Terror analógico: la era del VHS como instrumento del trauma
Un repaso por las obras más escalofriantes del terror analógico: VHS, creepypastas y mitos de internet.
Finalmente pasó. El tiempo nos alcanzó y lo hizo cómo siempre temíamos. Dolores en los huesos, articulaciones que empiezan a glitchear, cabellos blancos que surgen en un recordatorio de que, cómo dijo Nick Cave, “All things move towards their end”, pero lo peor de todo es que nos convirtió en criaturas que por más que lo neguemos más veces que las que Pedro negó a Jesús, nos hemos vuelto melancólicos, nostálgicos, anclados en mayor o menor medida a un pasado idealizado.
Pero esto no es solamente potestad de los mastodontes nacidos en los ochenta que lentamente vamos caminando en fila hacia las consultas de los médicos clínicos. Las olas de nostalgia bañan constantemente el mundo de los medios que consumimos. Ya saben: la estética, el tono, el feeling de un mundo perdido que bien puede ser el de los ochenta, los noventa y a medida que nos vamos acercando al final de la década, la revelación de que Avril Lavigne puede ser vintage. Horror, el más absoluto horror.
Y hablando de horror, hay un fenómeno que se viene materializando hace mucho tiempo desde internet (en las épocas que existía una internet viva y constantemente mutante) a través de foros y canales muy pequeños de YouTube. Es el terror analógico, un género que imita y se basa en formas y estética de documentales, videos institucionales, transmisiones de radio y televisión y formatos de cámara en mano para evocar una atmósfera que parece perdida en el tiempo y totalmente irrecuperable. Hay algo en lo analógico que se contrapone por completo con nuestra sociedad de la urgencia, de la carencia de atención y de los formatos híper-resumidos y adaptados al espectador que gusta de darle la espalda al televisor. Es decir, el terror analógico busca generar algo que parece incluso más distante que los dinosaurios. Ese es el abismo infranqueable que separa el mundo de los videoclubs del mundo de los streamings.
Hay algo en lo analógico que se contrapone por completo con nuestra sociedad de la urgencia, de la carencia de atención y de los formatos hiper-resumidos y adaptados al espectador que gusta de darle la espalda al televisor.
Entonces, es tal vez eso lo que genera tanta atracción por este tipo de género del horror. Es cuestión de preguntarle a los más chicos qué es lo que los asusta y encontrarnos con oficinas noventeras infinitas o señores de tres metros sin rostro que aparecen en fotografías en blanco y negro. La evocación de una experiencia muy privada y personal de experimentar lo imposible sin algoritmos ni estadísticas de consumo. Uno frente a lo sobrenatural mediado a través de una foto, de una cámara, de unas diapositivas pobremente diseñadas por un empleado estatal mal pago.
En este artículo intentaremos acercar el concepto de terror analógico a los que nunca lo han experimentado, al mismo tiempo que buscamos otros puntos de análisis para los que ya son duchos en el arte de emular la era de los VHS como instrumento del trauma. Lejos de ser una guía definitiva, es un pantallazo de las obras más fáciles de acceder (casi todas tienen subtítulos en español) y las que sirven como puerta a formas más complejas del género.
Pero arranquemos con el origen de todo, una época donde las videocaseteras reinaban supremas en un rincón de nuestro hogar.
Ese chicle que te gusta (volverá a estar de moda)
Gracias al paso del tiempo, pero también a la apreciación y el análisis del género del terror, podemos poner como primeros ejemplos (antes de la idea de un terror analógico) a piezas fundamentales como The Blair Witch Project (1998, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick), un elemento crítico para entender el horror visto en primera persona a través de dispositivos analógicos (o prehistóricamente digitales). Una película que hallaba su idea fuerza en la desorientación, la paranoia y una tensión que parecía traspasarse a una serie de cámaras y micrófonos que bien podían estar adulterados, formar parte de una farsa, un chiste de mal gusto o servir de conducto a fuerzas que no eran de esta tierra.

