Qué es la Neorreacción: De Silicon Valley a Latinoamérica
¿Una filosofía o un meme? Genealogía del auge autoritario que une Silicon Valley, paleolibertarismo y poder en América Latina.
¿Una filosofía o un meme? Genealogía del auge autoritario que une Silicon Valley, paleolibertarismo y poder en América Latina.
Ya vamos veinticinco años desde el 2001. El fenómeno Trump, que se suponía que era un error en la Matrix, ya lleva diez años en el centro de la política global. Los memes de “se terminó el siglo XX” están dejando de tener gracia. Nuestro presente tiene un espesor propio, reconocible: su propia cultura, su propia política, sus propios afectos de época. Necesita, también, sus propias categorías. Nadie puede decir que “nada ha cambiado”: el lenguaje que usábamos hace un par de décadas ya no sirve, no describe, no nombra lo que pasa. Peter Thiel se mudó a la vuelta de tu casa, tus hijos saben qué quiere decir “anarcocapitalismo” y el hombre más rico del mundo negocia mano a mano con el presidente de Estados Unidos.
En este texto queremos aportar un grano de arena a la clasificación de los nuevos conceptos políticos de nuestro presente. Vamos a hacerlo intentando mapear un área del pensamiento contemporáneo, algo que antes se llamó “nueva derecha” o “alt-right” y hoy aparece bajo los nombres de “paleolibertarismo”, “ilustración oscura” o “Neorreacción”. En su excelente artículo sobre Curtis Yarvin, quizás el padre de este movimiento, Juan Ruocco cuestionó este último término por, básicamente, marketinero. Lo es: por eso mismo lo usamos.
Pero, ¿qué es la Neorreacción? ¿Una ideología, un meme, una filosofía política clásica como el comunismo o el liberalismo, un movimiento político con actores institucionales? Un poco de todo. Veámoslo.
Para empezar, conviene ir atrás en el tiempo. Si hay una “nueva” reacción, es porque hay una política reaccionaria que tiene su historia. Sin embargo, no parece haber personas que se identifiquen como “reaccionarios”, como sí hay socialistas, fascistas, conservadores, etcétera. Se trata precisamente de esto: de un espacio, en el costado derecho del arco político, que hasta ahora parecía no tener un nombre propio.
En la división clásica, hay liberales y conservadores. Los primeros pondrán el énfasis en la autonomía de los individuos y el ejercicio de las libertades personales, que suelen estar asociados con un retiro del Estado y una amplificación de las capacidades del mercado. Los segundos ponen el foco en una perspectiva centrada en el orden social, sostenido por una serie de instituciones tradicionales. A priori parece que estas tradiciones son fundamentalmente incompatibles.
¿Qué es la Neorreacción? ¿Una ideología, un meme, una filosofía política clásica como el comunismo o el liberalismo, un movimiento político con actores institucionales? Un poco de todo.
La Neorreacción es la última de una serie de intervenciones ideológicas que vienen a negar esa incompatibilidad, y a plantear que orden y libertad no se oponen, sino que se necesitan mutuamente. Y que esta contradicción no debe resolverse pagando el precio de moderar ambas posturas para encontrar un punto de encuentro, sino que se puede radicalizar las tendencias libertarias y autoritarias al mismo tiempo.
Genealógicamente, este movimiento emerge como parte de la tradición de pensamiento libertario. El libertarismo siempre fue un pensamiento hereje, periférico, excluido, sobre todo en los años dorados del Estado de Bienestar. En ese marco, distintos sectores antiestatistas, como los primeros neoliberales, generaron espacios de resistencia ideológica en tiempos de vacas flacas. Los más radicales de estos ámbitos fueron decantando en un movimiento libertario, con distintas vertientes, como los anarcocapitalistas y los paleolibertarios.
Con estos últimos, la cosa se pone interesante. Figuras como Murray Rothbard o Hans-Herman Hoppe comenzaron a intuir, en los años ochenta, que se podía forjar una idea de libertad radical que fuera perfectamente compatible con el conservadurismo social. Lo importante era que la retirada del Estado no implica necesariamente una retirada paralela de instituciones como la familia, que pueden (y tienden a) sostener patrones morales rígidos. Al mismo tiempo, la reducción del aparato estatal a su función bélica exacerba el autoritarismo “en última instancia”. De este modo, propiedad privada, orden y tradición serían las bases de un nuevo modelo político. Lo que no es requerido para este modelo es la democracia. Al menos no como la imaginábamos.
