La ciencia ficción oculta del Indio Solari: Androides y distopía
¿Calle o cyberpunk? El costado más futurista y distópico de Los Redondos en un viaje que conecta al Indio con la ciencia ficción.
Los Redondos llegaron temprano a mi vida, a través de mis amigos, cuando era un adolescente de no más de 13 o 14 años. Pero, a diferencia de ellos que los escuchaban con devoción, yo nunca terminé de adoptarlos del todo: me gustaban unas cuantas canciones, me sabía de memoria muchas de sus letras, pero no sentía que fueran “mi banda”. Por aquella época (finales de los noventa) yo me sentía más interpelado por la música rápida, agresiva o líricamente violenta (hardcore, grunge, rap) y Los Redondos no encajaban en ninguna de esas categorías. Entonces los escuchaba de rebote, de forma lateral cuando alguno de mis amigos hacía sonar Luzbelito, Un baión para el ojo idiota o En directo, ese disco en vivo con olorcito a bootleg.
El Polaco Goyeneche alguna vez dijo “crecé, pibe, el tango te espera”. Mi caso fue peculiar porque una banda como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que generalmente enamora cuando uno es adolescente, a mí me conquistó de grande. Digamos que empecé a entenderla y adoptarla (ahora sí) como una de mis bandas de cabecera una vez que crecí. Y Los Redondos, como el tango, me esperaron.
En ese tiempo transcurrido entre mi temprana adolescencia y mi adultez, estuve convencido de que las letras del Indio Solari hablaban casi exclusivamente de secuencias de esquina, del acento del barrio, de drogas y marginales, de clase obrera y de política. En otras palabras: la poética de la calle. Pero cuando comencé a bucear en lo profundo de las canciones de Los Redondos y las letras del Indio, descubrí que había algo más, algo que siempre estuvo ahí pero que yo no supe detectar en su momento: ciencia ficción distópica y cyberpunk, elementos clave de la poética solariana y del imaginario de una de las bandas de rock más importantes de nuestra historia.
Sospecho que tampoco soy el único que no lo supo detectar al principio: a pesar de que el Indio posiblemente sea el cantante y letrista argentino que con más frecuencia ha recurrido al imaginario de la ciencia ficción, por alguna razón esta faceta de su lírica no se impregna en la memoria colectiva.
El Indio posiblemente sea el cantante y letrista argentino que con más frecuencia ha recurrido al imaginario de la ciencia ficción
Con las herramientas estético-narrativas de la ciencia ficción, Solari no solo escribió letras para darle un marco narrativo a las canciones sino que creó algo más vasto y ambicioso: un proyecto expansible que escapa del corsé de la música, quiebra las limitaciones del lenguaje visual y transforma al Indio en demiurgo de mundos fantásticos.
La génesis de este universo ficcional se encuentra en la creación de un largometraje experimental, y el eje central alrededor del cual gira todo su imaginario es una novela inconclusa y eterna, un mito de la cultura pop y la literatura argentina, el santo grial solariano titulado El delito americano.
El amanecer de un mito
La ciencia ficción distópica forma parte del imaginario de Los Redondos incluso antes del nacimiento de la banda, cuando apenas eran un grupo de amigos inquietos y con ganas de experimentar con las artes. En 1976 Carlos “Indio” Solari y Guillermo “Negro” Beilinson se embarcan en una aventura audiovisual que consiste en filmar una película experimental en formato Super 8 mm, cuyo título tomarán prestado del I-Ching: Ciclo de cielo sobre viento. Este largometraje escrito y protagonizado por Solari, dirigido por Beilinson y rodado entre Valeria del Mar y La Plata, es lo que actualmente en la jerga de internet se denomina lost media, es decir, material que alguna vez fue visto por el público en general pero que en la actualidad está perdido porque fue prohibido, destruido o simplemente se encuentra desaparecido. De este metraje solo están disponibles unos escasos nueve minutos a partir de los cuales es imposible reconstruir la trama, pero existe al menos una fuente escrita de la época (una nota aparecida en el diario El Día de La Plata en octubre de 1976) que nos provee algunas pistas para siquiera poder imaginar de qué va Ciclo de cielo sobre viento: en un futuro distópico en el cual los niveles de contaminación de la superficie del planeta aumentaron hasta niveles catastróficos, la humanidad se vio obligada a refugiarse en ciudades subterráneas llamadas “subdades”. La película presenta una sociedad cibernética organizada y controlada por un centro de computación que provee bienestar tanto material como psicológico y pone a una computadora a cargo de cada subdad. El conflicto surge cuando estas computadoras comienzan a luchar entre sí en una guerra interna por el espacio vital, motivo por el cual relegan las tareas que les fueron asignadas y las subdades se sumergen en la decadencia y el descontrol. Es en este momento cuando aparece un grupo de rebeldes que sospecha que la superficie del planeta puede no estar tan contaminada y destruida como les contaron y buscan escapar de las máquinas que los controlan para salir al exterior.
