Neurocuentismos: No somos solamente nuestro cerebro
La neurociencia reduce la complejidad humana al cerebro. Los riesgos para la salud mental.
La neurociencia reduce la complejidad humana al cerebro. Los riesgos para la salud mental.
A fines de 2016 el gobierno macrista empezaba a desplegar toda su potencia retórica, mixturando coaching ontológico, respiración consciente del Ravi Shankar y esa suntuosa novedad científica que poco a poco iba ganando terreno global, constituyéndose como un discurso sin exterioridad: las neurociencias. La política pública en salud y educación celebraba con globos amarillos la creación de “Polos de neurociencias” en reemplazo semántico a los hospitales psiquiátricos de la CABA, u organizaba jornadas masivas en Tecnópolis bajo el lema “El cerebro va a la escuela” o “Cerebrar la salud mental”.
Fue en ese contexto que me interesó y preocupó el fenómeno, en especial por sus efectos en las prácticas clínicas, en el campo de la salud mental y en los modos más amplios de pensarnos. En esos años y junto al profesor José A. Castorina compilamos Neurocientismo o salud mental (2019). Desde entonces la tendencia a explicar la experiencia humana en términos exclusivamente cerebrales no ha cesado sino más bien perfeccionado, sirviendo de basamento “científico” para diversos experimentos sociales, neologismos en boga y modas tecnológicas.
La tendencia a explicar la experiencia humana en términos exclusivamente cerebrales no ha cesado sino más bien perfeccionado, sirviendo de basamento “científico” para diversos experimentos sociales.
En este texto vamos a desarrollar brevemente las cuestiones fundamentales acerca del neurocientismo, dando lugar a problemas que en ese entonces y al menos para mí eran lisa y llanamente impensables: tecnologías ligadas a la cognición, la lucha por la atención, el posthumanismo o el cerebralismo artificial. Me interesa un intento de articulación y discusión interdisciplinaria que permita un avive respecto a los peligros de tomarnos a la ligera la cuestión cerebral.
Lo subjetivo desaparece detrás de lo cognitivo, lo cognitivo se reduce a lo cerebral. Si todo lo plausible de ser explicado, diagnosticado e intervenido remite a ese alma secular neurontológica, ¿somos nuestro cerebro? Un último secuestro: el de tu estado de ánimo.

Cerebral, mental, cognitivo, psicológico y subjetivo suelen utilizarse como sinónimos, aunque remiten a tradiciones teóricas diversas y muchas veces inconmensurables. Son categorías o dimensiones de análisis de distinto orden. Una consecuencia poco advertida del neurocientismo es la desaparición de problemas psicológicos o subjetivos bajo un nuevo vocabulario. La cuestión no es meramente terminológica, dado que los conceptos son condición de posibilidad pero también restringen la formulación de determinados problemas.
Para ordenar los tantos: el cerebro es un órgano, lo cerebral es un recorte (por ejemplo neurológico), la cognición refiere a ciertas funciones que incluyen pero exceden lo cerebral, la subjetividad designa modos históricos y relacionales de existencia; y la mente, lo psíquico o lo anímico son constructos psi, provenientes de ciencias humanas aledañas o de antiquísimos problemas filosóficos. Este ordenamiento es perfectible, pero la intención es señalar que no estamos hablando ni por asomo de lo mismo.
Además del cerebro, sin corazón (el órgano, no su romantización) también es improbable pensamiento, lenguaje, emociones, etc. Por lo mismo, cuando decimos que alguien es una persona de buen corazón nadie supone que estamos elogiando un órgano que bombea. Hablamos de una forma de estar en el mundo.
Las neurociencias han conquistado un prestigio difícil de igualar. Las imágenes de resonancia cual espejo de nuestra interioridad, los mapas neuronales como cartografías de nuestras ideas y las promesas de intervención definitiva, no sólo en la conducta sino sobre nuestras almas: sueño pre-cartesiano de aprehensión total de nuestra esencia.
El problema comienza cuando una condición necesaria se transforma en una explicación suficiente: que no exista pensamiento, emoción, sentimiento, conducta o afecto sin cerebro no implica que toda la vida psicológica/mental/anímica encuentre su explicación última en lo cerebral. Todavía estamos en el terreno de lo obvio y del sentido común. Pero sucede que el brillo de la totalización científica nos encandila haciéndonos retroceder en nuestra aproximación a lo real.
