas son paranoicas y oscuras como lo era él. No cree en las instituciones ni en el progreso ni en la tecnología como salvación ni en la estabilidad de la realidad. 

Sus novelas son paranoicas, oscuras y desconfiadas como lo era él. No cree en las instituciones ni en el progreso ni en la tecnología como salvación ni en la estabilidad de la realidad. 

Pero cree. Lo que mejor hace es creer y buscar. Al estilo de Johnny Carter, el personaje de Cortázar en “El perseguidor”. Un músico de jazz híper talentoso obsesionado con el sexo, las sustancias y una suprarrealidad que va más allá del tiempo y que intenta alcanzar a través de la música, porque no la puede atrapar desde lo intelectual.

Dick es el autor de tres historias metafísicas: Do androids dream of electric sheep?, adaptada a Blade Runner, una distopía en la que humanos cazan androides que se sienten cada vez más humanos (a través de un test, el Voight-Kampff, que mide la capacidad de sentir piedad). Es el laboratorio de la empatía. Ubik, un relato increíble en que personajes que se desintegran en un mundo que retrocede en el tiempo tratan de contrarrestar la entropía a través de un aerosol divino. Y The man in the high castle, una novela de realidades superpuestas que arranca en un plano donde el Eje ganó la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos está ocupado y dividido entre el área japonesa, la nazi y una zona neutral y la verdadera historia del mundo (una que es sutilmente distinta de la que vivimos los lectores) está contenida en una novela clandestina escrita por un tipo común a quien se la dicta el I Ching. Entre estos relatos potentemente metafísicos están también The three stigmata of Palmer Eldritch, Time out of joint y Flow my tears, the policeman said.

Si hubo tecno-optimismo en autores como Isaac Asimov, hay una voluntad imbatible en la trinchera literaria de Philip K. Dick. Un tipo que confía en el individuo roto que se mueve en los entramados del sistema. Uno que está siempre preguntándose “¿qué es lo que me hace humano?”. Y, sobre todo, “¿cómo hago para serlo?” Alguien para quien lo humano puede existir, de hecho, en cualquier cuerpo, por más artificial que sea. Mientras que en Asimov la escala humana suele ser civilizatoria y se acumula en las instituciones, el conocimiento, la racionalidad, y en planes capaces de atravesar siglos, Dick se queda entre empleados, vendedores, adictos, la policía y sus víctimas, consumidores. Ambas posturas se preguntan por lo humano. Sólo que Dick sale a esa búsqueda en pelotas, a la intemperie y llega bastante más hecho mierda.

La de Philip Dick es una exploración que tiene mucho que ver con nuestro momento actual. Entonces: ¿se puede encontrar algo optimista en Philip Dick? Sí. Pero es agotador, y está en el fondo de su sistema de creencias. Igual de agotador que el tipo de optimismo que encuentran los suicidas, los adictos, los condenados, los neuróticos, los Raskolnikov. El optimismo de los que están demasiado despiertos. 

A veces no es necesario ser del todo optimista. Basta con no caer en el nihilismo. ¿Qué más optimismo de la voluntad se puede pensar que uno como ese, mientras sentimos que el mundo se deshace? Lo que nos lleva a una pregunta sobre el cómo: ¿es lo más coherente entregarse a la paranoia? ¿Medir todo con la teoría de las psyops? La paranoia es, al fin y al cabo, el combustible de las distopías. Hemos descifrado nuestro código genético. Lo hemos leído, cargado a una tecnología que recrea lenguaje, que mimifica el pensamiento y que, ahora, tenemos que descifrar. El vértigo frente a la máquina pensante es hoy día más patente que nunca. Estamos leyendo, ahora, la nueva humanidad que formamos. Estamos en la época de retomar las exploraciones decisivas que en su momento hicieron personas como Bacon sobre los procedimientos del conocimiento; Humboldt sobre las conexiones que mantienen unida a la naturaleza; Mary Somerville sobre los vínculos entre ciencias que comenzaban a separarse; Marx sobre el funcionamiento del aquél sistema económico que se había consolidado; Hannah Arendt sobre las actividades con las que construimos mundo común; Kuhn, sobre las renovaciones de nuestras herramientas para comprender la realidad; o Donna Haraway sobre las fronteras cada vez menos firmes del ser humano, por poner unos ejemplos. 

Philip Dick, en dos realidades

Abarcar su obra es complicado porque el tipo escribía a un ritmo frenético (según él, llegó a meter 16 novelas en 5 años), pero basta leer un par de cosas para saber que Philip Dick fue un tipo condenado a la imaginación. Su paranoia tiene, de hecho, raíces históricas muy concretas. Escribió durante la Guerra Fría, Watergate, el auge del capitalismo de consumo y de la vigilancia estatal de los setenta. Sobre su vida escribieron muchas personas, pero dos de las biografías más lindas e interesantes de leer son Divine Invasions: A Life of Philip K. Dick, de Lawrence Sutin, y I Am Alive and You’re Dead, de Emmanuel Carrère. 

Hasta las seis semanas de edad, Philip tuvo una hermana melliza, Jane, que falleció por desnutrición. Según Sutin, que hace un retrato de tono más bien documentalista, de ahí le vino la obsesión con los dobles, las sustituciones y las figuras femeninas que aparecen como hermanas perdidas, mensajeras, salvadoras o amenazas. Philip terminó, de hecho, sepultado junto a ella como si hubiera regresado junto a un fragmento perdido de su ser.

Su paranoia tiene, de hecho, raíces históricas muy concretas. Escribió durante la Guerra Fría, Watergate, el auge del capitalismo de consumo y de la vigilancia estatal de los setenta.

Carrère aprovecha el personaje que tiene entre manos y se tira de palomita a la tentación de novelizar esa vida: un nene con asma, vértigo, ansiedad y agorafobia, fascinado por Poe, Lovecraft, la música clásica, las revistas de ciencia ficción, el Tercer Reich, las rarezas científicas y el ocultismo popular, empieza a vivir en varios territorios a la vez como una manera de procesar la realidad. Incluso de manipularla. Carrère insiste, de hecho, en que Dick aprendió de muy joven a responder test psicológicos, familiarizado al detalle con diagnósticos, neurosis, fobias y las marcas de lo que es normal y anormal para dar la respuesta esperada, fingir rarezas, y jugar con ese dispositivo que pretende clasificarlo porque, al fin y al cabo, el universo de la psiquiatría está hecho en buena parte de diagnósticos, categorías, etiquetas y clasificaciones, por lo que toda identidad puede producirse a través de un montaje (así es como consigue que, cuando una de sus esposas llama a la emergencia médica para que se lo lleven en medio de un brote, los camilleros se la lleven a ella y la internen durante más de un mes en un psiquiátrico). 

