/ tecnologia

Las verdaderas "killer apps" de la historia son analógicas

La historia no la escriben las pantallas, sino inventos como el vidrio o la refrigeración. Las "killer apps" analógicas que nos moldearon.

Las verdaderas "killer apps" de la historia son analógicas

¿Podemos pensar la civilización occidental desde el invento y no desde la epopeya? Este par inusual de pensadores, Steven Johnson y Niall Ferguson, leen al vidrio, el frío, el tiempo y el trabajo como hitos que cuentan una historia distinta a la de las pantallas.

Propongo un ejercicio sencillo para cualquiera de sus espacios profesionales o académicos: pregunten por “killer apps” y escuchen las respuestas. Seguramente todas irán hacia algún chatbot o de la próxima actualización de algún modelo, quizá una integración robótica. Pero pocos irán hacia algún invento más analógico. La pregunta tiene una trampa, porque la denominación “app” en estos tiempos siempre irá atada a un software, pero es menester poder virar ese pensamiento para entender qué tecnologías o aplicaciones de la misma nos han cambiado la vida, las damos por sentado y que, siendo parte del paisaje, nos han moldeado también a nosotros.

Steven Johnson y Niall Ferguson, leen al vidrio, el frío, el tiempo y el trabajo como hitos que cuentan una historia distinta a la de las pantallas.

Sucede que cuando pensamos en innovación, pensamos en la pantalla, sin excepción. Lo nuevo tiene que brillar, actualizarse anualmente y caber en el bolsillo. Sin embargo hay una tradición de pensadores que discute esa premisa desde la raíz, y ahí entre ellos destaco a Steven Johnson y Niall Ferguson, enfocando una historia de la civilización contada desde los objetos e instituciones que la hicieron posible. Sus recorridos son distintos, pero conversan entre sí de una manera que vale la pena reconstruir.

Las pastilla anticonceptiva madre de las invenciones

Antes de meternos en el catálogo que proponen los autores, hacemos una parada conveniente en un concepto previo, menos conocido pero más filoso: el de compuerta evolutiva, que propuso en 1972 el futurólogo John McHale. La idea es simple y a la vez incómoda. Cada invención relevante podría, en rigor, no haber ocurrido nunca (fue contingente, dependió de personas concretas cruzándose en ciudades concretas en momentos concretos) pero una vez que ocurre, la historia queda partida en un antes y un después sin posibilidad de retorno. Tarde o temprano toda tecnología exitosa empieza a parecer inevitable, aunque no lo haya sido nunca.

Un buen ejemplo, que McHale no llegó a ver pero que ilustra perfectamente su idea, es la píldora anticonceptiva. Sanger y Pincus podrían no haberse cruzado jamás en Nueva York, McCormick podría haber gastado su fortuna en otra cosa, y sin embargo una vez sintetizado el compuesto en forma de pastilla resultó imposible volver atrás: cambió de raíz quién controlaba la reproducción, mucho antes de que la sociedad terminara de discutirlo.

Ahora bien, ¿cuál de todas las invenciones humanas merece el lugar más alto en esa lista? La pregunta es una trampa, porque el orden depende de quien ordena. Richard Saul Wurman explicó hace años que toda información puede organizarse de cinco maneras posibles (por ubicación, alfabeto, tiempo, categoría o jerarquía), y la jerárquica es la más engañosa de todas porque esconde el criterio de quien decide qué va arriba y qué va abajo. Algo parecido advertía Stanislaw Lem cuando insistía en que toda futurología dice más sobre quien la escribe que sobre el futuro mismo. Lo mismo pasa cuando alguien arma un ranking de inventos que cambiaron el mundo.

El robot que cuenta otra historia

Steven Johnson resuelve ese problema de un modo elegante en Cómo llegamos hasta aquí (2015), retomando una idea del filósofo Manuel DeLanda: imaginar cómo contaría la historia humana un robot, o algún tipo de inteligencia no humana, ajeno a nuestras vanidades. Ese narrador no se detendría en imperios ni batallas, sino en los mecanismos que reorganizaron nuestra forma de percibir, movernos y pensar: el vidrio, el frío, el sonido, la limpieza, el tiempo y la luz.