La sociedad que imagina el paleolibertarismo no es demasiado distinta a otras concepciones reaccionarias, incluido el fascismo. (Véase el libro de Alberto Toscano, Fascismo Tardío, que revela las conexiones secretas entre el pensamiento fascista y la tradición liberal). Sin embargo, lo que distingue a aquel caso de otros es el énfasis en la dimensión “racial”, que no está presente en otros casos. Podemos decir que son todos casos específicos de una única tradición reaccionaria que, hoy, tiene una nueva oleada.
Propiedad privada, orden y tradición serían las bases de un nuevo modelo político. Lo que no es requerido para este modelo es la democracia.
Ahora bien, ¿cómo surge esta nueva oleada? Puede servir dividirlo en dos aportes: por un lado, la emergencia de un pensamiento neorreaccionario, bajo las condiciones ideológicas del siglo XXI. Por otro lado, la emergencia de una política neorreaccionaria, con el andamiaje institucional disponible en el presente.
Algo que es imprescindible destacar de este pensamiento reaccionario es su carácter herético, sacrílego. En todo momento, constituye una periferia prohibida del pensamiento oficial, y su genealogía da cuenta de eso: de alguna forma, está construido con los retazos ideológicos que se van recortando de otros movimientos de derecha. Otro componente clave es su ubicación geográfica: podríamos decir que es un pensamiento atlántico. Si la nueva ola reaccionaria nace claramente en Estados Unidos, y porta la herencia de toda la tradición filosófica yanki, va a viajar a Europa para encontrarse con otras formaciones ideológicas conservadoras y soberanistas.
Dos de sus principales teorizadores, Curtis Yarvin y Nick Land, representan ambas costas: la estadounidense y la británica, respectivamente. No es extraño que estos sean los padres del movimiento: Ruocco caracteriza sus filosofías como una orientada a una definición del poder (Yarvin) y otra preocupada por la caracterización del capital (Land). A fin de cuentas, la propuesta neorreaccionaria es responder a las problemáticas clásicas de la política, las preguntas por la obediencia, el orden, la libertad, la igualdad, a través de un modelo de pensamiento que identifica al poder con el capital.
Como dijimos previamente, hay una tensión en la derecha entre quienes prefieren hacer prevalecer el orden social, lo que requiere ciertas imposiciones top-down que clásicamente ejerce el Estado (a través de instituciones educativas, sanitarias, propagandísticas, etcétera) y quienes favorecen el laissez-faire y la libre circulación de los bienes y las personas a través de los circuitos del mercado. Ambos coinciden en que la prioridad está puesta sobre la propiedad privada, pero para los primeros se trata de protegerla y para los segundos de acumularla.
La propuesta neorreaccionaria es responder a las problemáticas clásicas de la política a través de un modelo de pensamiento que identifica al poder con el capital.
Lo que viene a decir el pensamiento reaccionario es que esa contradicción entre Estado y mercado es vetusta. El Estado afronta una crisis de su soberanía, al menos en su versión republicana, que no tiene vuelta atrás, y el mercado no es siempre el mejor vehículo para la acumulación capitalista. Los que mejor comprendieron esto son los aceleracionistas de derecha, con Land a la cabeza: la lección que aprendieron de la revolución conservadora de los ochenta es que, liberando las fuerzas del capital de sus ataduras, se puede producir un fuerte sacudón de las relaciones sociales que, sin embargo, deja intactas las relaciones de propiedad y, al final, refuerza los valores tradicionales.
La Neorreacción nace, así, de este último encuentro entre paleolibertarios y aceleracionistas, los dos movimientos ideológicos más oscurantistas del presente (no por nada el texto clásico de Land se llama La Ilustración Oscura). Lo que aportan estos últimos es una visión cibernética de la tecnología que le terminó de dar al movimiento su especificidad de época (forzando una identificación de la Nrx con el mundo cripto, por ejemplo). Así, la gubernamentalidad que conciben los nuevos reaccionarios no es un autoritarismo estatal, sino un autoritarismo de mercado: un orden en el que la democracia debe ser, si no abandonada, reconvertida a un modelo accionario empresarial; y la esfera pública, eliminada y reemplazada por un conjunto de órdenes privados.