Que no exista pensamiento, emoción, sentimiento, conducta o afecto sin cerebro no implica que toda la vida psicológica/mental/anímica encuentre su explicación última en lo cerebral.
A este desplazamiento lo podemos denominar neurocientismo, y al decir esto no estamos impugnando a las neurociencias en su conjunto (sus aportes y derivaciones clínicas) sino su aplicacionismo: trasladar hallazgos neurobiológicos hacia cualquier dominio de la vida social, educativa, política o sanitaria, como si las mediaciones históricas, institucionales y clínicas fueran obstáculos secundarios a eliminar.
Ejemplos de aplicacionismo:
-El reflejo condicionado que se le produce al famoso perro de Pavlov como modelo para educar o criar a un niño.
-Los postulados de Darwin sobre la evolución como fundamentación de la dominación y expoliación (darwinismo social).
-El hallazgo aislado de determinada respuesta en un neurotransmisor como explicación última de un fenómeno harto complejo como la depresión.
-Que al sentir placer se active determinada zona de la corteza cerebral y que por ello se concluya que el goce tiene una ubicación/localización precisa y eventualmente estimulable.
-O cuando lo absurdo se fusiona con lo cruel: aplicacionista sería explicar la guillotina pura y exclusivamente por las leyes de la gravedad de Newton.
Mediante intencionales confusiones conceptuales y apoyándose en un reduccionismo ontológico-explicativo, una buena parte del canon neurocientífico se arroga la potestad de intervenir hegemónicamente en el campo de salud mental, al tiempo que invalida todo otro abordaje, subalternizándolo cual si se tratara de piezas de museo o técnicas oscurantistas.
Resuena el clásico planteo de Adorno y Horkheimer respecto al absolutismo científico, tendencia en la cual la ciencia deja de explicarse a sí misma para mostrarse, discursivamente, más bien como un dogma de fe. Su formación reactiva la encontramos, por ejemplo, en los movimientos terraplanistas (el anímico incluido), que en su nihilismo paranoide rechazan dicho absolutismo.
Se afirma que el cerebro decide, aprende, ama o se equivoca, y esto lo dice cualquiera que va caminando por la calle; pero también cualquier investigador en neurociencias de máximo prestigio académico, dando cuenta que no estamos ante la simple vulgarización de un corpus sino del sentido común cerebral funcionando como marco epistémico de muchos neurocientistas. Monos con neuronavajas.

En nuestro grandioso país expresiones tales como “está mal del bocho”, “tiene la cabeza quemada”, “la mente te engaña” o “te traicionó el inconsciente” forman parte de nuestro lenguaje. La diferencia de estas expresiones con lo propiamente cerebral es que la tecnociencia contemporánea tiene un corpus teórico-especulativo y empírico (neuroimágenes, mapeos cerebrales, etc.) que hacen que la realidad científica sea más desmesurada que la ficción popular: sí, sería posible para el neurocientismo afirmar, ya no como metáfora o eufemismo, que fue por determinado acontecimiento cerebral que rendiste mal un examen, o que tu tristeza puede traslucirse en tal o cual activación neuronal.
Es eso que León XIV acaba de nombrar con picardía psi como “síndrome de Babel”, la pretensión de un lenguaje único capaz de traducirlo todo. El neurocientismo (o neurocuentismo) constituye una de las expresiones contemporáneas de este peligroso delirio de grandeza.
Desde principios de este milenio es el sujeto cerebral, por lejos, el modo de subjetivación con mayor hegemonía. Si el sujeto remite a su cerebro, la tecnología ya no es estrictamente psicológica o cognitiva sino neuroquímica: un “yo-cerebral”. La operación parece demasiado sutil, pero veremos que no lo es.
Referimos a la tendencia a fundamentar en el cerebro a la identidad, las emociones e incluso el sufrimiento. Lejos de considerar que esta visión surge únicamente de los avances de las neurociencias, cabe pensarlo más bien como una construcción histórica y social más amplia que ha favorecido una creciente neurologización de la experiencia posmoderna. En esto se basan las continuaciones foucaultianas de Nikolas Rose o los aportes de Ortega y Vidal. Por ello no estamos hablando de un descubrimiento científico concreto sino de una epistemología acerca de lo humano.