El vidrio es, de los seis, el que más se presta para pensar en “killer apps analógicas”. Aparece por primera vez como curiosidad en la tumba de Tutankamón, con forma de escarabajo, y tarda siglos en volverse útil: primero como piedras para leer que los monjes apoyaban sobre los manuscritos, después como discos tallados en la isla de Murano que corregían la vista. Durante mucho tiempo casi nadie sabía que era présbita o miope, sencillamente porque no existía nombre para esa dolencia ni objeto que la resolviera. El disparador masivo, previsible pero poco recordado, fue la imprenta de Gutenberg.

Durante mucho tiempo casi nadie sabía que era présbita o miope, sencillamente porque no existía nombre para esa dolencia ni objeto que la resolviera.

Steven Johnson llama a esto el efecto colibrí, en contraposición al conocido efecto mariposa: es más fácil imaginar un mundo sin colibríes que un mundo sin flores, porque el colibrí es una adaptación evolutiva derivada de la existencia previa de la flor. Con los anteojos pasa algo parecido. De ahí en más el vidrio no dejó de zigzaguear: microscopios y telescopios que le abrieron mundos a Galileo y a Pasteur, tubos catódicos que encendieron la sociedad de la imagen, fibra óptica que hoy sostiene, literalmente, la infraestructura de Internet. Sobre esa misma fe en las herramientas como motor de cambio escribí antes a propósito del Whole Earth Catalog, la publicación que Stewart Brand imaginó como caja de herramientas para replantear la vida entera.

Seis aplicaciones con dos caras

Convengamos que hasta acá el recorrido de Johnson es puramente material: objetos que destraban otros objetos. Niall Ferguson mira el mismo problema desde otro ángulo, más institucional que técnico, en Civilization (2018): en vez de objetos, seis instituciones que funcionan como aplicaciones (él mismo usa la palabra killer apps) y que explican, a su juicio, cómo Occidente terminó dominando buena parte del planeta durante los últimos cinco siglos. Cambia el objeto de estudio, pero la lógica de fondo es la misma.

Cada institución que Ferguson identifica (la competencia, la ciencia, la propiedad privada, la medicina, el consumo y el trabajo) funciona, según él, como una aplicación de la civilización occidental, aunque preferimos no llamarlas así para no confundirlas con el software. Todas comparten una estructura bifronte que Ferguson ilustra con la figura de Jano, el dios romano de dos caras: la competencia puede degenerar en monopolio, la ciencia en superstición, la propiedad en esclavismo, la medicina en un poder capaz de matar tanto como de curar, el trabajo en ocio improductivo. Recién ahí, mirando las dos caras a la vez, la lista empieza a tener sentido histórico.

Interesa detenerse en algunos pares. La competencia, para Ferguson, no es un rasgo cultural sino el resultado concreto de la descentralización política y económica europea, que impidió durante siglos que un único imperio controlara todo el continente y obligó a los Estados a innovar para no quedar atrás. Algo similar ocurre con la propiedad privada, que él lee como el verdadero cimiento de la democracia representativa: una regla simple que permitió resolver disputas sin recurrir sistemáticamente a la violencia. Incluso el sistema de gobierno más elogiado de Occidente nace, en esta lectura, de un asunto tan prosaico como quién es dueño de qué.

Cada institución que Ferguson identifica (la competencia, la ciencia, la propiedad privada, la medicina, el consumo y el trabajo) funciona, según él, como una aplicación de la civilización occidental.

Bien podría leerse todo esto como una fábula triunfalista de Occidente, y es la lectura que el propio Ferguson pide evitar. Insiste en que todo ascenso convive con declives simultáneos en otras partes del mundo, y que el estudio del colapso merece la misma atención que el de la emergencia: la dinastía Ming cayó en 1644 por una combinación de crisis fiscal, cambio climático y epidemia; el imperio otomano se debilitó más por fallas internas que por presión externa; Simón Bolívar nunca logró federar unos Estados Unidos de América Latina equivalentes a los del norte. Basta mirar esos tres casos para desconfiar de cualquier relato de superioridad permanente.