Ricky Rodrigo (multiinstrumentista, miembro de la primera formación de Los Redonditos de Ricota allá por los setenta y extra en la película) contó que en el tercer acto los rebeldes consiguen salir al exterior para descubrir que el mundo en realidad no estaba devastado y la superficie del planeta era habitable, tal y como ellos sospechaban.
Por supuesto, fuera de Argentina nada de esto era nuevo ni original a mediados de los setenta. La literatura de anticipación imagina mundos distópicos, apocalípticos y subterráneos desde finales del siglo XIX, y el cine lo lleva haciendo desde principios del siglo XX (pienso en Metropolis de 1927 como primer gran ejemplo), por lo que no sería desacertado señalar que la distopía subterránea es un subgénero más de la ciencia ficción. Pero en nuestro país pocos se animaban a apostar por un cine de ciencia ficción distópica y experimental en épocas de dictadura militar, lo que indica que el joven Carlos Solari ya era un artista arriesgado y marcado por sus gustos culturales.

Una de las probables influencias al momento de imaginar su propio mundo distópico y posapocalíptico quizá sea el profético e injustamente olvidado relato La máquina se detiene (1909) de E. M. Forster, que narra un futuro en el que la humanidad vive bajo tierra y es completamente dependiente de una omnipotente computadora que satisface sus necesidades materiales, espirituales y psicológicas. Otra influencia para Ciclo de cielo sobre viento pudo haber sido el cuento Los defensores (1953) y su expansión en formato novela titulada La penúltima verdad (1963) (ambas de Philip K. Dick), donde se cuenta que a causa de la radiación y los gases letales la humanidad vive refugiada en tanques subterráneos mientras los robots pelean una Tercera Guerra Mundial infinita en la superficie del planeta, aunque la verdad que se esconde es otra: la guerra terminó hace años y la gente malvive bajo tierra, engañada a base de fake news creadas por las elites de los bandos en pugna que llevan vidas plenas en un exterior verde y habitable. Por último podríamos pensar en la ópera prima de George Lucas THX 1138 (1971), una película de ciencia ficción distópica que describe al mundo transformado en una inmensa sociedad subterránea hipervigilada y apaciguada con drogas inhibidoras de las conductas sociales, una comunidad fría y deshumanizada cuyo conflicto surge cuando uno de sus habitantes (THX 1138, interpretado por un magnífico Robert Duvall) decide rebelarse contra el sistema, primero atreviéndose a tener una relación amorosa con una joven insurrecta y luego escapando al exterior del planeta para ver el atardecer con sus propios ojos.
Pocos se animaban a apostar por un cine de ciencia ficción distópica y experimental en épocas de dictadura militar, lo que indica que el joven Carlos Solari ya era un artista arriesgado.
Pero la verdadera importancia de Ciclo de cielo sobre viento para el devenir de Los Redondos (y de la cultura argentina toda) no radica en su trama, ni en su originalidad o sus influencias; lo verdaderamente relevante fue el momento en que, en pleno rodaje, Guillermo Beilinson le presentó al Indio Solari a su hermano menor, Eduardo, más conocido como Skay; y como Skay era músico, lo invitaron a participar de la creación de la banda sonora de la película para lo que (según recuerda el Indio) comienzan a mezclar ruidos con música y el sonido de la guitarra eléctrica con voces y ecos, lo que da como resultado una especie de “folklore raro y universal”. La banda sonora de Ciclo de cielo sobre viento fue la primera colaboración entre el Indio y Skay, o lo que es lo mismo: el Big Bang ricotero. Cabe destacar también que la vestuarista de la película fue Carmen Castro (mejor conocida como La Negra Poli) compañera de vida de Skay y futura manager de la banda.
