La Frecuencia Kirlian: Terror en los pueblos bonaerenses
Ingeniero Kirlian no existe en ningún mapa, pero su radio transmite terror puro. Un análisis de la película La Frecuencia Kirlian (2026).
Ingeniero Kirlian no existe en ningún mapa, pero su radio transmite terror puro. Un análisis de la película La Frecuencia Kirlian (2026).
La ciudad de Buenos Aires es el centro neurálgico de la Nación argentina. Epicentro de los poderes del Estado y conglomeración de los grandes capitales económicos. El mastodonte portuario, el kraken mediático, su influencia es inescapable. Uno no necesita mucha búsqueda para encontrar misterio en la ciudad. Es el título mismo de uno de los libros más famosos de Mujica Laínez. Cuando cae la noche, sus cimientos están hechos de misterio y los fantasmas recolectados desde su fundación recorren cada rincón solitario de sus teatros antiguos, sus barcos abandonados, sus edificios inmensos y el cableado arácnido de sus villas. Borges podía dormir en cualquier ciudad del mundo pero siempre soñaba con Buenos Aires. Sin embargo, el monopolio de lo enigmático no solo le corresponde a la capital.
La provincia de Buenos Aires también es misteriosa, pero hay que dar un paso al costado del ruido, de los cielos ciegos de luz, de las veredas claustrofóbicas y los mares humanos que entran y salen de su transporte público. Porque para encontrar esa cosa mágica, indescriptible, tangible e hipnótica que permanece oculta hay que subirse a un auto e internarse en el mundo de las rutas.
Vengo de una familia de camioneros y choferes de larga distancia y siempre sentí una fascinación con la ruta cómo espacio liminal donde todo era posible. La cabina de un colectivo a oscuras que se pierde con el negro perpetuo sobre la ruta y más allá ¿Dónde empieza el micro y donde el cemento frío y mi padre y las estrellas y los demás pasajeros y las cosas que se mueven en el silencio entre los pastizales sombríos? Y cuando sale el sol y revela el paisaje de campos y sembradíos con sus silos y graneros, la liminalidad sigue ahí, en esos mundos confinados entre alambrado y horizonte.
Para encontrar esa cosa mágica, indescriptible, tangible e hipnótica que permanece oculta hay que subirse a un auto e internarse en el mundo de las rutas.
Se suceden los kilómetros, se suceden los enormes carteles publicitarios, los modernos y los que ya quedaron anacrónicos hace tiempo, garitas, fábricas, canteras, estaciones de servicio abandonadas donde una familia construyó un hogar ahí donde sólo existe el mientras tanto. Pequeñas parrillas que habitan un presente constante. Una liminalidad obvia cómo en cualquier entorno que conecta dos puntos pero con una vida en constante desarrollo que al mismo tiempo parece congelada al margen de la historia y el progreso.
En la provincia de Buenos Aires hay más de 1.000 localidades en los 135 municipios que la componen. Es un número inexacto, claro, porque se van agregando nuevos asentamientos, pero bien uno podría pensar que entre tanto pueblo perdido en los recovecos de las rutas interprovinciales hay lugares que surgen de la nada.
Hay un pueblito que no figura en los mapas, del que se habla por lo bajo. Es un mito urbano, algún tipo de leyenda perdida en las hendijas de la realidad. Un lugar al que nadie va. Un lugar del que nunca se vuelve.
Ingeniero Kirlian es el epicentro del misterio creado por el director, dibujante y ferviente podcastero de X Files, Cristian Ponce para su serie “La Frecuencia Kirlian”. Un pueblo como cualquier otro: con su pequeña comunidad que se conoce por nombre, sus negocios históricos heredados por hijos y nietos, sus viejas chismosas a cargo de las juntas vecinales, sus chicos jugando al fútbol en calles donde apenas pasan autos… y sus misterios. Misterios que desean mantenerse así. Pero la irrupción de un elemento amenaza con perturbar esta extraña calma. Un forastero, cómo no. Un agrimensor obsesionado por este pueblo oculto, por los rumores de un lugar donde pasan cosas imposibles. Un lugar que está acostumbrado a que sus costumbres impliquen algo que, más que mágico y maravilloso, entra en el plano de lo terrorífico y abominable.
Hay un pueblito que no figura en los mapas, del que se habla por lo bajo. Es un mito urbano, algún tipo de leyenda perdida en las hendijas de la realidad. Un lugar al que nadie va. Un lugar del que nunca se vuelve.