Pero tal vez lo más trascendental de la película de Sánchez y Myrick haya sido la campaña de marketing, algo que solo podía existir a finales de siglo y que tuvo un efecto en los países donde todavía internet no se había masificado tanto, como es nuestro caso. La idea de que la película era REALMENTE un trozo de metraje perdido en circunstancias trágicas nos llevó a toda una generación al cine pensando que, como le había pasado a una generación atrás con “Faces Of Death” (1978, John Alan Schwartz), estábamos viendo los últimos momentos de personas de verdad. Como dije antes, una inocencia más difícil de replicar que el ADN de un dinosaurio. Entonces, tal vez, vos tenías la idea de que no era verdad, pero nunca podía ser una certeza del 100%. Siempre estaba la duda de si esto no, pero esto otro sí, y así.
Hay un poder muy grande en la capacidad que tiene el terror analógico, especialmente en el formato de found footage de un voyeurismo letal, de creer que estamos siendo testigos de algo que nadie más debería ver. Por eso golpea tan fuerte ese final que ya se ha convertido en una pieza fundamental del género, donde el personaje de Heather llega al sótano de la casa en ruinas de Rustin Parr para encontrar al personaje de Josh mirando a la pared. Y, segundos después, un golpe seco, la cámara que cae, fundido a negro y los créditos. “Tengo miedo de cerrar los ojos y tengo miedo de abrirlos”
Y años más tarde, el desprevenido adolescente enganchaba en las madrugadas de cable una película que lo traía de nuevo a ese trauma, pero en una historia que se alejaba de la brujería y la sombra del demonio para traer algo terrible que venía de más allá de las estrellas. Porque varios fueron los que engancharon Alien Abduction: Incident In Lake County (1998, Dean Alioto), creyendo que estaban viendo algo prohibido. Y, si bien es previa a la cinta de Blair, al tratarse de un film hecho para televisión, con un estilo de film hogareño y una economía de recursos impresionante, uno no entendía qué era lo que estaba pasando. Especialmente por el hecho de que aparecían supuestos entrevistados hablando de la veracidad de la cinta.
Pero claro que era una ficción, incluso se trataba de la remake de una película de 1989 del mismo director: “The McPherson Tape”, que contaba la historia de una familia en el Día de Gracias que era testigo del descenso de una nave extraterrestre y los experimentos que las criaturas hacían con el ganado, para luego tener que sobrevivir a un asedio con un final casi tan traumático como el del sótano de Rustin Parr. El que la vio lo sabe. Absolutamente terrorífico. Y no ayudaba que esté basada en un caso supuestamente “real”, el de la familia Kelly Hopkins, que en 1955 empezó a los tiros contra una serie de criaturas que intentaban ingresar a su hogar, entre los típicos extraterrestres grises y unos acrobáticos leprechauns.
Y así podemos seguir, como una montaña rusa a la inversa, yendo muy rápido y muy fuerte hacia el pasado, con casos como el de Ghostwatch (1992, Lesley Manning), una falsa transmisión en vivo que contaba con periodistas serios fingiendo el caso de una casa embrujada y un fantasma que habitaba en las cañerías. El artificio fue tan efectivo que la gente llamó espantada a la BBC. Hacia el final, la transmisión usaba el recurso de pasar la cuarta pared, donde el fantasma usaba la transmisión para llegar a la casa del espectador. Imagínense el horror de esos ingleses: gente quedó traumada, niños no pudieron dormir. Un millón de llamadas y la prohibición de volver a pasar el documental hasta diez años después. Algo similar a la famosa transmisión de “The War Of The Worlds” que hizo Orson Welles en el Mercury Theatre en 1938, donde hizo creer que los marcianos habían invadido la Tierra.