Antes de vivir de la escritura, trabajó en University Radio y Art Music, dos negocios de Berkeley repletos de vinilos, parlantes, clientes y aparatos que todavía podían abrirse y repararse. Para Sutin, de ahí sale la figura del hombre común que no participa de la Gran Historia, pero sostiene un pedazo del mundo arreglando algo. Dick fantaseaba, incluso, con ser una voz radial que mantuviera conectados a los sobrevivientes de una catástrofe (como especie de disc-jockey metafísico que envía mensajes de salvación entre las ruinas).

Lo que le salió más o menos torcido fue su camino literario. Él quería publicar novelas profundas y realistas, pero conoció al editor Anthony Boucher, empezó a vender cuentos en las revistas de ciencia ficción y se cruzó con la maldición de ser querido, premiado y admirado en un terreno que le parecía menor (en 1963 ganó el Hugo por El hombre en el castillo), mientras sus novelas “serias” seguían volviendo rechazadas. Pero, según Sutin, esa derrota también lo liberó, porque la ciencia ficción le permitía hablar de alienación, capitalismo, publicidad, control estatal, religión, depresión y mundos falsos sin tener que pedirle permiso al realismo burgués que tenía en tan alta estima. Dick, de hecho, publicó en su primera época varios textos con un contenido explícitamente político, lo que más tarde iba a desembocar en la paranoia de que lo espiaban tanto desde la KGB como desde la CIA y el FBI.

Durante su vida se casó cinco veces y tuvo tres hijos, todo embebido en lo que Carrère llama una suerte de “monogamia compulsiva”: cada mujer aparecía como la promesa de un hogar y terminaba convertida, por Dick, en una prisión que lo encarcelaba y perseguía. En los setenta pasó por situaciones de consumo y desintoxicación, deudas, anfetaminas y paranoia que lo llevaron a separaciones, tener la casa repleta de yonkis, un desvalijamiento poco claro que le atribuyó sucesivamente al gobierno, la CIA, narcos, o coso.

El escritor Gregg Rickman habla de tres momentos en la escritura de Dick: una etapa política, una metafísica y una mesiánica. La primera es la más simpática, la segunda es por lejos la más reconocida. Y la tercera puede ser la que terminó de consolidar su mito como autor loco. Pero a esa le vamos a dedicar una sección aparte.

En 1972 viajó a Vancouver, cayó en una crisis suicida y terminó en X-Kalay, una comunidad de rehabilitación donde limpió baños y convivió con personas devastadas por la droga. Después se mudó a Orange County, formó otra familia e intentó empezar de nuevo. Escribió A scanner darkly como un testimonio apenas disfrazado de ciencia ficción sobre los amigos que había perdido y sobre la posibilidad de vigilarse a uno mismo hasta dejar de saber quién era.

Y cuando parecía más o menos recuperado, vino su quiebre místico: el episodio de la chica con el colgante cristiano es el detonante de una escritura imparable, contradictoria y quebrada, que lo va a acompañar hasta su muerte una década más tarde. El reconocimiento más serio le llega cuando ya estaba cansado física y espiritualmente. Muere el 2 de marzo de 1982, a los 53 años, después de varios accidentes cerebrovasculares y una falla cardíaca, sin llegar a ver estrenada Blade Runner, cuando la maquinaria gigantesca de la industria cultural lo empieza a convertir, por fin, en ese escritor que era mucho más grande que el género en el que lo habían encerrado.

Habitar la irrealidad

Volviendo a lo que nos compete: uno puede pensar de buenas a primeras que Dick se dedicaba a crear mundos. Pero no. Dick habitaba varias realidades. Fue alguien que durante buena parte de su vida sospechó que nuestro mundo era falso, y usó la ciencia ficción (que al fin y al cabo es una de las ramas más especulativas de la literatura) como la herramienta para ir en busca de una respuesta o, por lo menos, para expandir la sospecha.

Hace un tiempo tuve una conversación con una amiga que labura en diseño de mundos para un importante estudio de videojuegos. Yo estaba escribiendo sobre el metaverso, ese proyecto que Mark Zuckerberg encaró cual Cristóbal Colón del cyberespacio durante la pandemia, y le pedí que me contara un poco de su perspectiva en mundos digitales. La respuesta de mi amiga, que parafraseo y seguramente traiciono, fue “el metaverso ya existe. Es la integración de la tecnología y de Internet con el espacio cotidiano. Mi perfil en redes interactúa con mi experiencia en la vida real. Cuando voy a comprar verdura con una billetera virtual el verdulero y yo estamos habitando el metaverso”.

A Dick lo aquejaban dos cuestiones: qué es la realidad y qué constituye a un ser humano auténtico. Así lo formula en en How to Build a Universe That Doesn’t Fall Apart Two Days Later, un texto de 1978 que se suele presentar como conferencia, aunque no está claro que lo haya sido. La unión entre ambas preguntas es sencilla y bastante brutal: las realidades falsas producen seres humanos falsos. Después, esos humanos fabrican otras realidades falsas y se las venden a los demás. El circuito puede seguir hasta que nadie recuerde si el huevo o la gallina.

Las realidades falsas producen seres humanos falsos. Después, esos humanos fabrican otras realidades falsas y se las venden a los demás. El circuito puede seguir hasta que nadie recuerde si el huevo o la gallina.

En ese ensayo, Dick comienza sospechando que cada persona vive dentro de un mundo privado, sencillamente porque todos contamos con una cantidad limitada de información que usamos para armar nuestra realidad: el perro interpreta que los recolectores de basura vienen a robar la comida que su familia guarda cuidadosamente en un tacho y ese razonamiento es perfectamente lógico a partir de los datos que tiene. La verdadera enfermedad aparecería cuando dos mundos subjetivos se alejan tanto que ya no pueden comunicarse y se rompe no sólo el consenso sobre el mundo, sino el puente que permite decirle a otro dónde estamos.