Del bit al átomo

Interesante es también seguir el hilo hacia adelante, porque tanto Johnson como Ferguson escriben mirando el pasado para iluminar decisiones presentes, y ahí conviene sumar a un tercer autor que ninguno de los dos cita demasiado: Neil Gershenfeld, del MIT, y su idea de una tercera revolución digital. Después de que los bits transformaron las comunicaciones y después de que transformaron la computación, propone Gershenfeld, ahora empiezan a transformar directamente la fabricación de objetos: pasamos de programar mundos virtuales a programar el mundo físico. Impresión 3D, fabricación digital personal, la posibilidad de que cualquiera diseñe y produzca lo que necesita en lugar de comprarlo.

Ocurre ya, aunque todavía a escala o proyectos cuasi artesanales. En Argentina un claro ejemplo es Gino Tubaro que con su experiencia fabril de prótesis de mano funcionales para chicos con miembros amputados con impresoras 3D, o la experiencia del grupo de estudiantes de ingeniería que propusieron al jefe de trasplantes de la Fundación Favaloro imprimir modelos tridimensionales de órganos para ensayar cirugías antes de operar, y así lograron extirpar un tumor sin comprometer el órgano. Objetos que hace veinte años hubieran sonado a ciencia ficción hoy salen de una impresora de escritorio.

Nadie inventa solo

Lo que Johnson subraya, y que tanto Ferguson como Gershenfeld dan por sentado sin detenerse demasiado, es que nada de esto ocurre en soledad. El mito del inventor solitario (el Steve Jobs de garage, el genio que un día tiene la idea) colapsa apenas se lo mira de cerca: los grandes premios científicos de las últimas décadas rara vez se otorgan a una sola persona, y los procesos de innovación real están hechos de colaboradores anónimos, préstamos de ideas ajenas y ensayo y error compartido. Como en la Black Mountain College, donde artistas y científicos convivían a propósito para que las disciplinas se contaminaran entre sí. La colaboración, ahí como acá, no es un valor agregado: es la condición de posibilidad.

Aceptado que la innovación es colectiva y lenta, falta todavía explicar por qué algunas tecnologías tardan generaciones en imponerse y otras parecen instalarse de un día para el otro. Everett Rogers propuso hace décadas una curva que sigue siendo útil: primero los entusiastas y los innovadores, después los adoptantes tempranos, luego la mayoría pragmática y por último los escépticos, cada grupo con su propio umbral de tolerancia al riesgo. Ahí radica buena parte de la diferencia entre una tecnología que cambia de verdad la vida cotidiana y otra que se queda en vitrina de feria.

El mito del inventor solitario (el Steve Jobs de garage, el genio que un día tiene la idea) colapsa apenas se lo mira de cerca.

Igual de útil resulta la mirada de Clayton Christensen sobre por qué las industrias establecidas suelen llegar tarde a sus propias revoluciones: temen que la nueva tecnología canibalice el negocio que ya funciona, y mientras dudan, los usuarios terminan encontrándole usos que el fabricante original ni siquiera había previsto. Con el tiempo, satisfechas las necesidades básicas, el producto se vuelve simplemente good enough (suficientemente bueno) y deja de importar demasiado su rendimiento técnico. 

Así, cuando alguien pregunta cómo diseñar organizaciones, ciudades o liderazgos con una lógica genuinamente innovadora, la respuesta de Johnson y Ferguson no pasa por la próxima actualización de pantalla sino por prestar atención a las compuertas evolutivas que ya cruzamos sin registrarlo: el vidrio que nos permitió seguir leyendo después de los cuarenta, el frío que reorganizó el comercio de alimentos, el reloj que sincronizó fábricas enteras, el trabajo entendido como ética antes que como obligación. Ninguna de esas invenciones prometía cambiar el mundo cuando apareció; ninguna pedía permiso ni anunciaba su propia importancia en una keynote, y sin embargo ahí siguen, sosteniendo en silencio todo lo demás mientras nosotros esperamos la próxima notificación como si fuera a salvarnos de algo. ¿Cuántas de las killer apps analógicas que sostienen tu día reconocerías si dejaran de funcionar mañana, y cuántas de las aplicaciones que llevás en el bolsillo notarías si simplemente desaparecieran?

Sumate a 421 →