Marble Hornets: El hombre alto me obligó
Hasta ahora hicimos un repaso de obras que podrían entrar en el género de lo que llamamos “terror analógico”. Pero es recién entrada la era masiva de internet donde los foros se llenaban de materia creativa lista para ser explotada décadas más tarde. Y es en la página de “Something Awful” donde se realiza un concurso para subir imágenes paranormales editadas por Photoshop. Ahí es donde el usuario Viktor Surge (Eric Knudsen) sube una foto donde se ve a un grupo de adolescentes corriendo y una figura misteriosa detrás. El epígrafe decía: “No queríamos ir, no queríamos matarlos, pero su silencio persistente y sus brazos largos nos aterrorizaron y confortaron al mismo tiempo”. Luego una fecha, 1983, y un “Fotógrafo desconocido, posiblemente muerto”. La imagen que aparece detrás, un ser alto de brazos largos y rostro totalmente en blanco sin rasgos faciales sería llamado Slenderman y pronto se convertiría en leyenda.
El poder de las creepypastas, los relatos anónimos o comunitarios construidos en internet tiene la capacidad de ser un mensaje hallado en una botella. Usualmente están escritos en primera persona, intentan pasar por algo real, el caso de una persona corriente frente a frente con lo alucinante, y carece de toda la parafernalia de la literatura tradicional. No busca venderse ni masificarse a través de la publicidad ni trata de poner al autor en un lugar de veneración. Es solo la historia y el poder de las leyendas folklóricas y los mitos urbanos que se tejen alrededor de lo que no está completamente claro o carece de un motivo ficcional clásico.
El poder de las creepypastas, los relatos anónimos o comunitarios construidos en internet tiene la capacidad de ser un mensaje hallado en una botella.
En el caso del Slenderman, al ser una entidad misteriosa con un propósito bastante obvio (enloquecer, herir, raptar o matar niños o adolescentes) y sin mucho contexto a su alrededor, sirvió para que el espectador llenara los espacios en blanco de tal manera que muchas veces se depositara a sí mismo ahí. El mejor ejemplo de esto puede ser encontrado en el documental “Beware The Slenderman” (2016, Irene Brodsky) donde se relata el ataque de dos niñas a una tercera, a la que emboscaron a cuchilladas, afortunadamente, sin provocarle la muerte. Cuando les preguntaron el móvil del crimen ellas respondieron: “Slenderman nos obligó”. Lo cual le da al mito creado por Knudsen la nada envidiable capacidad de haber saltado de las pantallas al true crime.
Pero volviendo a la mucho más saludable ficción, contamos con varias adaptaciones y obras relacionadas, como la película homónima de 2018 de Sylvain White, o los videojuegos de "Slenderman: The Lost Pages" o "Slenderman: The Arrival". Pero pocas obras han tenido la importancia de “Marble Hornets” (2009, Troy Wagner & Joseph DeLage), un pseudo-documental por partes, cuyo primer episodio fue publicado solo 10 días después del post original. Acá se cuenta la historia de un realizador audiovisual que abandona el proyecto que da nombre a la obra y desaparece misteriosamente, legándole una serie de videos al protagonista que sube a internet mientras investiga el paradero de su antiguo amigo. Acá comienza a darse cuenta de una serie de anomalías y la presencia de una entidad que parece estar persiguiendo al director y volviéndolo loco poco a poco, acechando siempre desde las sombras.

La serie está dividida en entradas donde el protagonista analiza los videos que recibió del director de la película y va desentrañando un misterio que puede acabar volviéndolo otra posible víctima. Son 87 capítulos en total y tiene la particularidad de contar con una serie alternativa (To The Ark), donde muchas veces se responden los videos subidos como un canal antagonista que esconde algunas de las respuestas. Esto, sumado a la comunidad que fue generando con el correr del tiempo, le da una cualidad de ARG (Aumented Reality Game) donde el espectador se siente parte de ese esfuerzo por revelar el enigma.
Local 58: Fin de la transmisión
Si Eric Knudsen es uno de los padres de las creepypastas, Kris Straub no se queda atrás: “Candle Cove” es una de estas historias de foro donde se habla de un programa para niños transmitido hace años del que no se tiene registro alguno, excepto en la memoria de los niños que lo vieron. Obviamente es un programa maldito que pronto comienza a reptar hacia la vida de aquellos que fueron expuestos a su señal. No es raro entonces que “Local 58” (2015) use la idea de un canal comunitario a medianoche donde empiezan a pasar cosas extrañas y hay algo que se cuela en su transmisión como heraldo de fuerzas extrañas.