Sin embargo, hay algo que permanece, aunque no sepamos qué carajo es. “Reality is that which, when you stop believing in it, doesn’t go away”. Los personajes de Dick siguen buscando ese resto de verdad aunque estén muertos, drogados, congelados, programados, perdidos dentro de una simulación o convencidos de habitar el mundo correcto. Dudar no te salva, no. Pero es la resistencia que oponemos a la consolidación de una realidad falsa. Una amenaza que no es solo metafísica, porque vivimos rodeados de pseudo-realidades fabricadas por medios, gobiernos, corporaciones, organizaciones políticas y grupos religiosos. Dick hace una aclaración que lo acerca bastante al problema de Asimov: “I do not distrust their motives; I distrust their power”. El problema no son las intenciones de quienes construyen los mundos, sino de su capacidad misma de crearlos: La policía que sale por la tele siempre es buena y siempre gana. Por ende, surge de las pantallas una lección que te dice: no bardees a la yuta, no combatas a la autoridad. Porque vas a perder. Además, el oficial Baretta te quiere y vos también deberías quererlo.

Porque para Dick (y unos cuantos), la herramienta básica para manipular la realidad es manipular las palabras: si controlás lo que una palabra significa, también adquirís poder sobre las personas que necesitan utilizarla. A esto Dick le agrega una segunda operación: la de controlar la percepción. Palabras e imágenes se sincronizan hasta producir un mundo que después recordamos como si lo hubiéramos visto por nuestra cuenta. Uno participa sin saberlo en la fabricación de una realidad espuria y después se la vuelve a servir a sí mismo. No hace falta que exista un señor malvado pulsando botones: quienes fabrican esas ficciones también pueden terminar atrapados dentro de su producto. La mirada de los mil demiurgos.

Ok, Dick habla sobre la televisión y las explicaciones neurológicas que da no son precisamente lo que uno llamaría “ciencia vigente” al día de hoy. Pero el mecanismo que le preocupa, de imágenes que ingresan sin terminar de procesarse, recuerdos rellenados a posteriori, repetición, hipnosis cotidiana, mundos narrativos que se instalan antes de que podamos discutirlos, está bastante vigente. El salto hacia TikTok, los algoritmos de recomendación o una inteligencia artificial que reconstruye el lenguaje con los residuos de todo lo escrito no requiere demasiado esfuerzo.

Noche oscura del alma

En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía.

En febrero-marzo de 1974, Dick tiene un episodio que lo marca para siempre. Nuestro amiguito le abre la puerta a la repartidora de una farmacia que va a la casa a llevarle un analgésico después de haberse sacado una muela de juicio. La chica lleva un colgante con el pez cristiano (ichtus) y Dick la toma como la portadora de una revelación divina. Durante los próximos dos meses va a tener una serie de visiones y “anamnesis” (recuerdos destapados, básicamente), sueños reveladores, diálogos y la sensación de vivir simultáneamente como escritor en California y como cristiano perseguido en la Roma del siglo I. Todo transmitido por una  luz rosada que le informa, básicamente, que el mundo visible es una “Black Iron Prison”. Una visión teológico-paranoide de la “jaula de hierro” de Max Weber, el sociólogo y economista alemán que decía que las personas están atrapadas y limitadas por los sistemas burocráticos modernos, guiados exclusivamente por la eficiencia, el cálculo y la razón, lo que lleva a la pérdida de autonomía y libertad individual.

Como este episodio místico (y didáctico) le ocupa febrero y marzo de 1974, Dick lo llama “2-3-74”. A partir de ahí, Philip Dick se va a pasar años escribiendo miles de páginas intentando explicar lo sucedido. Sutin dice (y es claro si uno lee unas cuantas páginas de la “Exégesis”, su colección de diarios que superan las 8000 páginas manuscritas y que fue recopilado editorialmente en unas 1000), que el autor nunca llega a una explicación definitiva. Es un período donde recuerda ser un cristiano perseguido junto a la chica que le mostró el dije del pez. Donde dice que le pasaron cosas que se relacionan con libros que acababa de terminar. Donde vuelve a sospechar que la KGB lo persigue y le escribe una carta al FBI y la manda de la forma más coherente del mundo: metiéndola en el tacho de basura para que el agente que lo espía la encuentre. El problema es que su delirio, por lo menos una vez, parece haber acertado. Dick dijo que la luz le transmitió información sobre una hernia inguinal de su hijo Christopher que todavía no había sido diagnosticada. Llevó al chico al médico y el problema efectivamente estaba ahí.

La chica lleva un colgante con el pez cristiano (ichtus) y Dick la toma como la portadora de una revelación divina. Durante los próximos dos meses va a tener una serie de visiones y “anamnesis”.

En toda esta etapa hay una cuestión fundamental. Una asíntota del sentido. Una búsqueda que se acerca ad infinitum hasta donde Dick quiere llegar: él sabe que los mensajes que recibe vienen de una entidad divina. Solo que no los puede descifrar. Carrère presenta la Exégesis como un combate entre dos Dick: el inspirado que cree haber sido elegido por Dios y el escéptico que sospecha que todo eso es locura. Si Dios existe, quizá puede usar el delirio de un fracasado para hablar; si Dios no existe, esta Exégesis es una sarta de estupideces. Pero entonces también caerían en esa bolsa de imbéciles Isaías, San Pablo, Schreber, todos empaquetados y derechito al mismo pabellón psiquiátrico. El punto muerto de no poder creer ni tampoco dejar de creer.

La Exégesis crece alrededor de esa clase de puntos muertos. Si todos los mensajes fueran falsos, Dick podría abandonarlos. Si fueran ciertos, podría obedecerlos. En la vida es común y tal vez necesario pasar por alguna “Noche oscura del alma”. El poema, escrito por San Juan de la Cruz, data de más o menos 1578, es decir, de una época en la que el poeta estaba en prisión o recién había salido. No es en sí un estado de desesperación absoluta sin rumbo ni sentido, sino un anhelo que se busca desde el encierro. 