Si durante casi todo el siglo XX la vida subjetiva era interpretada a través de categorías psicológicas (personalidad, inconsciente, cognición, conflictos internos o traumas), en las últimas dos décadas se observa una creciente tendencia a describirnos exclusiva e incuestionablemente a partir de referencias al cerebro, la neuroplasticidad o los neurotransmisores.
El cerebro deja de ser simplemente un objeto de estudio para transformarse en una especie de núcleo identitario, de la mano de neuroinfluencers, publicación de bestsellers donde el prefijo neuro- se le añade a prácticamente todo y, obviamente, el complejo fármaco-industrial que venía a la baja por el agotamiento de la psiquiatría moderna.
La subjetivación cerebral se sostiene sobre presupuestos filosóficos de carácter naturalista y reduccionista que tienden a ignorar la complejidad de la experiencia humana. Reducir el sufrimiento, los deseos o las decisiones al funcionamiento cerebral implica desconocer el papel constitutivo de los vínculos sociales, las condiciones materiales de existencia y las trayectorias biográficas. Incluso, paradójicamente, el cerebro termina eliminando al cuerpo que lo soporta.
Todo esto suena obvio desde cierta cosmovisión, y desde ya resulta fácil enunciarlo pero muy difícil comprenderlo y mucho más aún experimentarlo. ¿Qué quiere alguien que no le encuentra la vuelta a su situación sino una solución rápida? ¿Garpa más un arduo ejercicio espiritual o una certeza proveniente de la más sofisticada objetividad tecnológica? ¿Seduce la invitación a narrar la propia historia cuando se nos muestra un mapeo de nuestro cerebro-alma que nos señala el locus exacto de nuestro trauma?
Reducir el sufrimiento, los deseos o las decisiones al funcionamiento cerebral implica desconocer el papel constitutivo de los vínculos sociales, las condiciones materiales de existencia y las trayectorias biográficas.
Para colmo, dicho modo de subjetivación no se limita a escenarios clínicos. La proliferación de discursos sobre la optimización cerebral, el entrenamiento cognitivo, el rendimiento personal o el fortalecimiento de capacidades neuronales expresa la aparición de nuevas formas de gobierno de sí. Estas prácticas o neuroascesis promueven una ética de la automejora permanente que presenta el desarrollo cerebral como condición para alcanzar el éxito, la productividad o el bienestar.
Y aquí es cuando el cerebro, con muchas más ventajas comparativas respecto a la cognición, la mente, la psique o el espíritu, aparece como la unidad definitiva para la optimización, dado que es cuantificable y mapeable en tiempo real: se concreta la ilusión de poder superar, transparentar, el problema de la interioridad como aquello que resiste a la comprensión. La subjetividad sin misterios, toda visible e impresa en tiempo real. Una Polaroid cerebral del alma.
Nada más psicópata que un sujeto cerebral. El neurocientismo resulta especialmente compatible con la subjetivación neoliberal porque ofrece una imagen del individuo como entidad autónoma, transparente, mejorable y responsable de administrar su propio capital biológico. Ni vigilar ni castigar, sino mapear y optimizar en clave aspiracional: “ese cerebro que queremos y debemos ser”.
Dice alguien con título de psicóloga:
Tu sistema digestivo y nervioso están en comunicación bidireccional permanente. Una salud metabólica óptima, influenciada por lo que comés, es necesaria para la correcta regulación de las emociones y para mantener niveles bajos de estrés. Para que tu cerebro cree nuevas conexiones (neuroplasticidad) y puedas aprender nuevas herramientas en terapia, necesitás una proteína llamada BDNF. Las intervenciones que combinan ejercicio y nutrición saludable potencian la producción de este "fertilizante" neuronal.