La obra de Straub sigue una estructura definida: primero hay una transmisión con el nombre del canal y la grilla de horarios, después se presenta un segmento que puede ser: un programa para chicos, el reporte del tiempo, un anuncio del gobierno o un show sobre astronomía. Todos están hechos con videos y fotos de stock, con efectos libres de derechos y piezas de películas o canciones de dominio público, aunque hay algunos ejemplos originales, creados íntegramente para Local 58. Pero todo básicamente se ciñe a un mismo principio: cómo se puede alterar, mezclar y fundir conceptos ya existentes y darles la forma de una pesadilla existencial, interna y cósmica al mismo tiempo.

Hay un componente literario que se impone sobre todo lo demás. El poder de la palabra está presente de forma literal, porque el miedo se va generando con lo que uno lee en pantalla. El caso de “Containment” es uno de los mejor logrados: un institucional del gobierno que se filtra en medio de la programación. En el caso de una “derrota total de los Estados Unidos”, se insta a los ciudadanos a matar a sus seres queridos y a sí mismos para “triunfar espiritualmente aún después de ser vencidos”. Acá, la frialdad del discurso, las consecuencias terribles del mismo y la extrañeza que genera ese escenario para el que las fuerzas ocultas se preparan, son los elementos que construyen la tensión y el horror.
A pesar de su carácter de analogía, hay un hilo conductor detrás de las historias que cuenta Local 58 TV y que concluyen en el segmento más difícil de ver (Close), donde se muestra en tiempo real los últimos 30 minutos de una misión de aterrizaje sobre un cometa que orbita la Tierra. Resulta cansador, tiene momentos de una monotonía extrema, pero va incrementando la dosis de miedo hasta llegar a una conclusión que será altamente satisfactoria para cualquiera que le guste un terror raro y la ciencia ficción alucinógena.
Gemini Home Entertainment: Materiales para una pesadilla
Si existe un deudor y a la vez una vuelta de tuerca a la obra de Straub en Local 58 TV, esa tiene que ser la serie de videos educativos llamada “Gemini Home Entertainment” (2019), que sigue llenando los anaqueles de algún mundo condenado a la destrucción total hasta el día de hoy. Creado por Remy Abode, esta colección de documentales e infomerciales narra en sus diferentes segmentos la historia de un planeta Tierra que poco a poco va sucumbiendo a la interferencia de alguna forma de virus espacial, una entidad orgánica cósmica que se está tragando la galaxia.
Gemini construye su tensión con texto. Lo único que necesita para tejer la atmósfera del miedo es la información. En el primer episodio, “World’s Weirdest Animals”, un documental absolutamente inocuo, comienza hablando de unos tipos particulares de gallinas y búhos, para terminar con los “Woodcrawlers”, criaturas como garrapatas lovecraftianas que se meten en tu casa para hacer sus nidos y terminan robándote la voz. Luego, en uno de los pocos momentos de found footage de la serie, se muestra a la “Gente Falsa”, posibles infectados por las criaturas que intentan torpemente emular a un ser humano y terminan persiguiendo al desgraciado que los está filmando.
Gemini construye su tensión con texto. Lo único que necesita para tejer la atmósfera del miedo es información.
Es innegable que la influencia de Local 58 TV se puede ver a la legua, especialmente en segmentos cómo “Storm Safety Tips” o “Our Solar System” pero lejos de ser un plagio, creo que funcionan cómo buenas piezas complementarias para la mitología de Gemini y son una alternativa interesante a las de la serie "original". Son formatos similares que sirven a sus respectivos propósitos, como la idea de una firma tecnológica relacionada con la detección de tormentas (Harbinge) o la del virus espacial que está infectando a los planetas más lejanos del sistema solar en un rumbo de colisión directo con la Tierra.
