Una breve historia del monoteísmo en Grecia
Monoteísmo y politeísmo no son polos opuestos: desde Grecia hasta la ficción, la idea de un Dios único siempre convivió con muchos.
En el Battlestar Galactica de 2004, los humanos de las Doce Colonias rezan a Zeus, a Atenea y a Apolo, los Señores de Kobol, mientras que los cylones, las máquinas que ellos mismos fabricaron y que casi los exterminan, creen en un único Dios. Ronald D. Moore, que reinventó la serie, presentó el contraste como una declaración sobre la falta de tolerancia en los monoteísmos de hoy. Chris Klassen, que estudia religión contemporánea, discutió en 2008 esa idea que circula bastante más allá de la ciencia ficción: los muchos dioses serían pluralistas y amables; el dios único, celoso y violento.
Existe otra historia, más antigua, que va hacia la dirección contraria. En el siglo XIX se dio por obvio que la humanidad había subido una escalera, pasando de los muchos dioses al uno, como quien pasa de la infancia a la adultez. Ambas historias comparten el supuesto de que entre uno y muchos dioses hay una frontera nítida. Los griegos, que le prestaron los nombres de sus dioses a Kobol, la cruzaban todo el tiempo.
Una palabra nacida como insulto
“Monoteísmo” es una palabra más joven que el Quijote. Hasta donde sabemos, la usó por primera vez el teólogo inglés Henry More en 1660. More discutía con quienes sostenían que los paganos habían creído, en el fondo, en un solo dios sin nombre, y les respondía que ese dios no era otra cosa que el mundo: hacer del mundo un dios es no hacer ningún dios, de tal forma que “este monoteísmo de los paganos” era un ateísmo tan crudo como su politeísmo. Así, la palabra nació para describir a los paganos, y para descalificarlos (Maurizio Bettini cuenta esta historia en In Praise of Polytheism). Recién hacia 1830 Friedrich Schleiermacher la convirtió en la marca de identidad del judaísmo, el cristianismo y el islam, y desde entonces hablamos de religiones monoteístas como si la etiqueta hubiera estado siempre ahí.
Ambas historias comparten el supuesto de que entre uno y muchos dioses hay una frontera nítida. Los griegos, que le prestaron los nombres de sus dioses a Kobol, la cruzaban todo el tiempo.
“Politeísmo” tiene un origen parecido: el primero en hablar de polytheía fue Filón de Alejandría, un judío del siglo I que necesitaba un nombre para referirse a la religión de los otros. Los griegos nunca se definieron como politeístas porque, como observa Robert Parker, nadie les ofrecía una alternativa. Tampoco tenían un término equivalente exacto de “religión” ni de “creencia”. Escribir una historia del monoteísmo en Grecia nos obliga, entonces, a usar una palabra que ellos no tenían para describir algo que hicieron muchas veces: pensar un dios por encima de todo, pero sin dejar de honrar al resto.
Si los bueyes tuvieran manos
Lo más parecido a una teología común que tuvieron los griegos fueron los poemas de Homero y de Hesíodo, que según Heródoto fijaron la genealogía de los dioses, sus oficios y hasta su aspecto físico. Y esos dioses se enojan, mienten, seducen y se pelean a golpes.
A fines del siglo VI a. C., un poeta errante, Jenófanes de Colofón, escribió: “Homero y Hesíodo atribuyeron a los dioses todo lo que entre los hombres es vergüenza y reproche: robar, cometer adulterio y engañarse unos a otros”. También propuso un experimento mental: si los bueyes, los caballos o los leones tuvieran manos y pudieran dibujar, los caballos pintarían dioses con forma de caballo y los bueyes, con forma de buey. Los etíopes, agregaba, dicen que sus dioses son chatos y negros; los tracios, que tienen ojos claros y pelo colorado. Contra todo eso habló de “un solo dios, el más grande entre los dioses y los hombres, en nada semejante a los mortales, ni en el cuerpo ni en el pensamiento”, que sin moverse de su lugar sacude todas las cosas, sin esfuerzo, con el pensamiento.
Muchos leyeron ahí el primer monoteísmo de Occidente. El verso, sin embargo, tiene una trampa que señaló Walter Burkert: el dios de Jenófanes es el más grande entre los dioses. Uno es el mayor, y justamente por eso no está solo. H. S. Versnel describe esa manera griega de pensar como un procedimiento de doble vía, que permite afirmar la unidad de lo divino en un registro y seguir honrando a muchos dioses en otro, sin sentir que haya contradicción.