La neuromitología subyacente (o en términos freudianos, teoría sexual infantil) a esta publicidad vía Instagram es la del estómago/intestino como “segundo cerebro”. Se razona literalmente que tenemos un sistema nervioso metido en el tubo digestivo, debido a que el mismo:
-Posee su propia red neuronal (sistema nervioso entérico, con 500 millones de neuronas, mucho más que en la médula espinal), que controla la digestión, contracciones y secreciones “sin que el cerebro dé una orden”;
-Produce dopamina y fabrica sus neurotransmisores, dado que el 90% de la Serotonina (gran novela de Houellebecq) del cuerpo se produce en el intestino, regulando el ánimo, sueño y apetito;
-“Habla” directo con el cerebro a través del nervio vago que es el “cable de fibra óptica” entre los dos y, ¡por eso!, cuando estás nervioso te da “mariposas”;
-Tiene “memoria”, ya que si algo te cayó mal, el intestino lo registra.
Pero luego es la misma IA (de donde extraje esta enumeración) la que se ataja:
la frase “segundo cerebro” es un poco exagerada, porque no piensa ni razona. Pero captura bien que el intestino no es un tubo pasivo: toma decisiones, produce químicos cerebrales y le avisa al cerebro cómo estás.

Este ejemplo de aplicacionismo neurocerebral se enmarca en una antiquísima tradición, no de psicologización del cuerpo (reduccionismo “psicosomático”) sino más bien de biologización del ánimo, que resulta atractiva si del otro lado hay sujetos cerebrales.
Recordemos la concepción antigua del “útero migrante” (del griego hystera) como explicación del estado anímico femenino, que para finales del Siglo XIX se transmutó en la nosografía psiquiátrica de histeria y que luego las pacientes de Freud se encargaron de rectificar/dignificar saliendo de la misoginia esotérico-biologicista. Este intestino como segundo cerebro, publicidad claramente orientada a mujeres, atrasa casi 150 años de lucha anímico-feminista.
Nada más psicópata que un sujeto cerebral. El neurocientismo resulta especialmente compatible con la subjetivación neoliberal porque ofrece una imagen del individuo como entidad autónoma.
Como reverso, es usual la imputación positivista al psicoanálisis respecto a la no “localización cerebral” del inconsciente. Esta confusión, explotada por algunos anglosajones en menjunjes tales como el “neuropsicoanálisis”, no admite que existe una dimensión de lo anímico que se resiste a ser fijada y que, como las palabras, está siempre en fuga.
Respecto a la equivocación de homologar psiquismo a cabeza, Lacan solía contestar que su inconsciente estaba en sus pies:
Pensamos que pensamos con nuestros cerebros, pero yo particularmente pienso con mis pies. Esa es la única forma que me permite entrar en contacto con algo sólido.
Desde la filosofía analítica, Wittgenstein rechazó que se pueda atribuir al cerebro funciones psicológicas, ya que “sólo de un ser humano (…) se puede decir: tiene sensaciones, ve o es ciego; escucha o no; es consciente o inconsciente”. En una perspectiva fenomenológica, Ricoeur insistió en que no es legítimo pasar de un discurso sobre neuronas y sus conexiones sistémicas a otro sobre pensamientos, acciones o sentimientos, vinculados a un cuerpo con el que estamos en una relación de pertenencia: se trata de un error categorial.
Así, el insistente problema mente-cuerpo se sostiene en un sesgo originario, que es suponer que lo humano se compone de un cuerpo y una mente de naturaleza radicalmente diferente. Sin embargo, se consideran equivalentes conceptos que tienen propiedades lógicas diversas: la mente se convierte en una entidad misteriosa y enigmática, alejada del cuerpo que habita pero unida íntimamente a él.
Al atribuir erróneamente propiedades mentales al cerebro surgirán enunciados tales como que “el cerebro tiene angustia” o “es esencialmente social y colaborativo”. Afirmaciones que, aunque literalmente sin sentido, implican efectos performativos en prácticas concretas.
En los términos de la lógica actual, un argumento es falaz si contraviene algunos de los principios de claridad, relevancia y suficiencia, y una de sus modalidades es la falacia mereológica (del griego meros, “parte”): una inferencia que atribuye a la parte (el funcionamiento cerebral) los atributos aplicables a un todo (la actividad intencional o la relación con el mundo simbólico).
Las neurociencias pueden investigar las condiciones neuronales de las vicisitudes de la vida anímica; o descubrir las pre-condiciones neuronales que hacen posible la actividad de pensar y articular la imaginación. Incluso, están capacitadas para establecer correlaciones, muy relevantes, entre los fenómenos neuronales y el ejercicio de las funciones psíquicas, o entre el trastorno biológico y anormalidades en las funciones mentales.