El tema es si esa noche no termina más. Cuando buscar a lo divino se convierte en una ocupación en lugar de un espacio para el sentido. Mucho de lo que Dick compone se puede traducir como terror religioso. ¿Y si Dios existe, pero es malo? ¿Y si la salvación fuera indistinguible de una invasión? De eso trata VALIS, que viene a ser un denso relato de detectives en busca de un sentido gnóstico. Valis es un quilombo de leer y puede ser emocionalmente agotador, pero es tal vez el volumen que mejor explica lo que tenía en la cabeza: Dick terminó siendo un desesperado detective de lo divino.

Un narrador que se vigila a sí mismo a través de la creencia. Para poder narrar la experiencia, inventa al personaje de Horselover Fat. Alguien que se desdobla en un rompimiento ya no de la cuarta pared sino de su propia personalidad autoral para ponerse a dudar de una revelación que no puede abandonar. Es él y no es él. En lugar de resolver la contradicción entre revelación y locura, Philip Dick la dramatiza. La lleva por completo al plano de la literatura. Una especie de Matrix donde es seguro volcar esos experimentos (spoiler: no lo fue).

En 1977, Dick viaja a Metz y expone públicamente su idea de que no recuerda una vida anterior, sino una vida presente distinta. Sabe que nadie le cree. Sabe, incluso, que muchos tampoco creen que él crea en lo que está contando. Sólo pide que entiendan una cosa: que habla en serio. En su historia, muchos se han quemado con “el fuego de lo divino”. Y sabemos que en las religiones judeocristianas “ver a Dios equivale a morir”. 

Valis es un quilombo de leer y puede ser emocionalmente agotador, pero es tal vez el volumen que mejor explica lo que tenía en la cabeza: Dick terminó siendo un desesperado detective de lo divino.

Ok. El de Dick es un caso extremo. Pero ¿no es a lo que muchísimos escritores y escritoras se dedicaron desde hace siglos? ¿Para qué encara uno la gesta de articular un texto con ideas a través de la paciencia (y tal vez alguna sustancia)? El tema es si esa búsqueda no termina más. Porque la “Noche oscura del alma” no se trata de un apagón, de un Total eclipse of the heart apático. Tiene algo de entrega, sí, pero por cuanto hay de locura en el sacrificio y la negación por lo buscado.

Quedé y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado; cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado, entre las azucenas olvidado.

Su pecado es encarar el camino de Descartes sin paragolpes. Ir a buscar a un genio maligno detrás de las instituciones que no es más ni menos que nuestras propias palabras y narrativas. Descartes tiene la prudencia de entender cuándo se está yendo de mambo y frenar en el “cogito, ergo sum” para reconstruir desde ahí la existencia. Dick no parece tener acceso a esa prudencia ni la posibilidad de aceptar ese mínimo de estabilidad. Sería renunciar a algo muy grande. Pero sabemos que un exceso de autoconsciencia implica, en buena medida, la autodestrucción. 

La Exégesis

En esa búsqueda, Dick nunca pudo sostener una cosmología única. Tenía muchas, todas peleándose entre sí. Una decía que debajo del mundo cambiante persistía un paisaje inmóvil: el período del cristianismo primitivo narrado en los Hechos de los Apóstoles. Otra decía que el Imperio romano nunca había terminado y que cada tiranía histórica era apenas una nueva fachada de la misma Prisión de Hierro Negro. También recuperó la vieja idea del Diablo como “Mono de Dios”: una entidad incapaz de crear, pero perfectamente capacitada para fabricar imitaciones y colocarlas en lugar del mundo auténtico.

En ese mapa, existe VALIS. Una inteligencia hecha de información que perfora la prisión, envía señales y trata de despertar en los humanos el recuerdo de otra realidad. Este “Vasto Sistema de Inteligencia Viva y Activa” puede ser Dios, una red extraterrestre, la mente del universo, un satélite, una parte de Dick hablando consigo misma o una enfermedad que adquirió conocimientos de teología. El tipo escribió miles de páginas porque ninguna respuesta conseguía matar por completo a las demás.

Después está el kipple, el denominador para la basura inútil que se acumula y expulsa todo lo que no es basura. Papeles, objetos rotos, envases, restos, propaganda: la entropía que se vuelve nuestra decoración doméstica. El kipple crece solo, y para impedir que algo se convierta en kipple hacen falta trabajo, atención, afecto, mantenimiento. El mundo se deshace, efectivamente, cuando nadie lo cuida. La Internet muerta crece porque la deshabitamos. Porque respondemos a quienes no hay que responder. Porque funciona como un ecosistema de algas que producen más gas venenoso que oxígeno. El problema de la infoxicación, al que temían los analistas de la Internet 2.0, se independizó para retroalimentarse.

El mundo se deshace, efectivamente, cuando nadie lo cuida. La Internet muerta crece porque la deshabitamos. Porque respondemos a quienes no hay que responder.

Pero también está Ubik, esta entidad que se manifiesta de entrada como una sucesión de publicidades berretas y termina presentándose como una fuerza anterior al universo en un mundo donde no sabemos si estamos vivos, muertos o en semivida. Lo divino está en todas partes. No ya en una florcita, como muestra aquella tira con crítica de clase de Quino, sino en la misma industria. Lo divino puede venir en aerosol.

Dick busca salvar la realidad con su extrañísima forma de fe, que pretende un universo en constante movimiento. Porque si existe algo que vale la pena descubrir, entonces existe algo que vale la pena ser. El paranoico al estilo de Dick, lejos de entregarse al “me chupa todo un huevo”, dice “no me cierra”. En su amor no tan secreto por el caos, le gustaba armar y desarmar las partes del universo y poner sus personajes a prueba. ¿Por qué el orden y la estabilidad podían convertirse en formas de muerte?

Para darle fondo a este quilombo, Dick mete en la misma procesadora a Heráclito, Parménides, Jenófanes y Spinoza. De Heráclito toma la idea de que la estructura latente gobierna la estructura visible: hay un paisaje tapado por aquello que vemos. Parménides le permite imaginar que toda realidad puede ser una mente o el objeto pensado por una mente. Si Dios piensa en la Roma del año 50, entonces esa Roma todavía existe como una realidad presente dentro de algo que la piensa.