Pero Kirlian tiene una voz y un par de ojos de fuego. En una pequeña estación de radio local, la 96.6, un locutor cadavérico con un humor socarrón y ácido, comienza su programa con un mensaje para su audiencia: hay un nuevo visitante en el pueblo. Y a ellos no les gustan los extraños.
Ese es el contexto de la serie animada que Ponce crea en 2017, producida por Tangram Cine y que se pudo ver en YouTube, Vimeo, Netflix y que actualmente se encuentra en Flixxo y Flow. El pueblo se vuelve el escenario para una antología que homenajea series que mezclan el terror, la fantasía y la ciencia ficción cómo “The Twilight Zone” o “The Outer Limits”.
“Homenaje” es un término bastante vapuleado, una forma de evocar una sensación perdida en el tiempo a través de filtros, canciones y temáticas, todo para generar una sustancia altamente adictiva en estos tiempos: la nostalgia. Nostalgia que funciona muchas veces cómo una estafa al espectador, un dispositivo de satisfacción garantizada que se alimenta de fórmulas prefabricadas hasta el desgaste. Lo vimos en todos lados: en el Vaporwave y el City Pop (toda la música Melanco-Pop) en Internet, en la fiebre Stranger Things y el regreso del slasher al cine de terror, en el 8bit y el Pixel Art que vemos hace años en la escena del videojuego independiente.
Pero Kirlian no juega con la melancolía, es una carta de amor a un tiempo pasado que siempre se percibe honesta, sentida y lo más importante de todo: personal. En una época donde todo sigue una fórmula ganadora hasta el descarte es interesante ver una obra que se guía por las obsesiones y los gustos de su creador como única brújula.
Kirlian es un campo de juegos, no solo para Ponce, sino también para el escritor Hernán Bengoa y el músico Marcelo Cataldo y en esa tríada se encuentra el poder creativo que sostiene una obra cambiante y en constante evolución.
Veamos por ejemplo el Capítulo 4: El rey de la navidad, dónde no solo se toma cómo punto fuerte el dossier de Elvio Gandolfo sobre Stephen King en la revista El Péndulo (pilar fundacional de la ciencia ficción en Argentina) y un racconto vivo de su obra que ataca la ciudad a través de una entidad lovecraftiana, sino que se hace en un estilo de dibujo infantil, gracioso y dulcemente tétrico. Obviamente, acompañado por una lindas musiquitas dignas de niños poseídos del maizal. O el caso del Capítulo 8: Arcade Arcano donde el locutor se toma unas vacaciones para darle lugar a dos chicos que graban la versión Kirlian de Nivel X, analizando un fichín llamado Slasher que no solo está (supuestamente) maldito con un asesino digital que se manifiesta en el pueblo, sino que está animado en el estilo de los viejos juegos 8 bits y las aventuras gráficas de LucasArts. Algo que se había visto en algún momento en un capítulo de Alejo y Valentina pero no así. Un trabajo de imagen, video y obviamente guión muy soberbio.
Kirlian es un campo de juegos, no solo para Ponce, sino también para el escritor Hernán Bengoa y el músico Marcelo Cataldo.
Kirlian es un lugar lo suficientemente raro como para que la presencia de un hombre lobo se trate como algo de todas las noches y que un grupo de “vampiros” sedientos de sangre sea también el grupito de adolescentes díscolos que se juntan en la plaza. ¿Brujas? Claro, uno se crió con ellas. ¿Fantasmas? Parte de la ectoplásmica fauna local. El que es de Kirlian sabe que no tiene que salir de noche, que la policía no sale de noche, que los únicos que están afuera cuando el sol se oculta son los que acechan a los vivos.
El mundo en el que funciona Kirlian es un mundo donde la videocasetera es una novedad que parece amenazar la armonía entre la radio y sus oyentes, donde las costumbres de sus habitantes más antiguos chocan contra las nuevas olas que traen los jóvenes, un mundo de pibes congregados en los arcades, un mundo que ya no existe, y que Ponce no solo trae en un ejercicio de nostalgia porque la nostalgia garpa, sino porque no se puede contar de otra forma. Es un mundo extinto, un mundo paciente y sensible a la maravilla y el horror.

Entre las capas en las que se construye este universo está el de su naturaleza de antología, donde cada historia es autoconclusiva pero pinta capítulo a capítulo el quién, cuándo y por qué de Kirlian, y que a su vez construye una narrativa mucho más grande. Hay una batalla constante, un tire y afloje entre el afuera y el adentro. Lo externo está representado por la capital, la figura de un gobernador fantasma, por las instituciones invisibles, la presión por llegar, descubrir, entender, quizá conquistar lo que existe en Kirlian. Por matar el misterio. Y a su vez, del lado opuesto, lo siniestro, lo ominoso, lo arcano, poderes incomprensibles que flotan sobre la ciudad en forma de criaturas de la noche, de brujas y maldiciones o directamente de entidades lovecraftianas.