Poco importan los modelos específicos, como el “neocameralismo” planteado por Yarvin, el startupismo de Thiel o el seasteading de Quirk y Friedman. La Neorreacción está en todos lados, y se caracteriza por una noción troncal: la de que es necesario producir un nuevo orden social mucho más fragmentario, en el que las únicas instituciones que prevalezcan sean las que aseguran una rígida unidad de valores morales y el intercambio comercial. Fuera de eso, ninguna igualdad debe ser reconocida y ninguna libertad debe ser respetada más que por la imposición forzosa.
La Neorreacción nace, así, de este último encuentro entre paleolibertarios y aceleracionistas, los dos movimientos ideológicos más oscurantistas del presente.
Pero abandonemos la genealogía ideológica: ¿cómo se construye un proyecto de poder reaccionario? Por su misma estructura, el movimiento debe ser doble: por un lado, el poder empresarial del tecnocapital; por otro, el poder político para enfrentar a la Catedral.
Si de algo se trata la Neorreacción es de ocupar distintos frentes de sentido en la disputa política contemporánea. Entre esos frentes lo tecnológico y su relación con lo político es uno donde construyen el horizonte de libertad (¿absoluta?) para el capital. La mentalidad “startupera” y nerd de tantos ingenieros de Silicon Valley se condensa en tipos de empresas modelo que caminan hacia el futurismo reaccionario. Tomemos como ejemplo el modelo de Palantir del ya nombrado Peter Thiel.
De un día para el otro descubrimos que la narrativa del universo del Señor de los Anillos, tal vez la más célebre fantasía medieval, servía como vocabulario político al servicio no solo una corriente que se denomina reaccionaria sino que además disfruta las mieles del poder tecnocrático en ascenso, a escala mundial. Siguiendo el mismo imaginario, podríamos pensar que la maquinaria y la industria de guerra de los servidores de Sauron se parecerían bastante más a las aspiraciones de vigilancia y control total de Palantir Technologies y sus CEOs, antes que ser ellos de los “buenos servidores de la luz” que destruyen el Anillo de Poder.
Palantir Technologies surgió como respuesta directa a los atentados del 11 de septiembre. Creada en 2003 con el respaldo financiero de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo de la CIA, su propósito fundacional fue asistir al aparato de inteligencia estatal: integrando enormes volúmenes de datos dispersos para convertirlos en información procesable para las agencias de seguridad de Estados Unidos. Esta empresa fue cofundada por él multimillonario e ideólogo Peter Thiel, con el filósofo discípulo de J. Habermas, Alex Karp, entre otros secuaces. Hoy en día, ese mismo propósito llevó a esa proyección tecnopolítica a una escala global.
Palantir se está integrando en los sistemas nerviosos de muchos Estados a lo largo de Occidente: servicios de salud y sistemas de bienestar social, fuerzas policiales y agencias fronterizas, ejércitos y redes de inteligencia. Es más, son los principales promotores de tener control y desarrollo de los “enjambres de armas autónomas”. Bajo esta orientación tecnopolítica, Palantir se ha transformado en un verdadero proyecto geopolítico: una empresa privada dotada de ambiciones expansivas y de la infraestructura tecnológica necesaria para ejecutarlas.
Palantir se ha transformado en un verdadero proyecto geopolítico: una empresa privada dotada de ambiciones expansivas y de la infraestructura tecnológica necesaria para ejecutarlas.
Pero no tienen todo resuelto, de alguna manera algo del viejo siglo XX le sigue conviniendo, incluso hablar en defensa de los valores democráticos (aunque sea considera prescindible) les hace seguir comiendo del financiamiento estatal. Dicho de otro modo, de la estatalidad no pueden prescindir del todo nunca, pues su materia prima son los datos de las ciudadanía. Pero el sintagma democracia les sigue siendo útil para hablar en términos de su defensa militarizada, y sobre todo del “mundo libre”. Y acá tenemos una paradoja estructural: Thiel es de los que cree que democracia y libertad no son compatibles, y en todo caso, Gobierno-Tecnología-Capital es la alianza fundamental que permitirá garantizar la hegemonía de Estados Unidos a lo largo de Occidente. Dicho en criollo, la Neorreacción es el marco ideológico de estos magnates tecnofeudalistas o tecnofascistas.
Por más fascinación que genera el nuevo populismo tecnocrático de la IA (como único horizonte de posibilidad para nuestro futuro), las fórmulas del viejo mundo no dejan de estar implicadas en el proyecto reactivo de las distintas dinastías de la ultraderecha internacional. Lo que está cambiando son los componentes, y la alquimia se convierte en ciencia experimental.