El universo creado por Abode está muy bien interconectado entre los diferentes videos, donde todos tienen un concepto visto previamente o que desarrolla aún más la mitología preexistente. Es, como muchas de estas series, una que está obsesionada con dos elementos muy identificables: la nostalgia y el terror cósmico. Todo tiene una arista existencial que, en este caso, es una entidad primigenia que existe en los márgenes de nuestro sistema solar y cuyo avance es inexorable y abismal.
Y todo esto contado con gráficos y diapositivas. Aunque Gemini Home Entertainment tiene momentos donde tira toda la carne al asador, con videojuegos imaginarios, videos supuestamente encontrados o filmaciones de archivo, casi siempre se sostiene en elementos estáticos y texto fijo: el resto que lo imagine el espectador. Una mitología inmensa que va desde lo cósmico hasta una suerte de folk horror con campamento maldito incluido, la visita de extraños hombres de traje y luces que pueden llevarte a un lugar mucho peor que la muerte.
The Oldest View: Más allá de los tubos fosforescentes
Como en el caso de Eric Knudsen y su Slenderman, eso de que “una imagen vale más que mil palabras” también pasó con el culto detrás de los Backrooms. La imagen de unas oficinas amarillentas y desprovistas de cualquier tipo de presencia humana se subió en 2019 a un foro de 4chan con un texto que hablaba de un lugar a donde caías si hacías no-clip (traspasabas la realidad). Kilómetros y kilómetros de oficinas vacías generadas aleatoriamente por vaya a saber quien. Y la idea de que, si escuchas algo, es porque ese algo ya te escuchó y te vas a morir. Terrible cagazo. Pero fue finalmente Kane Parsons el que saltó a la fama con un video llamado “Backrooms: Found Footage” subido el 7 de enero de 2022 a YouTube.
El caso de Parsons y los Backrooms es más que conocido. No por nada la adaptación de A24 dirigida por el propio Parsons fue una de las películas más taquilleras de 2026. Pero el talento de este muchacho, que arrancó el proyecto con solo 16 años, puede verse claramente en su siguiente obra: “The Oldest View”, una serie de seis capítulos donde un youtuber (encarnado por el mismo director) descubre un túnel en el medio de un campo que desciende varios kilómetros por debajo de la tierra y que culmina en un… shopping abandonado. Si, es cierto, puede sonar a algo demasiado deudor del concepto liminal, pero Parsons hace algo que es muy difícil: mostrar un terror que a la vez es triste y melancólico, atado a un lugar real (El Valley View Center en Dallas) demolido finalmente en 2023, y que Parsons y sus amigos reconstruyeron usando Blender.

Acá el concepto de “terror analógico” puede resultar difuso. Pero, como en la magia de las creepypastas, Parsons busca el ayer, la resurrección de lo que ya no está, en este caso no a través de un estilo (aunque el found footage lo sea), sino de algo físico, real, un lugar como un shopping donde mucha gente volcó parte de su vida y ahora no existe sino en un mundo sepultado bajo tierra, donde nadie lo ve.
No es el terror de los monstruos o la liminalidad, sino simplemente del paso del tiempo y la sensación de que todo camina inexorablemente hacia su final y no podemos hacer nada por detenerlo.
Parsons evoca la sensibilidad del terror analógico y, a título personal, me asombra que venga de alguien tan joven. Es casi un círculo completo: un adulto obsesionado con una época que no vivió, pero que de alguna forma reconoce, sintoniza y emula esa nostalgia a la perfección. Es muy poderosa la sensación que generan los fragmentos de “Life Of A Giant” o el paseo que hace el mismo Parsons por el predio demolido del Vallew View Plaza. No es el terror de los monstruos o la liminalidad sino simplemente del paso del tiempo y la sensación de que todo camina inexorablemente hacia su final y no podemos hacer nada por detenerlo.