Hay una pregunta que flota constantemente en la serie: ¿son los terrores sobrenaturales que existen en el pueblo un peligro más grande que la interferencia del afuera? ¿Es más peligroso un adolescente que se transforma en un mosquito gigante o la idea de que todo lo que conocemos puede cambiar, de que nuestra rutina puede desaparecer, aunque sea un statu quo monstruoso? La respuesta no importa, porque el afuera llega con una fuerza imparable en la forma de un cometa, el punto final a cualquier tipo de debate. El invasor exterior, el misterio interno, todo va a terminar en unos días, más precisamente el 30 de abril de 1987 cuando el bólido pase sobre el pueblo y al fin llegue el fin.
Hay una pregunta que flota constantemente en la serie: ¿son los terrores sobrenaturales que existen en el pueblo un peligro más grande que la interferencia del afuera?
Cristian Ponce ejercita la narrativa de una forma atípica con nueve de diez capítulos que cuentan la víspera del cometa con historias de casas malditas, de abducciones extraterrestres fallidas y usurpadores de cuerpos. Nueve historias que juegan con la antología mientras siembran los elementos de un worldbuilding soberbio: ¿cómo era Kirlian antes de que llegara el nuevo locutor de la radio? ¿Quién despertó los horrores que deambulan todas las noches por las calles del pueblo? Y, cuando finalmente llega la hora del cometa, viene el capítulo diez y todo terminó. La historia sucede un día después de la noche del cometa y la cantidad de preguntas sin responder se triplica. Pero siempre queda tiempo para una canción más de medianoche.
Y esa canción sonó este año, porque en 2026 se estrenó en las salas locales La Frecuencia Kirlian, la película que mezcla escenas live action que transcurren en el interior de la radio con las historias animadas que suceden en sus calles malditas. Animación que cambia el estilo basado en siluetas y las formas anónimas de sus habitantes por uno más tradicional donde, tal vez, esta luz que baña a los personajes sea también la que ilumine los enigmas. Un collage maravilloso que mezcla unas actuaciones soberbias con ilustraciones como fotonovelas de la mano de la artista Jules Mamone.
La noche del cometa finalmente llega y el locutor decide festejar esta última emisión (y tal vez la última actividad antes de que el pueblo se transforme en vaya a saber Dios qué) con un programa especial donde cuatro invitados acuden a contar su historia: Gladys Mounier (directora de la secundaria del pueblo), que narra el peligro de Fleisch Welt, una revista pornográfica que, como el abismo de Nietzsche, también devuelve la mirada; Julio Vergara, agente inmobiliario y protagonista de una historia de desarrollo agropecuario de otro mundo; Paz Núñez, activista social, enredada en una historia de pandillas infantiles y monstruos, muy muy oscura; y, finalmente, Vincente Larrosa, director de la otra radio del pueblo, y un testimonio de licantropía y desgracia. O tal vez sea algo más terrible, tal vez sea la historia donde convergen todas las historias. El Aleph de todo lo que está mal en Ingeniero Kirlian.
O tal vez sea algo más terrible, tal vez sea la historia donde convergen todas las historias. El Aleph de todo lo que está mal en Ingeniero Kirlian.
La evolución de La Frecuencia Kirlian es muy visible en la película. Como pasó con la sobredosis camp que daba lugar a una oscuridad insoportable entre la segunda temporada de Twin Peaks y la película Fire Walk With Me, el último capítulo de la serie (El Silencio) conecta tonalmente con una realidad mucho más opresiva. Durante su hora y media se revela un costado mucho más horrendo del pueblo: los monstruos siempre están presentes pero los que tienen los colmillos más afilados son comisarios, políticos y arquitectos. Hay una noción de revelación constante en la que a las criaturas más horribles se les notan las costuras, el cierre en la espalda. No es casualidad que se reemplace el estilo de siluetas impersonales por una imagen clara de cada protagonista. Porque esta es una revelación, una atrás de otra, de cada misterio insondable que haya emergido desde aquel primer capítulo, en este “País de abril”. Todo lo que quiso preguntar sobre Kirlian y nunca se animó a preguntar.