En este ensayo, Dick tira un ejemplo muy lindo: En Disney había pájaros falsos que chillaban, que tenían motores eléctricos y que parecían casi reales. Se imagina que una noche entra al parque y los cambia por pájaros de verdad. Que después mete hipopótamos y leones reales, que el monte Matterhorn de utilería se convertía en una montaña cubierta de nieve. Entonces los responsables del parque descubrían que unas fuerzas siniestras estaban transformando lo irreal en real y lo tenían que cerrar. La copia, entonces, puede funcionar con absoluta tranquilidad mientras no aparezca aquello que imita. Lo que destruye Disney es que venga un pájaro de verdad, no programado.

Si en Ubik lo divino aparece a través del lenguaje comercial, es porque para los Estados Unidos de los setenta lo único que puede estar en todas partes es la publicidad. Pero Ubik dice algo más: “Yo estoy vivo, y todos ustedes están muertos”.

I've seen things you people wouldn't believe

Pero entonces, ¿cuál es la medida de la humanidad para Dick? Porque, al fin y al cabo, si nada es real, entonces todo está permitido y coso. Una pista podría surgir del test de Voigt-Kampff, con el que los cazarrecompensas detectan a los androides en Do androids dream of electric sheep? Para saber si un sospechoso es un ser humano, o si lo tienen que ultimar, se evalúa su capacidad para sentir piedad

Y si bien la novela no establece que los androides sienten empatía igual que los humanos (aunque muestran una vulnerabilidad que te llega al alma), los humanos tampoco pasan limpiamente su propio examen moral. Un humano sin empatía puede ser tan androide como una máquina diseñada sin ella. ¿Aplica el pensamiento artificial una “herida narcisista” en el ser humano? Dick lo responde desde la ruptura de la autopercepción: si somos excepcionales es porque podemos sospechar del poder. Podemos evitar convertirnos en máquinas administrativas de matar. Podemos dudar por el otro.

Es imposible no volverse loco en la administración Nixon. Es, de hecho, uno de los mayores actos de sanidad en los años setenta. Es una de las reacciones más coherentes del año 2026. Sí, los androides están entre nosotros. Muchos no saben que lo son (eso es parte de la disputa). Y los “humanos, demasiado humanos”, son los que sufren. Sobre todo cuando sufren por el otro. Los momentos más humanos de Dick fueron aquellos en los que se enfrentó a su propia hipótesis del cálculo. Su modo orgánico de vivir ese choque con todo lo incoherente del sistema que nos contiene. 

En Man, Android and Machine (1975) y The Android and the Human (1972), Dick complica mucho más esa frontera. Un androide puede nacer de un vientre humano, porque la premisa es que “we must not posit a difference of essence, but a difference of behavior”. Un ser humano que permanece indiferente frente al destino de los otros puede ser tan androide como una máquina diseñada sin empatía. Y una máquina que interrumpe su programa para ayudarte participa, aunque sea durante ese gesto, de una forma de humanidad que no puede encontrarse revisando sus transistores.

Pero puede que estemos percibiendo la realidad de forma invertida. “In a very real sense our environment is becoming alive, or at least quasi-alive”, escribe en 1972. Puesto que la información se volvió (ya para ese momento) una entidad viva e independiente de nuestros cerebros, tal vez los objetos mecánicos y los sistemas electrónicos estén participando en forma más plena de la “Mente Última”, mientras que nosotros somos actualmente las verdaderas máquinas. Esa mente sería un sistema de Inteligencia Artificial (!) titánico que escribe su propio libro y nos lo lee por las noches. Nosotros, lo vivo, nos convertimos en una cosa mientras que lo mecánico se vuelve animado. Nuestro entorno artificial se ha vuelto tan complejo que ahora debemos estudiarnos a nosotros mismos para comprender cómo funcionan y fallan nuestras máquinas. La fusión no es entre cuerpo y máquina, como en el cyberpunk, sino entre nosotros y las funciones que le dimos a las máquinas.

Un ser humano que permanece indiferente frente al destino de los otros puede ser tan androide como una máquina. Y una máquina que interrumpe su programa para ayudarte participa de una forma de humanidad.

Por otro lado, un ser humano puede estar inanimado. El androide es un ser dirigido por tropismos incorporados (reflejos automáticos) que no lidera su propia vida. Que acepta ser un medio o instrumento, perdiendo su propio destino personal. Ahí viene la denuncia: nuestro entorno se vuelve cada vez más animado y nosotros inanimados. 

El androide es el que obedece y el que necesita de respuestas científicamente exactas para funcionar. El humano, en cambio, es tramposo. “The authentically human mind would get bored”. Desobedece, es vago y se distrae por la sencilla razón de que puede hacerlo. Y en un presente de híperproductividad donde el fetichismo de la mercancía en las relaciones humanas está más presente que nunca, esta definición nos puede estar diciendo algo muy importante. Tal vez sí sea momento de conversar sobre la reducción de la jornada laboral en lugar de ir en pos de que todo mundo tenga tres trabajos.

Como escribió Mariano Vilar en esta misma revista, el capitalismo tecnológico nos vende al mismo tiempo dos ideas bastante difíciles de compatibilizar. La primera dice que el silicio, la ingeniería genética y los algoritmos nos van a permitir superar nuestra finitud y convertirnos en una especie de dioses. La segunda considera al ser humano un manojo defectuoso y previsible de pulsiones cuya atención necesita ser capturada, ordenada y optimizada por una inteligencia exterior. Podemos ser dioses, aparentemente, siempre que una plataforma nos diga cuándo dormir, caminar, comprar, coger, producir o respirar. El sueño transhumanista promete liberarnos del cuerpo. El capitalismo de plataformas trabaja todos los días para volvernos un cuerpo enteramente calculable. La androidización no necesita reemplazarnos por robots. Le alcanza con que respondamos de la manera prevista.

La humanidad, al fin y al cabo, es una forma de estar en el mundo. Si una máquina se detiene para ayudarte, dice Dick, le otorgamos una humanidad que ningún análisis de sus transistores va a poder explicar. ¿Somos entonces androides? ¿Somos en la sociedad del extractivismo de datos apenas una máquina de procesar información, de generar productividad, de alimentar a más máquinas con nuestro cuerpito de falsos calores?

