John Mulholland el ilusionista de la CIA
John Mulholland el ilusionista de la CIA
/ cultura

John Mulholland el ilusionista de la CIA

Hasta la década del setenta (pre-Watergate), la CIA contaba con libertades excepcionales para sus operaciones gracias a la competencia contra la poderosa KGB. En el marco del programa secreto MK Ultra, esas libertades se aprovecharon para la experimentación sobre humanos con LSD, hipnosis y magia. Por lo general, estas pruebas heterodoxas buscaban interferir de alguna manera en la percepción del enemigo o sospechoso, para obtener información o inocular información engañosa. 

En este auge del espionaje internacional, la CIA contrató al mago ilusionista John Mulholland. Habrían considerado, tal como nosotros podemos asociar sin demasiado esfuerzo, que la magia y el espionaje son dos artes que comparten un rasgo: el engaño de la percepción. Como profesiones, requieren una formación en la manipulación del público o el enemigo. Desde un imaginario hollywoodense, podemos imaginar que además comparten algunas otras técnicas, como las de los dispositivos de ocultación, los disfraces, la prestidigitación o el juego de manos, además de cierta galanura seductora. 

Mulholland era un ilusionista, un mago de varita y conejo. Formaba parte de la escuela de magos ilusionistas que trabajan con trucos, cuya fórmula implica hacer parecer verdadero lo falso. Por principio, su disciplina opera con los límites de la conciencia de su audiencia en el marco de un pacto teatral. 

Hasta la década del setenta, la CIA contaba con libertades excepcionales para sus operaciones. En el marco del programa secreto MK Ultra, esas libertades se aprovecharon para la experimentación sobre humanos con LSD, hipnosis y magia.

Antes de ser contratado por la CIA, Mulholland había tenido una carrera muy exitosa, con espectáculos populares (hasta hizo presentaciones en la Casa Blanca) y la dirección de revistas especializadas en magia. Entre sus publicaciones había manuales con trucos, como se esperaría de un mago exitoso, pero también un libro dedicado a la deslegitimación de los ocultismos, los espiritismos y otras parapsicologías, que llevaba el envidiable título Beware Familiar Spirits (“Cuidado con los espíritus familiares”). El mago defendía el prestigio de su oficio poniendo la mira sobre un enemigo definido: los magos de magia negra, los hechiceros o brujos, considerados farsantes, chantas, embusteros. Entusiasta de los métodos de ilusión, descomponía los artilugios de los falsos artistas del encantamiento. 

Mulholland un día anunció su retiro y ya no fue visto en los círculos sociales de la magia. Su retiro, se dice, fue una coartada para aceptar la propuesta de la CIA para entrenar a sus agentes en las artes del engaño, para lo cual escribiría manuales con instrucciones que valían tanto para el uso como para la detección de maniobras enemigas. Era considerado especialmente calificado para desenmascarar jugadas del enemigo soviético

El área de la CIA en la que Mulholland hizo sus más importantes aportes es el de la contrainteligencia, que es el sector con la tarea de estudiar los métodos del enemigo y contrarrestarlos. Es por definición, primero, una disciplina analítica, porque se estudian organizaciones, y, luego, una aplicada. Es un terreno en el que las reglas son que uno va a engañar y a ser engañado, y la información sobre el rival es una parte fundamental. 

Mullholand no era solo un ilusionista. Mulholland realizaba una suerte de contrainteligencia cuando desenmascaraba a los ocultistas, porque se dedicaba a estudiar los métodos de engaño del competidor. Como en el ajedrez, el jugador procura anticipar al competidor que tiene enfrente. Como en los juegos, el engaño está justificado.

John Mulholland, el mago de la CIA

Contrainteligencia

El último día de 2025, mientras nos perfumábamos para las celebraciones de año nuevo, el presidente Milei firmó un DNU que modificó la Ley de Inteligencia Nacional. Varios de los cambios atienden al aspecto de la  contrainteligencia. 

El artículo 2°, antes de la modificación, contenía una definición del término:

la actividad que se realiza con el propósito de evitar actividades de inteligencia de actores que representen amenazas o riesgos para la seguridad del Estado Nacional.

El artículo 2° modificado ya no apunta a actividades de inteligencia como el objetivo a evitar, sino a:

acciones de infiltración, fuga de información clasificada, espionaje, atentados contra el orden constitucional, sabotaje, influencia, injerencia o interferencia de factores externos en detrimento del proceso decisorio de las autoridades constituidas del sistema republicano de gobierno, de los intereses estratégicos nacionales y/o de la población en general.

Esta larga cita del decreto ilustra el grado de expansión de lo que se entenderá por contrainteligencia; los términos influencia, injerencia, interferencia sugieren un redireccionamiento de la acción de la SIDE hacia el terreno brumoso de la detección de amenazas discursivas. Según es de público conocimiento, la agencia es controlada por el consultor político Santiago Caputo, lo que sugeriría una doctrina de inteligencia más relacionada a la comunicación. Lo que es claro es que esta modificación profana la concepción original, al pie de la letra, de la contrainteligencia, que es detectar y contrarrestar operaciones de inteligencia, y no vigilar la “influencia” de las comunicaciones privadas, intervenciones periodísticas y otros flujos internos de información. Desde antes de la noticia de la infiltración rusa en los medios argentinos o el “escándalo” de la “cámara oculta” en la Rosada, hay un discurso oficial que invoca recurrentemente a la figura del periodista espía.