La tragedia trabaja en la misma frecuencia. En el Agamenón de Esquilo, el coro invoca: “Zeus, quienquiera que sea, si le agrada que lo llamen así, con este nombre lo nombro”. Heráclito de Éfeso lo dejó planteado enigmáticamente: “Lo uno, lo único sabio, no quiere y quiere ser llamado con el nombre de Zeus”. Así, el problema empezaba a estar en los nombres.
Reina el Torbellino
En la Atenas del siglo V, Anaxágoras afirmó que el sol era una piedra incandescente y, según la tradición, terminó acusado de impiedad. Protágoras, según los fragmentos que se conservaron de su texto perdido Sobre los dioses, abrió con esta frase: “Sobre los dioses no puedo saber ni si existen ni si no existen, ni qué forma tienen; muchas cosas lo impiden, la oscuridad del asunto y la brevedad de la vida humana”. En el Sísifo, un drama atribuido a Critias (el más despiadado de los Treinta Tiranos, aunque hay quien lo adjudica al tragediógrafo Eurípides), un personaje explica que un hombre astuto inventó a los dioses, como un sistema de vigilancia con ojos en el cielo, para que los malvados temieran ser vistos incluso cuando actuaban a escondidas.
En 423 a. C., Aristófanes llevó a escena su comedia Las nubes, protagonizada por un Sócrates que estudia el cielo colgado de una canasta y le enseña a un vecino endeudado que Zeus no existe, y este concluye: reina el Torbellino, que lo echó. Veinticuatro años después, en 399, Atenas juzgó a Sócrates por no reconocer a los dioses que la propia ciudad reconoce, introducir otras y nuevas divinidades y corromper a los jóvenes. Fue declarado culpable y condenado a muerte.
Este episodio complica la moraleja de Battlestar Galactica. La Atenas que condenó a Sócrates era politeísta, sin credo ni texto sagrado, y aun así tenía muy claro cuáles eran los dioses de la ciudad (y cuáles no serían admitidos). La tolerancia no venía de fábrica con la cantidad de dioses.
Por convención muchos, por naturaleza uno
Después de la muerte de Sócrates, ganaron protagonismo los que habían sido sus amigos y discípulos. Los socráticos (Platón y Jenofonte, pero también Antístenes, Euclides de Mégara, Aristipo, Esquines y otros de los que quedan fragmentos y testimonios) heredaron un problema de su maestro, que hablaba en ocasiones de “el dios”, en singular, y tenía además un daimónion, una señal divina que solo él oía. En la Apología de Platón, él mismo dice que la acusación de introducir nuevas divinidades se refería a su daimónion, una señal divina que le impedía, en ocasiones, hacer cosas como preparar su defensa para el juicio.
La Atenas que condenó a Sócrates era politeísta, sin credo ni texto sagrado, y aun así tenía muy claro cuáles eran los dioses de la ciudad. La tolerancia no venía de fábrica con la cantidad de dioses.
Jenofonte, filósofo, historiador y comandante, le hace decir a Sócrates, en sus Recuerdos, que los demás dioses nos dan sus bienes sin dejarse ver, y lo mismo pasa con “el que ordena y mantiene unido el cosmos entero”: se lo ve hacer las cosas más grandes, pero mientras las administra, es invisible. Hay dioses, en plural, pero hay uno que ordena el todo. Platón, por su parte, usa la palabra theología (el primer registro que tenemos del término) en la República, cuando Sócrates critica los relatos de los poetas y busca pautas para hablar de los dioses. En el Timeo, que retoma la ciudad de la República, aparece un artesano divino, el demiurgo, “hacedor y padre de este universo”, que después les encarga a dioses más jóvenes la fabricación de los seres mortales.
Uno de los casos más extremos fue el de Antístenes, otro socrático de primera generación, a quien la tradición antigua hizo fundador del cinismo. El historiador de la filosofía Michael Frede no veía cómo negar que Antístenes fuera un monoteísta pagano, bajo el criterio que se quisiera. Según Filodemo y Cicerón, Antístenes sostuvo que “por convención hay muchos dioses; por naturaleza, uno solo”. Nómos (convención) es lo que establecen los hombres; phýsis (naturaleza), lo que las cosas son. Es decir que los dioses de la ciudad quedan del lado de lo acordado, pero su idea de dios, además, “no se parece a nada”, y por eso nadie puede conocerlo a partir de una imagen. Cuenta una anécdota que, cuando un sacerdote ambulante de Cibeles le pidió limosna, contestó: “Yo no mantengo a la madre de los dioses: la mantienen los dioses”.