En otras palabras: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota existió gracias a la ciencia ficción.
New Wave
Diez años después del estreno de la película, con motivo de la publicación de Oktubre (el segundo disco de Los Redondos), el Indio Solari le concede una entrevista al mítico periodista argentino Enrique Syms para la revista Cerdos & Peces. La charla, aclara Syms en la bajada, es en la propia casa del cantante, “entre su colección de comix” (otra forma de llamar al cómic underground y contracultural), donde hablan de varios temas de su interés, entre ellos la ciencia y la tecnología, el poder, las corporaciones que gobiernan a través de la tecnocracia, la salud mental y las ficciones: “Vivimos la ficción a través del comix y del cine, el hombre será el cowboy del espacio y la nave su caballo”, le dice a Syms.
En la biografía del Indio hay una foto muy particular donde se lo ve acostado en el piso rodeado por una cantidad incontable de revistas, la gran mayoría de cómic europeo: Tótem, El Víbora, Cimoc, Comix Internacional, 1984 (España) y Metal Hurlant (Francia), lo que deja en evidencia el fanatismo del Indio por esta corriente específica del noveno arte: historietas adultas, oscuras, violentas, contraculturales.

Contrario a lo que pasó en la era dorada de la ciencia ficción (1938 a 1950) donde la fe en el progreso y la devoción por la ciencia y la técnica eran el motor narrativo de la mayoría de los cuentos y novelas, los autores de la Nueva Ola de la ciencia ficción de la década del sesenta, desencantados por la violencia política y bélica e influenciados por las revoluciones culturales, la vanguardia y la literatura experimental, eligieron poner en duda los beneficios de la ciencia y el progreso imaginando futuros distópicos, evitando el espacio exterior para refugiarse en el “espacio interior” del ser humano, e incluyendo en sus relatos temas considerados tabú para el género como el consumo de drogas, el sexo y la religión. El comix y las historietas que Solari leía en aquellas revistas europeas eran herederas directas de la Nueva Ola de la ciencia ficción, por lo que inevitablemente tenían una mirada más bien pesimista y planteaban escenarios de ciencia ficción oscura, futuros distópicos y antihéroes marginales. Todo ese imaginario se impregnó en las letras del Indio y ayudó a darle forma a su particular universo ficcional, cuyo núcleo es, como ya anticipamos, ese lienzo infinito que él llamaba El delito americano.
El delito americano
El documental Jodorowsky’s Dune (Frank Pavich, 2013) cuenta la historia de la mejor película de ciencia ficción jamás filmada (la adaptación de la novela de Frank Herbert a manos del excéntrico director y escritor Alejandro Jodorowsky) y transmite la sensación de que nos hemos perdido una obra que pudo haber quebrado todos los paradigmas del género y nos hubiera cambiado la vida a todos los cinéfilos. La lectura del cómic Escenas del delito americano (2017) provoca una sensación similar, pero desde un punto de vista literario: resulta que esta historieta escrita por Solari y magníficamente ilustrada por Serafín está compuesta por fragmentos de una obra mayor que el músico escribió durante muchísimos años (treinta, quizás más), una novela experimental de ciencia ficción vanguardista que pretendía algún día sacar a la luz, una obra inconclusa de la cual finalmente decidió soltar algunos fragmentos en formato de novela gráfica. Muchas canciones de Los Redondos se nutrieron de este texto infinito: de sus páginas emergieron frases, personajes y lugares que luego pasarían a formar parte de las letras solarianas.

La partida del Indio no solo nos deja huérfanos de música, sino también de literatura: duele pensar que quizá nunca podremos leer el que quizá sea el mejor (o, como mínimo, el más arriesgado) libro de ciencia ficción argentina de todos los tiempos. Novela total entre las novelas totales.
En fin: no nos queda más que conformarnos con las Escenas del delito americano, que no es poco.