La contrainteligencia, por definición, permite blandir la idea de una defensa ofensiva, un oxímoron de tintes paranoicos, porque lleva a activar un estado de reacción preventiva. Cuando al engaño se puede responder con engaño, cualquiera es sospechoso y cualquier sospecha puede ser el fundamento para la activación de una contraofensiva. Bajo la palabra contrainteligencia yace plenamente el instrumento semántico del Estado que vigila.

Palomas espías.
Palomas espías.

Infomagia y control psíquico

En su libro Tecgnosis, el investigador y periodista Erik Davies mapea distintas circunstancias del siglo XX en las que las creencias espirituales y las supersticiones premodernas encontraron nuevas formas de vigencia en los usuarios de la tecnología y, en particular, de los medios de comunicación. Una de sus invocaciones es la de la tradición gnóstica, una rama mística herética del cristianismo que se oponía a la misión de la expiación del pecado. En cambio, proponía una salvación proveída por la búsqueda del conocimiento y la acumulación de saberes, una suerte de trascendencia informacional. En la mitología gnóstica, además, había un antagonista informativo: la oscura figura del demiurgo o arconte, el enemigo de la claridad, que ataca con imágenes engañosas o falsedad al creyente. En la actualización tecgnóstica del siglo XX, esta criatura es el enemigo con disposición sobre medios de comunicación. 

Davis menciona la postulación a mediados del siglo XX del matemático Claude Shannon de una teoría de la información, un modelo para representar, medir la información y evaluar los canales de la comunicación. Su idea de la comunicación (simplificamos acá en la fórmula emisor- señal- canal- receptor), junto con las primeras teorías computacionales de la mente, instalan un lenguaje vinculado a una mecanicidad y calculabilidad de la comunicación, que se ve reproducido en ambientes empresariales y en las humanidades. Se erige, por ejemplo, el mito del genio creativo publicitario, una especie de mago que trabaja sobre la plasticidad de la mente humana y su corta atención.

Por los años sesenta, el cognitivismo se consolida como paradigma en la psicología norteamericana. En su faceta más experimental, sometía a prueba el procesamiento no consciente de información en la mente. Se exponía a sujetos a imágenes con estímulos “subliminales”, para probar que podían identificarlos y procesarlos sin la participación de la conciencia. La conclusión era que la mente realizaba procesos que rebasaban en complejidad a la débil consciencia, ampliando y haciendo confundir los términos de inteligencia y percepción. Esta veta de la exploración cognitiva llevaría a coquetear con la idea de la introducción subliminal de ideas en personas. 

Fue una época en la que, bajo el paraguas de un supuesto cientificismo de la mente y la información, las instituciones oficiales emplazaban escenas que parecen evocar más al espiritismo que al laboratorio. 

La joven CIA (fundada en 1947) quería aprovechar los límites de la consciencia y se obsesionaba con controlar las fallas de la percepción humana, sus lagunas de atención. El programa del MK Ultra profundizaban en esta búsqueda. Se cree que, a través de la agencia, se financiaban investigaciones de neurólogos, psicólogos, sociólogos y artistas, con el objetivo de amaestrar el arte de la manipulación cognitiva. La contratación del mago sucedía en este marco. Era una interpretación bastante literal de la idea de aprender y adiestrar las técnicas del engaño de la percepción. 

La CIA quería aprovechar los límites de la consciencia y se obsesionaba con controlar las fallas de la percepción humana, sus lagunas de atención. El programa del MK Ultra profundizaban en esta búsqueda.

Mullholand no fue el primer mago espía. El ocultista más famoso de la historia, Aleister Crowley, autoapodado La Bestia 666, había trabajado para el Servicio Secreto de Inteligencia británico, dispuesto a usar su extravagante reputación para infiltrarse en terrenos enemigos para monitorear su acción. Crowley es un exponente ilustre de esa magia que Mulholland se dedicaba a desenmascarar, la escuela de la magia negra, basada en la alteración de la realidad. El ocultismo, a diferencia del ilusionismo, sucede dentro de los hogares, donde desarrolla rituales y experimenta con la alteración de la consciencia. Las dos tradiciones se corresponden a dos escuelas distintas de la gnoseología. El ilusionismo hace parecer verdadero lo falso, e implica una teoría de conocimiento que escinde entre lo que nuestros sentidos pueden proveernos y la realidad tal cual es. La magia negra, con su mistificación, busca directamente la transformación de la percepción de sus practicantes.

Aquellas obsesiones sesentistas con la magia y los experimentos cognitivos se terminaron con la Guerra Fría. Una lástima.

Sumate a 421 →