Como planteamos en otras ocasiones, había algo del proyecto mileísta que funcionaba tanto como acelerador de los procesos de transformación ideológica y como plataforma de experimentación geopolítica. Hay una suerte de parche de actualización en la ultraderecha, que se tecnifica en el peor sentido posible: entrega total y sin sentido al capital. El evidente éxito de su gobierno reside en eso.
Había algo del proyecto mileísta que funcionaba tanto como acelerador de los procesos de transformación ideológica y como plataforma de experimentación geopolítica.
Esos movimientos reaccionarios que en la previa de la pandemia crecieron y se institucionalizaron con más o menos margen de éxito en Europa, hoy parecerían no ser tan efectivos ni tan exitosos (al menos por el momento) frente al avance del frente "oscuro" de los ultraderechistas. El proyecto de largo aliento de Orbán en Hungría fue suplantado por un liberaloide tecnofinanciero. Le Pen quedó excluida del juego de la democracia y aun así tiene sus anticuerpos desarrollados para renegar de las líneas más "posthumanas" en las filas de la ultraderecha. Incluso la "distinta" en el viejo continente, Giorgia Meloni, muestra músculo frente al atlantismo de Trump y simula ambigüedades ideológicas para mantener el orden europeísta. La AfD en Alemania, aún resuena con consignas que hacen reminiscencia al viejo nacional socialismo ultra germanico, pero pareciera estar apenas contenido por el “cordón sanitario” de la democracia europea. A fin de cuentas, ese ultraderechismo 1.0 parece entrar en fase de actualización, y encuentra en Latinoamérica una fase de prueba acorde al expansionismo del frente tecnológico de los fascistas contemporáneos. No se trata que dejen de existir en Europa o que dejen de triunfar, solo que la fórmula del nacionalismo expulsivo no sería suficiente para convocar a su propia población.
Llegó "el Tigre" Espriella a la victoria electoral en Colombia, con una retórica y agenda política semejante a la del "León" Javier Milei. Kast se instala en el viejo laboratorio del neoliberalismo latinoamericano con fuerza para hacerle frente con crueldad a cientos de migrantes latinoamericanos. Ni hablar de Bukele en El Salvador, ensayando una fórmula extraña y novedosa de autoritarismo securitario. La hija del viejo dictador, Keiko Fujimori terminó ganando con un último aliento en Perú.
Algo huele mal en Latinoamérica: el experimento funcionó y se está poniendo en fase de implementación. Lo que nació en Europa se viene a nuestro continente con fuerza.
Algo huele mal en Latinoamérica: el experimento funcionó y se está poniendo en fase de implementación. Lo que nació en Europa se viene a nuestro continente con fuerza. No nos hagamos los boludos con esto: antes de instalarse con éxito del todo en nuestra región, gran parte del leitmotiv reaccionario se estaba cocinando en Estados Unidos, que no solo pusieron a Trump como presidente (otra vez), sino que además siguen demostrando ser los peores después del Imperio Británico. Basta con observar el nivel de movilización de los supremacistas blancos el último 4 de julio, a solo 250 años de la fundación de ese país con delirios expansionistas.
Tenemos, así, una posible estructura ideológica y política del movimiento reaccionario. Desde sus orígenes, aparece como un movimiento interno a ese campo abstracto que llamamos “la derecha”, donde se va desmarcando de la ortodoxia: contra los liberales, ofrece un pensamiento orientado al orden y la cohesión social rígida; contra los conservadores, no es nostálgica ni busca restaurar un pasado perdido sino construir un futuro.
Así, una serie de tradiciones políticas (libertarios, anarcocapitalistas, paleolibertarios, neoconservadores) van decantando en un nuevo movimiento. Y ese movimiento encuentra en algunas figuras salientes de Silicon Valley y de la filosofía académica europea un camino para convertirse en alternativa. Sólo le falta un enemigo: la hegemonía de una cultura progresista o woke en la segunda década del siglo XXI se lo proveerá. Si la Neorreacción existe, es esto: el resultado de un reacomodo ideológico y político fundamental en el siglo XXI que tiene en Javier Milei, uno de sus referentes indiscutidos. Lo que eso significa para Argentina y el mundo está por verse, pero el partido que jugamos de local tendrá efectos muy lejos de nuestras fronteras.