El insistente problema mente-cuerpo se sostiene en un sesgo originario, que es suponer que lo humano se compone de un cuerpo y una mente de naturaleza radicalmente diferente.
La actividad cerebral es concomitante de la actividad subjetiva, e involucra relaciones con los objetos o los sistemas simbólicos de naturaleza socio-histórica, así como intencionalidad individual y social. Pero no se puede atribuir al cerebro los predicados psicológicos, ni afirmar que alguien “está enfermo del cerebro”, a no ser que remitamos pura y exclusivamente a un problema descrito por la neurología.
Estas retóricas contemporáneas operan como formas prepsicológicas de autoexaminación. Son la cúspide de la pirámide cientificista que elimina precisamente toda la base de mediaciones elementales que el saber psi supo formular. Mencionemos algunas:
-Existe una psicología general con una diversidad de autores preocupados por situar una epistemología de las emociones, los sentimientos, las funciones psicológicas superiores, etc.
-Freud recurrió a metáforas bioenergéticas y fisiológicas para producir un modelo de psiquismo: partió de la neurología (su profesión de origen) hacia una conceptualización metapsicológica que le permitiera operar clínicamente allí donde la medicina fracasaba al triunfar.
-La psicología social y su actual relación con los enfoques histórico-culturales, lindantes con la antropología y el campo de las representaciones sociales, en su relación con la construcción de sentido común y singular.
-El conductismo clásico diseñó complejos dispositivos experimentales y diversas aproximaciones para situar una relación entre interioridad y conducta, dando paso luego a la psicología cognitiva moderna y sus afluentes más cercanos a modelos computacionales de lo mental. Esta tradición ha sido usufructuada de manera aplicacionista por el neurocuentismo.
-El constructivismo piagetiano ahondando sobre la relación dialéctica entre el sujeto y el objeto de conocimiento, teniendo efectos en las prácticas de crianza y el campo educativo.
-Lev Vygotsky a principios de siglo en la URSS pensando en clave materialista-histórica la actividad humana mediada por instrumentos culturales-semióticos, conformando una cartografía psicológica muy compleja, ambiciosa y lamentablemente inconclusa por su prematura muerte.
-Enfoques clínicos de corte integrativos, sobre todo los provenientes de la Gestalt, con sus exhumaciones de rudimentos fenomenológicos.
-La Escuela de Palo Alto y sus derivas como psicología sistémica, interesada en los modos de comunicación paradojales.
Las diferencias y distancias son mucho más grandes que sus puntos de encuentro, como ocurre en muchos otros campos disciplinares. Pero de nuevo, esta brevísima enumeración da cuenta de diversas tradiciones, corrientes y teorías que componen el campo psi, por demás prolífico en nuestro país, cuya unidad no es meramente descriptiva sino metateórica: entre biología y experiencia existe alguna clase de mediación, un recorte u objeto de estudio llamado “vida psicológica” que tiene una especificidad irreductible, aun cuando se encuentre soportada por una máquina llamada organismo.
El neurocientismo suele saltear este problema. Allí donde el campo psi discute representación, simbolización, cognición, afectividad o conflicto, retorna una explicación directa basada en mecanismos cerebrales. Las críticas teóricas, epistémicas y clínicas a una o varias de estas escuelas son válidas y necesarias, pero lejos de una defensa corporativa y ante las modas ahistóricas diremos una vez más que lo viejo funciona.

La crítica a la subjetivación cerebral adquiere una especial relevancia en el campo de la salud mental, ya que su hegemonía favorece una concepción centrada en la enfermedad, el déficit o la anomalía biológica. El acto clínico se empobrece, ya que la escucha de la singularidad es relevada por la búsqueda de alteraciones neurobiológicas y por estrategias orientadas a la normalización o mejoramiento del rendimiento cerebral. Se borra la diferencia entre una persona humana que escucha y un chat bot que nos adiestra para un upgrade o hackeo cerebral.
Si se empuja a científicos e investigadores al exilio (fuga de cerebros) o se le dice descerebrado al militante opositor, positivizar el insulto puede resultar una operación de alquimia significante muy potente. ¿Será que debamos descerebrar la salud mental?