El live action abre un montón de posibilidades que Ponce explota con ansias. Como elemento principal está la presencia de Nicolás Van de Moortele como El Locutor de Medianoche. La elocuencia siniestra y el aura de misterio entre presentador del horror de la semana y una suerte de ejecutor de una justicia kármica entre los habitantes de Kirlian se refuerzan en la mirada constante de unos pequeños ojos de fuego. La máscara de calavera, el insólito jopo, la piel quemada y deforme, la personificación que le da Van de Moortele con una voz icónica y un texto pulp pero cercano, tiene en el cuerpo de Nicolás Pérez una gestualidad que nunca está limitada por su rostro cubierto, porque sus manos se vuelven un vehículo narrativo más que suficiente. Cada palabra acentuada con un gesto, remarcando el aura que se cierne sobre sus invitados, reclamando una historia a cambio de un favor que puede cambiar el destino de sus vidas. Pero el resto de sus personajes dejan una impronta imborrable. Las actuaciones de Adriana Ferrer, Germán Baudino y Edgardo Simone.

El collage de estilos que forma parte del ADN de La Frecuencia Kirlian tiene aspectos como la ya característica banda sonora de Marcelo Cataldo que inyecta la ambientación ochentera necesaria. Composiciones que pueden recordar las canciones de Carpenter para Halloween, esa sensación eerie y fantasmagórica, mezclada con unos sintetizadores revolucionados y furiosos. Más allá de ese estilo entre vintage y atemporal que opera en los momentos live action, el uso de travelings, zooms y difuminados queda anclado por encuadres que son directamente sacados de un cómic. Ponce dirige como si estuviera escribiendo una historieta.
Desde la forma en la que está construida la narrativa de la pelicula (y ni hablar la serie) la ambientación y la tensión de sus historias, la atención a los planos detalles y los primeros planos de cada personaje, las apariciones de lo imposible y la representación de la violencia, todo tiene una sensibilidad comiquera. Por eso quedan tan bien las decisiones cómo la visibilidad de lo que antes eran contornos vivientes de ojos brillantes, el uso de planos medios en el interior de la radio, la confianza en la imaginación del espectador que hace de un resplandor amarillo y algunos golpes de sonido la idea de una turba iracunda. Incluso, Ponce se atreve a mezclar live action con animación en lo que es para mí una escena que está a la par de su apoteósico desenlace de “Historia de lo Oculto” (2020).

"¿Es cierto que esta noche se termina el mundo? Kirlian no es el mundo"
Es difícil no ser entusiasta de algo cómo La Frecuencia Kirlian. Se nota a varias leguas que está hecha a pulmón, con una visión artística y lúdica, esta idea del campo de juegos donde uno puede homenajear a aquello que lo acompañó durante su infancia y adolescencia. La tendencia hace muchos años es el falso homenaje, el abuso de la nostalgia, el goce diluido por un pasado cada vez más manoseado. Pero creo que Ponce, Bengoa y Cataldo crean una mitología en Kirlian que no solo sirve para emular, sino para estar a la altura de lo admirado, de los ídolos, de lo que llevó a uno a crear. En cada escena, en cada línea de dialogo, en cada nota de sintetizador hay algo contrabandeado, apropiado, asimilado, sintetizado. No tiene que ser Hawkings, ni la CIA, ni un personaje llamado Joey. Es un pueblo bautizado Ingeniero Kirlian, es una unión vecinal y es un tránsfuga llamado Valerga. Son nuestros hombres lobos, nuestros usurpadores de cuerpos, un pequeño ejercicio de soberanía fantástica. ¿Cómo no sentirme así, si ese perro (seguramente poseído) sigue ahí?
Algo yace en las rutas bonaerenses. Se esconde entre desvíos, caminos que no aparecen en los mapas, en medio de esos lugares donde los autos y las casas no están cerradas con llave. Hay una quietud que viene con el campo, con los cielos estrellados hasta donde pueden ver los ojos, con el silencio de esos mundos que existen dentro del nuestro, pero corridos ligeramente unos centímetros hacia otro lado. Pero no hay distancia suficiente que nos separe del misterio.
Puede ser una radio pequeña, pero la señal de la 96.6 va mucho más allá de lo que le permite su antena. Aunque estemos en medio de cuatro paredes, en un edificio atestado de departamentos, donde podemos escuchar el más mínimo rumor del vecino, esa voz que viene con la misteriosa quietud va a terminar llegando. Porque siempre hay una sombra que se mueve en la noche. Siempre hay un rumor creciendo en la oscuridad. Siempre hay una historia de miedo para contar. Toda la noche. Todas las noches.
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.