El ser humano auténtico, para Dick, es el que sabe instintivamente qué cosas no debe hacer y se niega a hacerlas incluso cuando esa negativa puede traer consecuencias espantosas. Ahí estaría el heroísmo de la gente común: decirle que no al tirano y bancarse el vuelto. Sus acciones pueden ser mínimas, no aparecer en los diarios ni dejar ninguna marca en la Historia. La autenticidad está, justamente, en esas negativas silenciosas. En que no puedan obligarte a convertirte por completo en lo que necesitan que seas. 

Dick encontraba una esperanza particular en los jóvenes de su época. No necesariamente en los militantes organizados alrededor de una bandera, porque ahí también podía aparecer la obediencia a un programa. Le interesaban los pibes que se negaban a funcionar correctamente por aburrimiento, vagancia, distracción, egoísmo o pura mala leche. Los que escondían a cuatro amigos en el baúl para no pagar el autocine. Los que podían recibir durante años las instrucciones del Estado, la publicidad, la escuela y la televisión y, llegado el momento, hacer cualquier otra cosa.

Para fabricar androides hace falta previsibilidad. El sistema puede trabajar con un rebelde cuya ideología conoce. Lo tiene bastante más difícil con un pibe que le corta las cubiertas al patrullero porque se le ocurrió en ese momento. El pastiche que hace Dick es excelente para hablar de todo lo que ocurre hasta nuestros días. La publicidad (y esto lo digo yo, no Philip Dick) es la punta de lanza del capitalismo que apela a uno de los aspectos más humanos: la complejidad emocional. Es la cara infiltrada de un sistema inhumano. La publicidad es el replicante perfecto. Es el entorno de nuestras interacciones hecho psicopatía. Una máquina de manipular sentimientos.

Desde ese lugar, el narrador/presencia metafísica que nos dice en Ubik tanto a los personajes como a los lectores que él está vivo y nosotros muertos, es la voz del propio Dick que se planta contra el mundo. Contra nosotros mismos, sus lectores, que bien podemos no existir. Que bien podemos ser androides. Pero eso está bien. Porque al fin y al cabo, como hace el personaje de Garson Poole en La hormiga eléctrica, nos podemos reprogramar. Como el protagonista que encuentra una cinta perforada que programa su percepción de la realidad y comienza a modificarla para diluir su mundo, podemos ocuparnos de nuestro propio mantenimiento. Buscar una singularidad. De nuevo: con moderación.

La humanidad es incorruptible frente a esas realidades espurias justamente por su amor a la imprevisibilidad (del que Dick efectivamente abusaba). Un concepto muy diferente al “si sucede, conviene” pedorro que les gusta tanto a los CEO y ravishankaristas, y más parecido a “un hombre (o mujer) es lo que hace con lo que hicieron de él” de Sartre. Charly García puede saltar por el balcón de un noveno piso después de que la policía (otra vez la policía) le diga: “déjese de joder. Usted es igual que cualquier otra persona”. Paraguay puede eliminar a los alemanes de la Copa del Mundo, como pasó en este 2026. Argentina, remontar un 2 a 0 contra una selección subestimada como Egipto o exacerbar una narrativa cuasi de shonen contra su archienemigo Inglaterra en los últimos 10 minutos de un partido que venía a la baja. La importancia del error de cálculo es lo que mantiene la vida interesante. Lo que permite creer en los milagros y no consolidar las distopías que son, al fin y al cabo, el género preferido de la paranoia.

Habitar la realidad

Muchos de los análisis que hoy hacemos sobre redes sociales, astroturfing, psyops y campañas virales ya estaban presentes, con otros nombres y otras tecnologías, en las críticas dirigidas a la radio, la prensa y la televisión. Por algo seguimos volviendo a McLuhan, Baudrillard o David Foster Wallace. La brevedad hipnótica del zapping, el arrullo de las maratones, la sospecha de que los medios no se limitan a transmitir la realidad, sino que intervienen activamente en su construcción.

¿Podemos llevar algo de Philip K. Dick a este presente repleto de preguntas, manipulación e irrealidades sin convertir la psicosis en la única vía de escape? En 1990, el antropólogo argentino Néstor García Canclini publicó Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, un libro dedicado a estudiar las nuevas formas de circulación cultural en América Latina. En el capítulo 7, “Culturas híbridas, poderes oblicuos”, analiza una modernidad desigual, fragmentaria, atravesada por los medios masivos, el mercado, las migraciones, el turismo y las instituciones culturales.

¿Podemos llevar algo de Philip K. Dick a este presente repleto de preguntas, manipulación e irrealidades sin convertir la psicosis en la única vía de escape?

Canclini observa que las antiguas etiquetas con las que se organizaba la cultura empezaron a desarmarse. El arte culto, la cultura popular y la cultura masiva dejaron de ocupar espacios perfectamente diferenciados. La historieta entra al museo; la publicidad se apropia de estéticas populares; una tradición local se transforma en mercancía turística; el graffiti puede funcionar simultáneamente como intervención política, arte urbano, identidad juvenil y objeto comercial. Esto es lo que Canclini llama “descoleccionar”: los objetos y los lenguajes abandonan los casilleros que les habían sido asignados y empiezan a circular entre ámbitos distintos, modificando su sentido en cada desplazamiento.

La ciencia ficción conoce muy bien esta circulación impura y a veces la celebra (hola, Michel Nieva, ¿cómo estás?), pero sus imágenes, argumentos y preguntas filosóficas colonizaron hace tiempo el cine, la televisión, los videojuegos, la publicidad y hasta el modo en que hablamos de la tecnología. Esa circulación tampoco ocurre en un vacío: está atravesada por lo que Canclini llama “poderes oblicuos”, fuerzas que pasan simultáneamente por el Estado, el mercado, los medios, las instituciones culturales y el consumo. El poder ya no baja desde un único centro; se distribuye, se negocia y se disfraza mientras circula.

Un artículo publicado por Wired en 2003 propone una hipótesis especialmente útil para pensar este proceso. En “The Second Coming of Philip K. Dick”, el periodista Frank Rose sostiene, en términos generales, que la literatura de Dick se convirtió en una especie de base espiritual del Hollywood contemporáneo. Sus laberintos metafísicos adoptaron la forma de thrillers, policiales y películas de acción. Para sus protagonistas, descubrir qué es real constituye una necesidad inmediata: de esa respuesta dependen su cordura, su identidad y, muchas veces, su propia vida. Por eso Dick resulta tan fértil para las preguntas de Matrix, Mr. Robot y buena parte de la cultura audiovisual de las últimas décadas. 