“Neurociencias = neoliberalismo” es una igualación perezosa e imprecisa. Se trata de rectificar el lugar del saber neurocientífico, criticar su aplicacionismo acrítico y unicausal, admitiéndolo válido por lo incompleto, al igual que los otros saberes que intervienen en nuestro campo. Ensayar interdisciplinariamente puntos de encuentro en las prácticas, profundizando la discusión epistemológica allí donde se avizora inconmensurabilidad.
El mayor problema de las prácticas en salud mental es la resistencia a reconocer a quien padece como un sujeto de derechos, cuestión presente en marcos normativos como la Ley Nacional de Salud Mental (que el actual gobierno busca contrarreformar) que reconoce al padecimiento psíquico como una realidad compleja donde la neurobiología es situada históricamente y en la relación con otros. Parece una obviedad, pero para que haya un sujeto de derechos debe suponerse primero a una persona, a una relación socio-política entre personas, a conflictos de interés, etc.
El acto clínico se empobrece, ya que la escucha de la singularidad es relevada por la búsqueda de alteraciones neurobiológicas y por estrategias orientadas a la normalización.
Que el soma o el cerebro tengan efectos sobre las identidades no es independiente de complejas relaciones entre personas y con ello que habla más allá de mí mismo. Alguien “es diverso” por el efecto que su cuerpo y cerebro tienen sobre sí y otros, en un momento histórico y social determinado; de lo contrario la biología será, una vez más, destino. Aquí el peligro de categorías como “neurodiversidad”.
Excede a este escrito, pero resulta pertinente señalar las derivas del individualismo cerebral en la construcción de ciudadanía y de agendas socio-culturales, gubernamentales y electorales: lo que varios autores refieren como neuropolítica. En ese sentido, evitando exageraciones paranoides, preocupa igualmente la paradoja de que una forma de ciudadanía, la cerebral, pudiera terminar implosionando a la categoría de ciudadano tal como la conocemos, con un desenlace peor, más sofisticado, más sutil, que cualquier futurismo distópico: un cientificismo sin lugar para aquella ficción llamada democracia.
En este punto resuena la crítica a la ciudadanía biológica desarrollada por Rose. El horizonte debería ser lo inverso: una persona debe considerarse sujeto de derechos antes de cualquier autopercepción neurobiológica.
Enunciamos por último algunos neurocuentismos del futuro o neurociencia ficción. Quizás el único lugar donde la metáfora cerebral funciona plenamente sea la inteligencia artificial. Porque la IA sí es su cerebro. A continuación algunas intuiciones y preocupaciones:
I. Durante décadas intentamos comprender a las personas como si fueran computadoras biológicas. El resultado inesperado fue que terminamos construyendo máquinas que se parecen extraordinariamente a la caricatura de persona que habíamos imaginado. Tecnologías que procesan información, reconocen patrones, correlacionan datos y producen algo parecido a un lenguaje (LLM). Nos tentamos a englobar todo lo anterior y definirlo como inteligencia o consciencia. Entonces aparece una inversión inquietante: las máquinas no estén demostrando que piensan como nosotros, sino mostrando hasta qué punto habíamos comenzado a pensarnos a nosotros mismos como máquinas cerebrales.
Terminamos construyendo máquinas que se parecen extraordinariamente a la caricatura de persona que habíamos imaginado.
Si la computación está intentando emular el funcionamiento neuro-cerebral, habida cuenta de la eficiencia y complejidad biológicas, ¿por qué entonces querríamos hacer de nuestro cerebro un burdo transistor y de nuestra subjetividad un circuito cerrado?
II. Si sólo nos centramos en patrones, el modelo humano en cuestión es una subjetivación Asperger (también llamado autismo de alto rendimiento) o lindante a la paranoia: aquellos seres consagrados a reconocer patrones sutiles pero incapaces de habitar y experimentar otra clase de sutilezas del lazo social.
La provocación de Pennisi y Benasayag ("La inteligencia artificial no piensa, el cerebro tampoco") apunta justamente allí. Del mismo modo que no es el cerebro el que ama, recuerda o se angustia, tampoco una IA comprende en carne propia aquello que computa. Procesar información no equivale a producir sentido, dado que reconocer patrones no alcanza para conformar un acto cognoscitivo o una toma de consciencia.