Considero un tanto imposible y hasta ridículo intentar resumir esta historieta, por su naturaleza no-lineal, fragmentaria, experimental y alegórica. En mi experiencia, la mejor opción es sumergirse en su lectura sin saber ni esperar nada; pero para no pecar de mezquino, acá van algunas pistas: digamos que se trata de una historia de ciencia ficción que narra flashbacks del apocalipsis, memorias de futuros perdidos, distopías posibles; un relato cyberpunk ricotero protagonizado en gran medida por El Peregrino (un alter ego del Indio, como King Mob lo es de Grant Morrison en Los invisibles), un no-tiempo saturado de drogas de diseño y estados alterados de consciencia, experimentos sensoriales, bacterias, body horror, personajes extravagantes, guerras subversivas, crítica social, religión, política, poesía en prosa y filosofía. En palabras del Indio, Escenas del delito americano es: “un juego sintáctico y gramatical que oculta con ambigüedades el objetivo de enfrentar al lector con el sentido de un futuro atomizado y cruel, en el cual la ciencia ha dejado de robarle tiempo a la eternidad”. En esta obra central de Solari es donde más claramente puede advertirse la influencia de la Nueva Ola de la ciencia ficción literaria y del comix underground europeo: Moebius, de Jean Giraud (fundador junto a Dionnet y Druillet de la revista Metal Hurlant e ilustrador del storyboard de la fallida adaptación de Duna de Jodorowsky), fue la referencia estética obligatoria de Solari para Serafín.
La poética solariana
Hay una frase terriblemente ricotera atribuida al escritor cyberpunk William Gibson: “El futuro ya llegó, solo que está distribuido de manera desigual”. Me gusta imaginar que Gibson escuchó a Los Redondos, sobre todo cuando escucho Todo un palo (1988) y el Indio canta: “El futuro ya llegó, llegó como vos no lo esperabas, todo un palo, ya lo ves”. Las letras del Indio son las de un poeta pop atento al progreso técnico, un tecnochamán interesado en la evolución tecnológica y en los cambios que esta produce en el ser humano.
En las canciones de Los Redonditos de Ricota se habla de Adidas digitales, Pepsi inyectable y un test para ir al espacio; hay tecno-duques, psicohéroes, pequeños grandes matones de internet, dioses digitales y hasta un Alien Duce; abundan los sony samurai, los drogocops, los robocops sin ley y los japolicías hechos en Detroit; hay calles inteligentes, andanzas en cybersiberia y pajaritos locos de cyberbabel.
Las letras del Indio son las de un poeta pop atento al progreso técnico, un tecnochamán interesado en la evolución tecnológica y en los cambios que esta produce en el ser humano.
En las canciones de su carrera solista post-Redondos hay telejuegos con chamanes, pájaros que cantan sobre las selvas de internet, robots dormidos, tecnohumanos, protohumanos y tecnobios, autómatas dormidos, cronofármacos, cibernubes, profundidad virtual, casas inteligentes y chips subcutáneos.
En las canciones de Los Redonditos de Ricota el acento del barrio convive con el vocabulario de la ciencia ficción, y la imaginería cyberpunk se mezcla con la estética de los márgenes bonaerenses. Solari trafica data e información cultural en sus letras, y muchas veces filtra en los versos sus influencias sonoras pero también cinematográficas (Andrei Tarkovski, Werner Herzog, Ingmar Bergman) y literarias (Jack Kerouac, William Burroughs, Kurt Vonnegut, Philip Dick). Pongamos un ejemplo claro con una canción no tan conocida, que se inspiró en un cuento. En 1969 Philip K. Dick publica su cuento La hormiga eléctrica que cuenta la historia de Garson Poole, el CEO de la prestigiosa empresa Tri-Plan Electronics, que luego de un accidente con su nave despierta en un hospital y descubre que le falta una mano, aunque no siente dolor. El doctor le revela que en realidad no es un hombre sino una hormiga eléctrica, un androide orgánico programado para vivir entre humanos y creer que es un ser humano. Poole comprende que solo era una figura decorativa, que nunca había dirigido realmente la empresa, y se llama a sí mismo “esclavo mecánico”. Descubre que tiene un panel en el pecho con módulo de control y un tubo de cinta perforada montada sobre el mecanismo del corazón y que, quizá, modificándolo, pueda alterar su realidad. A partir de este descubrimiento Poole comienza a cuestionar la naturaleza de su existencia: ¿quién es él? ¿Por qué lo construyeron? ¿Qué es la realidad? ¿Se puede modificar?