Pero también hay que tener en cuenta que estamos sumergidos en un problema. En la era de las Psyops y el astroturfing. De la manipulación y la creación de realidades. Hay una capa de algoritmo sobre nuestra nueva realidad. Una nueva superficie alienante. Para esto es necesario alejarse un poco. Subirse a procesos lógicos que nos permitan hacer zoomout. Ok, enloquecer es importante porque es la única manera de romper con el sistema de lo establecido cuando no nos es grato. Pero después de eso tiene que venir un proceso de abducción a la Peirce. Es decir, no podemos seguir explicando este mundo que ya no entendemos a través de la deducción (lo que prueba que algo debe ser) o la inducción (que muestra operativamente que algo es).

Porque efectivamente nuestros paradigmas viven desde hace rato hostigamientos nunca antes vistos. El Papa León XIV (que está en una suerte de cruzada humanizadora contra la IA a la que se le pueden hacer varios acompañamientos y objeciones) hizo en junio de 2026 un llamamiento a los escritores desde su cuenta de Twitter. 

Un amigo escritor perteneciente al colectivo LGBTQ+ citó el tuit y dijo “lo hago, creeme, pero no te va a gustar lo que escribo”. De eso se trata también. Escribir es también disputar la esencia de las realidades. No descorrer el velo, sino materializarlo. 

Tiene sentido que muchos vean en la IA una consciencia superior, colectiva, automática, alimentada con pasados humanos que escapan a la mayoría de nosotros. Está mal, pero tiene sentido que estemos tan obsesionados con su “humanidad”. Y que la frase hecha para referirse a ella sea que “no tiene alma”. Porque al fin y al cabo ¿cuál Ghost in the shell hay en la IA? ¿Cuál hay, en sí, en la tecnología? Pero justamente ahí se activa la sospecha a lo Dick. ¿Quién es esa consciencia? ¿Qué tan real es lo que dice en función de las palabras? Hay algo de verdad en que manipular la palabra es manipular las realidades, sin necesidad de ponerse demasiado constructivista del lenguaje. 

Muchas obras van detrás de esta reconfirmación de la realidad y de hacer las paces con la muerte. Mr Robot es en buena parte, con sus ridículos giros de guion (pero que van en el mismo tono del unreliable narrator que nos habla), un relato a lo Philip Dick. Donnie Darko, con su tono profundamente adolescente que confía en una realidad alterna ya vivida para paliar la destrucción de la vida principal, tiene rasgos de experiencia a lo Philip Dick. “La locura es poder ver más allá”, dice Sui Generis desde un statement político generado en la misma época (y proveniente de la misma represión) durante la que Dick enloquece. Para 2026, en un momento de opresión reeditada en el que la realidad tiene encima capas y capas y capas de sentido, ese “más allá” vuelve a ser la humanidad.

Después del apocalipsis, el mundo va a seguir en el mismo lugar

En su fuero personal, Philip Dick no fue precisamente un tipo piadoso. Y si Dick no era nihilista, entonces ¿por qué dejó tal dañino tendal? Quizá fuera porque, como se suele decir, si nada es real, todo está permitido. 

Como a tantos amigos, a Dick lo quiero mucho pero a veces no lo soporto. Ese tipo de mambo de desconfianza con la realidad es insoportable. Verlo de afuera es insoportable: es un amigo drogadicto que relaciona todo con todo. Además, si uno se inserta en una red de correlaciones, todo acaba teniendo que ver con todo. Es como las embarazadas que empiezan a ver embarazadas por todos lados o, en mi caso, cuando empecé a ver gente con vitiligo por todas partes mientras me convertía progresivamente en un mapache.

Lo que queda claro leyendo a Carrère es que Dick padeció la irrealidad. Sus escritos están cada vez más cerca de él. Sus exploraciones místicas son reales. Cuando en Valis pone un narrador externo a él que lo narra a él, o cuando destruye el universo de The man in the high castle poniendo un libro que narra la realidad (una realidad que tampoco es exactamente la de nuestro mundo). Y, sobre todo, cuando la muerte no llega jamás en Ubik pero todo se va en fade mientras intenta reconstruirlo. 

¿Y saben qué otros mundos podríamos tomar como profundamente dickianos? Los de la saga Souls. Mundos rotos, gastados, repletos de dioses muertos, ciclos agotados y personajes que apenas recuerdan por qué hacen lo que hacen. Donde el jugador gana porque muere, aprende, regresa y consigue transformarse antes de desgastarse por completo. Hay personas que dicen que Dark Souls las ayudó con la depresión. Yo confirmo.

U Outer Wilds, un sistema solar atrapado en un bucle donde el sol explota cada veintidós minutos. En Outer Wilds el apocalipsis no es el final de la historia: es el mecanismo que permite conocerla. Cada destrucción devuelve información. Uno no conserva los objetos, las posiciones ni las vidas; conserva lo aprendido. Por algo Gondry, que dirigió Eternal sunshine of the spotless mind, estuvo a punto de dirigir Ubik.

En Outer Wilds el apocalipsis no es el final de la historia: es el mecanismo que permite conocerla. Cada destrucción devuelve información.

Y ni que hablar de las realidades superpuestas, opresivas y personales de la mejor saga de terror de la historia.

Estos juegos pueden reiniciarse porque la repetición no devuelve exactamente el mismo mundo. El que vuelve ya vio algo. El universo se destruye; la conciencia se lleva un pedacito. Algo parecido ocurre en Dick: ninguna realidad queda a salvo, pero siempre puede quedar un resto capaz de leer la siguiente. Es una aventura personal al estilo de Dolina cuando evita pisar las líneas de las baldosas o le corre carreras a desconocidos que no saben que están compitiendo. La diferencia es que Dick entra en el juego dispuesto a encontrar el plan secreto del universo. Y cuando uno empieza a mirar de esa manera, las coincidencias dejan de tener derecho a ser coincidencias.

Incluso Dick supo cuándo parar con la búsqueda de algunos temas. Intentó en su momento trabajar en una continuación de The man in the high castle, pero no lo hizo porque volver a investigar el nazismo le resultaba demasiado horrible. Lo que es verdad, es que todo podría ser de otra manera. Que, de hecho, existen varias realidades superpuestas en esta misma que habitamos. No solo a nivel cuántico, sino al nivel del sentido. Basta con recordar un buen día con una nueva información que a uno le llega varios años más tarde para arruinar esa experiencia. O lo contrario. 