III. La IA obliga una revisión acerca de nuestras ideas sobre aprendizaje y conocimiento, y en espejo nos devuelve los límites del reduccionismo neurocerebral. No es exactamente lo mismo aprender que conocer, comprender o aprehender. “Machine learning” o el verbo to learn no engloba todo lo anterior. ¿Aprende una máquina o simplemente procesa cantidades gigantescas de información? Máquinas democráticas, en el sentido borgeano: abusan de la estadística. Los humanos no aprendemos sólo con nuestro cerebro, sino que nos constituimos, conscientes o no del todo, en sujetos de conocimiento antes que en máquinas de aprendizaje, y lo hacemos en el interior de prácticas socio-afectivas muy complejas: muy humanas.
Procesar información no equivale a producir sentido, dado que reconocer patrones no alcanza para conformar un acto cognoscitivo o una toma de consciencia.
Entre información (input-output) y comprensión existe un territorio que ninguna estadística puede capturar. Los genios no sólo encuentran patrones. “Talentoso” o “artista” es quien va más allá de la información, dado que sino cualquier especialista en estadística sería un Estadista o cualquier rata de biblioteca Escritor.
IV. En la serie Pluribus vemos el reverso espeluznante de la fantasía de un cerebro colectivo o “mente colmena”: cuando la conectividad cerebral es total ya no hay posibilidad alguna de negatividad o negación (condición primera para todo pensamiento y lenguaje humanos), que nos permite mentir pero también diferenciar, contrastar, matizar, exagerar, ficcionar. El cerebralismo debe pensarse como fundamento de toda ciencia ficción capitalista.
V. Explicamos el scrolleo incesante por la dopamina, o decimos que la novedosa forma de ludopatía propiciada por las apuestas online se debe a una arquitectura centrada en la “recompensa cerebral”, etc. Como estamos extraviados y abrumados ante fenómenos sociales tan complejos respondemos desde el neurocientismo. Queriendo hacer pensamiento crítico terminamos contribuyendo a la subjetivación cerebral: un crimen perfecto.
VI. Las promesas de externalizar la conciencia en dispositivos técnicos/etéreos tiene sentido ya que la mente se supone, ¡dónde sino!, en el cerebro. La arquitectura de realidades virtuales paralelas o de reemplazo son uno de los tópicos de la novela Materiales para una pesadilla (2021) de Juan Mattio. Nada más siniestro que el yo cerebral borgeano: “en la sombra ulterior del otro reino estaré yo, esperándome”. ¿Por qué sería muy distinta una realidad cerebral-virtual? Allí donde existimos sin esta cruda materia llamada cuerpo y somos puro cómputo, ¿no sería justamente el reino de la depresión?
VII. El imperio contraataca (1980) introdujo a Lobot, un ciborg ayudante de Lando Calrissian en la administración de Ciudad Nube. Era [hijo de un] esclavo, y a la edad de 15 años piratas espaciales asesinaron a su padre. Después de la caída de la República escapó a Ciudad Nube, donde robaba y fue detenido. La administradora de la ciudad decidió dar al joven una oportunidad: ser encarcelado o convertirse en el primer enlace con los ordenadores de la ciudad. Entre la bolsa o la vida eligió internet, obteniendo un implante cerebral. Puede comunicarse directamente con la computadora central, maneja su idioma, y precisamente por ello no puede hablar.

Lobot, prefijo de lobotomía, considera que "información directa es más eficiente". El sueño del sujeto cerebral, su deriva posthumanista, es finalmente la eliminación del lenguaje. Allí donde Lando traiciona, se arrepiente y vuelve al lado luminoso, Lobot sólo procesó ceros y unos desde su moral neuronal.
VIII. Como adscribo a la idea-fuerza de soberanía cognitiva es que considero imperioso rectificar el lugar del cerebro en la disputa en torno a la atención. Como la soberanía se trata de un ejercicio permanente es que no puede reducirse a un know-how cerebral, que nos somete sin quererlo a una pasividad propia de cualquier órgano o cosa mórbida.
Construir soberanía supone apropiación subjetiva, trabajo psíquico, mediaciones culturales, conflicto y filiación. Hay sesgos cognitivos precisamente porque funcionamos con algo más que nuestro cerebro: la manipulación y la verdad no se juegan en las neuronas.