The Mandela Catalogue: Vendrá la muerte y tendrá forma de infomercial
Un pitido constante que se corta y da lugar a una voz monótona, maquinal, que desarrolla una serie de advertencias para el público en general. Filtro de VHS, caras que rompen el valle de lo inquietante, cortes de transmisión para disparar algún flash tétrico al espectador, voces que se deforman, mensajes simpáticos y buena onda que rompen por completo la atmósfera. Esos son algunos de los ingredientes que hacen que “The Mandela Catalogue” (2021, Alex Kister) se haya vuelto no solo un fenómeno de internet a lo largo de todas las redes sociales, sino también el fundador de un tipo de terror (después replicado hasta el hartazgo, pero que todavía funciona muy bien).
Todo comienza con una parodia tétrica del anunciamiento donde una versión monstruosa del ángel Gabriel se les aparece a unos pastores con un mensaje ominoso. Lo mismo sucede cuando unas dolientes visitan la tumba de Jesús y se encuentran con una visión del Mesías absolutamente tétrica. Este es un punto de inflexión de la historia humana, la llegada de unas entidades llamadas “Alternates” que, como todo buen Doppelgänger, no solo reemplazan a los originales sino que los llevan a la muerte a través de trampas y torturas mentales preparadas para destruirlos psicológicamente.
Obviamente, buena parte de la obra de Kister está hecha en found footage, pero el grueso de la atmósfera se logra a través de imágenes estáticas, ya sea en representaciones de llamadas, anuncios al público, recolección de evidencias y otros tipos de registros. Se cuenta con información muy limitada y no se especifica cómo es la forma en la que nos llega, manteniendo de esta forma un misterio del que solo se nos revela lo justo y suficiente. Por ejemplo, una de las cosas que más separa "The Mandela Catalogue" del resto de las obras citadas es el uso de películas infantiles católicas para contarnos la mitología de este mundo donde parece haber, desde poco tiempo después de la creación, la amenaza de entidades que se infiltran entre nosotros para destruirnos y reemplazarnos.
Además, hay una constante manipulación del espectador que puede ser en parte por la capacidad de los Alternates de corromper cualquier tipo de sistema, sea un televisor, una radio o un GPS, o porque directamente hay una decisión desde el poder de dejar que las cosas sigan su curso (con videos oficiales donde se recomienda no intervenir ante una llamada de auxilio). Con el paso de los ocho capítulos que componen la serie vemos un uso absolutamente minimalista de imágenes y sonidos que en ningún momento flaquea en shockear con escenas, como la de una madre ahorcándose cuando ve a su hijo desaparecido de la cuna o la de un tipo volándose los sesos frente a un Alternate que no para de golpear la puerta de su habitación. Todo hecho con muy poco y logrando mucho. Inteligencia al servicio de la imaginación y el trauma.
En resumen
Como dijimos al principio, esta no es una guía definitiva ni mucho menos. Es un acercamiento a un género que ha captado el ojo de Hollywood y hasta que lo termine corrompiendo, podremos vivirlo en su formato original, puro, intocable. Algunos otros casos, por ejemplo, son los de “Fake Documentary Q” (2021, Daichi Minaguchi), que son distintos segmentos de horror japonés, como su nombre indica, emulando un documental, que van desde la imposible desaparición de una mujer hasta una cinta maldita perdida en los anaqueles de un videoclub que mata a quien la mira. También podemos encontrar cosas como “Samosbor”, terror soviético ambientado en un “Gigakhrushchyovka” (un edificio infinito) con fuertes influencias de creepypastas, como los del SCP Foundation.
Y aunque el monstruoso y aberrante ojo de Hollywood esté puesto sobre el género después del éxito que suscitó la película de Backrooms de Kane Parsons, se puede bucear con calma en estas aguas oscuras, durante largo tiempo, encontrando más y más joyas ocultas. Se pasarán de boca en boca, se construirán comunidades y se propagarán, como virus que vienen de más allá del espacio. Solo se requiere un poco de imaginación y un poco de locura. Las semillas yacen en lo profundo de internet. Mientras quede algo humano, florecerán cosas tan maravillosas como terribles.
Las notas de 421 no tienen paywall
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.