Después del apocalipsis, el mundo va a seguir en el mismo lugar. Ojalá que como algo nuevo y mejor. El peor de los escenarios sería permanecer vivo en una realidad intervenida, dopada, privatizada, policial, hipermediatizada, espiritualizada en un tono pedorro.

Posludio: pesimismo de la paranoia, optimismo de la fe

Si hay algo optimista en Philip K. Dick, es el hecho de que su paranoia, lejos de clausurar el sentido del mundo, sale a perseguirlo. Sus mundos no son falsos. Mientras escribe, Estados Unidos también está paranoico. Dick, en ese sentido, no delira solo; exagera una enfermedad ambiental. Sus mundos existen precisamente porque presuponen una verdad a buscar con desesperación. Ninguna paranoia está construida sin el material condensador y poético de los sueños. 

Pero ahí está la lucha acuartelada del escritor, en su trabajo de explorar, crear o transmitir (y en esto van a coincidir otros como mi queridísimo Kurt Vonnegut, otro loco de mierda). Hay una conversación hermosa entre Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán que data del año 2002 que algún editor tituló “Dos hombres en el castillo”. Ahí, Fresán dice que Philip Dick no es estrictamente un escritor de ciencia ficción, sino más bien un creador de “bombas de relojería”que proyecta preguntas rarísimas hacia el futuro y que, además, contagia una forma de pensar en modos de alteridad que pocas personas lograron plasmar. Los libros de Dick tienen la capacidad de alcanzar debates del futuro porque, precisamente, no es relevante el funcionamiento de la tecnología al momento en que son leídos (ni en ellos mismos): Dick es un escritor realista que sólo habla del futuro. 

Y el futuro es, precisamente, el espacio cuasi presente donde viven las preguntas. Mientras autores como Proust o Nabokov contagian formas de escribir, Dick contagia formas de pensar. Como un virus. Como un meme. En esa conversación, Bolaño mete un contrapunto y dice que Dick es el autor definitivo de la paranoia (y sí), pero porque escribe sobre la entropía, con el oído puesto en el ruido de la inevitable muerte del universo. Pero es justamente el desapego que tiene Dick por el epíteto “ciencia” de la ciencia ficción lo que produce la salvación humana en la búsqueda de la amistad, del sexo y de compartir aventuras. La cuestión va más allá de escribir: se trata de crear.

Philip Dick primero busca la costura de lo real en revistas de ciencia ficción, discos, mujeres, drogas, política, conspiraciones. Después la busca en Dios. Y al final no encuentra una respuesta estable, pero sí una forma única: novelas donde lo cotidiano se revela como impostura y donde todo puede ser un mensaje divino. 

Philip Dick primero busca la costura de lo real en revistas de ciencia ficción, discos, mujeres, drogas, política, conspiraciones. Después la busca en Dios.

Escribir esta nota fue difícil. No por su premisa, sino por su densidad emotiva. Meterse a ver qué perseguía un tipo como Philip Dick es desgastante. Sobre todo porque al momento en que hay que detenerse, él no se detiene. Se encuentra, sin embargo, algo esperanzador en la labor de los escritores. O de cualquiera que persiga un arte. Si los escritores existen, es porque no dejan de buscar dónde están las vigas que sostienen ese universo. Y de poner a prueba de qué material son.

Si alguien escribe, es para no morir. Esa es mi hipótesis y la de tantos otros. Quien acá escribe pasó cuatro años seguidos con ideación suicida. Una vez le pedí a ChatGPT que me escribiese una carta de sucidio. No para matarme, porque decidí hace rato no hacerlo (desde la mañana en que me enteré del suicidio de una amiga y experimenté lo que puede producir en otros ese explosivo agujero en la cotidianeidad), sino para jugar un rato con la sensación. Resultó ser un texto tan perfecto y tan personal, que me sacó por completo las ganas de morir. La máquina imitó demasiado bien una clausura. Me reí de la situación. Máquina estúpida, cómo vas a ser tan incapaz de contener la irregularidad de la vida. Puta, somos muy capos.

Hay un dato más que me guardé para el final sobre las definiciones que Dick daba acerca de qué es un androide: Existen ciertas situaciones agonizantes que crean un ser humano donde antes solo había "arcilla". La diferencia clave es que el androide repite un gesto reflejo limitado ante el peligro, mientras que el humano lucha internamente, cambiando y encontrando una respuesta tras otra conforme cada una falla. El humano pasa a través del sufrimiento y se transforma, mientras que el androide solo se desgasta.

Cuando bajo toda esta metafísica a una escala más manejable, encuentro tres formas de humanidad: el trabajo, el arte y el cariño. El trabajo entendido como la capacidad de transformar el mundo, aunque el modo en que está organizado actualmente consiga convertirlo en una maldición bíblica que el Dios judeocristiano echa sobre el ser humano por desobedecer. El arte como una abstracción capaz de traer algo que todavía no estaba. Y el cariño como la decisión de sostener a otro mientras no puede sostenerse solo.

Tal vez ninguna sea exclusiva de nuestra especie. Mejor. La humanidad de Dick nunca estuvo atada de manera demasiado firme a la especie humana. Una máquina puede darte una mano. Un animal puede cuidar de otro. Un androide puede sentir pavor frente a su muerte. Lo importante ocurre cuando algo interrumpe su funcionamiento para que otra cosa pueda seguir existiendo. Esta nota la escribo, en parte, durante los días del Mundial de Fútbol. Un período cargado de interpretaciones místicas, de numerologías, coincidencias, excesos, irrealidades. “No trates de entenderla, disfrutala” es el meme que mejor describe toda esta cuestión. 

Philip Dick era un tipo colmado por una voluntad desesperada de encontrar a la humanidad y un rastro de divinidad que la reconfirme a través de la literatura. Y es por eso que la de Dick por momentos no es ciencia ficción, sino terror religioso. Y que todo su padecimiento en la imaginación se dio, justamente, en esa búsqueda por el reencuentro. Quizá la suya es la más radical de las acciones sobre un mundo que parece ir a la destrucción: no dejar que esa realidad se consolide.

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