En una canción inédita de Los Redonditos de Ricota (que solo tocaron en algunas oportunidades entre 1983 y 1987) conocida popularmente como El hombre eléctrico (aunque fue registrada como Soy un perdido eléctrico), el Indio canta:
Soy un perdido eléctrico,
el universo eléctrico,
un multitudinario
perdido y sin identidad.
Cuido mi tubo túnel
con DDT galáctico
y aunque parezca un crimen
el monstruo no me muerde más.
Yo soy nadie.
El DDT (dicloro-difenil-tricloroetano) es el principal componente de los insecticidas: ¿No es acaso Garson Poole un ser perdido y sin identidad, una hormiga eléctrica con un tubo túnel en el pecho, un nadie perdido en un universo eléctrico?
Para finales del milenio (veintidós años después del estreno de Ciclo de cielo sobre viento) Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota habían abrazado definitivamente la ciencia ficción distópica en su noveno álbum Último bondi a Finisterre (1998), dotándolo de un packaging que remite a una nave espacial y una estética futurista, con la banda completa (por primera vez en una portada) transformada en personajes digitales estilo cinemática de PlayStation 1, letras con reminiscencias cyberpunk y un rock de loops, samplers y texturas maquínicas que lo acercan a la electrónica.
En el libro Díscolo. Desobediencias creativas del packaging discográfico (2013) Rocambole (autor del arte de este y de todos los discos de Los Redondos) cuenta que su intención al crear la portada de Último bondi a Finisterre era: “reflejar una especie de viaje cruzando la frontera que divide el pasado del futuro. Como intento de desafiar los límites espacio-temporales. Un viaje hacia eso que se nos representaba como el futuro: la ordalía tecnológica”.
En 2010, y con su nueva banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el Indio publica El perfume de la tempestad, que contiene una de sus canciones más sci-fi: Submarino soluble. En una entrevista con Marcelo Figueras, Solari dijo que este tema: “Trabaja sobre la ambigüedad, nunca se sabe si el negro mar del que habla es virtual o es el cosmos. Pero dice hojalata y eso no es virtual, parece que se trata de una especie de astronauta. El asunto no es qué tipo de viajero es, sino cuán solo está mientras funciona como punta de lanza de una cultura, yendo a apropiarse de otro lugar o siendo semilla”. Visto en retrospectiva, muchos creen advertir en esta letra un anticipo de su enfermedad en clave alegórica: la nave a la que hace referencia es su propio cuerpo. Como sea, Submarino soluble está escrita como un cuento de ciencia ficción clásico y es una de las más bellas canciones que compuso en su última etapa:
¡No me obedece más la nave donde estoy!
(me pregunto por qué no me obedece más…)
Planetaria es mi fortuna
pero hundida en un océano.
Abandonado aquí en Cibernube
en la profundidad virtual de un negro mar
Planetaria criatura…
mi mirada nunca aprendió
a llorar.
¡Lo que hay que sufrir en esta hojalata!
Yendo al muere… quieto… ¡Aleluya!
Pienso si estaría más a gusto ahí fuera
Miro la pantalla: ¡Aleluya!
Me hostigan mal desde el control
tantas consignas me hacen ver que sólo estoy
Planetaria es mi fortuna
pero hundida en un océano.
¡Mi cápsula neural ya no me hace efecto!
¡Y el joystick rojo no gobierna nada más!
¡No me obedece más la nave donde estoy!
¡Falta el aire! La luz parpadea…
Control insiste en que es normal lo que
ocurre
que estar tan solo, así, puede hacer mal…
Planetaria criatura
mi mirada nunca aprendió
a llorar.
Me arrastro muy lentamente
sobre mi vientre… ¡Aleluya!
¡Aleluya!
Adivino más que veo
un campo soleado en mí… ¡Aleluya!
¡Aleluya!
El 5 de junio de 2026 abandonó este plano terrenal no solo uno de los mejores cantantes y letristas, sino también uno de los mejores escritores de ficción especulativa de este increíble país.
¡Salud, Indio! Gracias por la música y por la ciencia ficción.
Playlist: Solari Cyberpunk
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