Euclides de Mégara, socrático iniciador de la escuela de los megáricos, afirmaba que el bien es uno, aunque se lo llame con muchos nombres: a veces sensatez, a veces dios, a veces inteligencia. Y entre los herederos de Aristipo (fundador de la escuela cirenaica) apareció Teodoro, al que la tradición apodó “el Ateo” porque negó los dioses. En la estela de un mismo maestro conviven una de las primeras expresiones de monoteísmo, la defensa del culto cívico y el ateísmo. Claudia Mársico, una de las principales referentes en estudios socráticos, propone leer la insistencia en la unidad como un patrón compartido por los socráticos y no como una rareza de Antístenes. En la misma dirección podemos pensar el círculo socrático como el laboratorio donde se armó la estructura que siglos más tarde se reconocería como monoteísmo, una divinidad primera de la que se derivan las demás.
Que haya un solo señor
Aristóteles cerró el libro más teológico de la Metafísica con un verso de la Ilíada en el que Odiseo les grita a los soldados que quieren volver a casa: “No es bueno que manden muchos; que haya un solo señor”. En ese mismo libro reconoce que los antepasados ya habían transmitido que las primeras sustancias son dioses, y que lo demás, los dioses con forma humana o de animal, se agregó después “en forma de mito”, para persuadir a la mayoría y por conveniencia de las leyes (o costumbres), algo que nos puede recordar a Antístenes.
Después de Alejandro, con un mundo griego enorme, la doble vía se convirtió casi en sentido común. Los estoicos (los mismos que hoy circulan como manual de productividad en Silicon Valley) llamaron Zeus a la razón que atraviesa el universo, y Cleantes abrió su himno invocándolo como “el de muchos nombres”. En el siglo II d. C., el orador Máximo de Tiro sostenía que en toda la tierra hay una sola doctrina: que existe un dios, rey y padre de todo, y muchos dioses, hijos del dios, que gobiernan con él. “Esto lo dice el griego y lo dice el bárbaro”.
¡Fuera los ateos!
Los cristianos entraron en esta historia como acusados. Para los paganos, los ateos eran los cristianos, que se negaban a honrar a los dioses de la ciudad y del emperador. A mediados del siglo II, en Esmirna, el procónsul le ofreció al anciano obispo Policarpo salvar la vida si gritaba “¡Fuera los ateos!”. Policarpo miró a la multitud que llenaba el estadio, la señaló con la mano y dijo: “¡Fuera los ateos!”. Por la misma época, Justino Mártir escribió que quienes vivieron conforme al lógos fueron cristianos, aunque se los tuviera por ateos, “como entre los griegos Sócrates y Heráclito”. Sócrates, condenado por no reconocer a los dioses de Atenas, era para Justino un cristiano antes de Cristo.
Para los paganos, los ateos eran los cristianos, que se negaban a honrar a los dioses de la ciudad y del emperador.
Buena parte de lo que sabemos del dios de Jenófanes y del de Antístenes nos llegó porque Clemente de Alejandría los citó, hacia el año 200, para mostrarles a los cristianos que sus propios sabios ya habían entrevisto al dios único. Los apologistas cristianos fueron los grandes antologistas del monoteísmo griego, pero también delimitaron la frontera. El dios de los filósofos nunca le exigió a nadie que abandonara a los otros; el de judíos y cristianos, sí. Jan Assmann llamó “distinción mosaica” a ese corte entre dioses verdaderos y falsos, y eso es lo que separa al monoteísmo griego del judío y del cristiano.
A Dios no le gusta ese nombre
Cuesta encontrar, en cualquier religión viva, un monoteísmo sin mediaciones. Basta con pensar en el catolicismo popular argentino, en sus santos oficiales y los no tanto, como la Difunta Correa o el Gauchito Gil, a los que se les piden cosas muy concretas. Tolkien, devoto católico, imaginó en El Silmarillion un único creador, Eru Ilúvatar, rodeado por los Valar, a los que, según él, los hombres llamaron muchas veces dioses. En la última escena de Battlestar Galactica, las versiones de Seis y de Baltar que solo existen en la cabeza de los personajes caminan por Nueva York hablando del plan de Dios, y él la corrige: “Sabés que no le gusta ese nombre”. Esquilo y Antístenes habrían estado de acuerdo. Desde Jenófanes hasta los socráticos, los griegos que pensaron en un solo dios nos heredaron una sospecha: que lo divino es uno y que ningún nombre le queda del todo bien.
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