Neurodispositivos: Reducir la subjetividad a la electroquímica
Los neurodispositivos actuales prometen optimizar la mente. El riesgo: reducir la subjetividad humana a flujo electroquímico.
Ya existen neurodispositivos que permiten leer los flujos eléctricos (y sanguíneos) del cerebro en tiempo real. Actualmente están siendo testeados para ser usados en el diagnóstico y tratamiento de padecimientos mentales, así como para optimizar procesos cognitivos.
Incluso hay tratamientos en salud mental que consistirán en la intervención sobre el flujo electroquímico del cerebro mediante la modulación eléctrica. ¿Puede el psiquismo homologarse a un patrón electroquímico cerebral?
El caso Motif Neurotech
En abril de este año, la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA, por sus siglas en inglés) dio luz verde a la empresa Motif Neurotech para probar clínicamente su chip en un grupo de pacientes con depresión resistente a psicofármacos. El implante es insertado mediante una cirugía de unos veinte minutos en la parte interna del hueso craneal, sobre la corteza prefrontal. El fin del dispositivo es poder enviar impulsos eléctricos a esta área del cerebro que, según la evidencia clínica que citan, está poco activa en las personas con depresión alta. El estudio se llama RESONATE y va a hacer un seguimiento de doce meses a pacientes que ya probaron dos o más tratamientos farmacológicos sin resultados.

La aprobación de la FDA a esta empresa no es casual. Motif es una de las compañías seleccionadas bajo el programa de ARPA-H (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de EE.UU.) para su iniciativa EVIDENT, un programa impulsado por Trump que destina unos 139 millones de dólares a investigaciones en torno al tratamiento de enfermedades mentales. Como dijo la directora de ARPA-H, la idea es dejar de tratar a la salud mental de forma “subjetiva” y no mensurable, para dar lugar a tratamientos individualizados en base a datos de las mediciones bio-cognitivas.
La idea es dejar de tratar a la salud mental de forma “subjetiva” y no mensurable, para dar lugar a tratamientos individualizados en base a datos de las mediciones bio-cognitivas.
Suena increíble en varios sentidos. La posibilidad de tratar un padecimiento psíquico mediante la modulación del flujo electroquímico cerebral parece ficción. Aunque es sabido que la ciencia ficción está aportando gran parte del imaginario que impulsa hoy las investigaciones en laboratorio.
Como dato al margen, ARPA-H es una de las herederas de la histórica ARPA, la Agencia de Defensa Militar de EEUU, que creó ARPANET en 1969: la primera red de computadoras a distancia que dio origen a Internet. Con estos antecedentes, parece que la cosa va en serio.
Pero antes de profundizar en esta (y otras) neurotecnologías, y su particular forma de concebir lo psíquico, vamos un poco para atrás.
Del psiquismo como circuito eléctrico
En 1780 un médico y científico italiano llamado Luigi Galvani se encontraba experimentando con la estimulación de nervios y músculos de las ranas utilizando máquinas electrostáticas. En uno de sus experimentos notó que los músculos de las ranas se contraían al ser tocados con el bisturí, sin que el cuerpo estuviese conectado a su equipo eléctrico. Así, descubrió que había electricidad en los seres vivos; la bioelectricidad fue el hito que fundó la concepción de la neurofisiología moderna.
Un par de años después, en 1924, el neurólogo alemán Hans Berger realizó el primer registro de las oscilaciones rítmicas del cerebro en un paciente joven de 17 años, en el marco de sus estudios sobre la correlación entre la actividad cerebral y los fenómenos psicológicos. En su extravagante búsqueda por dar con las bases científicas de la telepatía (sí, esto es para capítulo aparte) descubrió el electroencefalograma (EEG), lo cual lo hizo mundialmente famoso, al registrar por primera vez la actividad eléctrica del cerebro humano.
A estos antecedentes también se le puede sumar muchos otros, como los trabajos del neurocientífico yanqui Eberhard Fetz quien, mediante su experimento en monos, afirmó que la actividad neuronal podría ser modulada a través de diferentes tipos de condicionamientos. Y así dio lugar a pensar la manipulación voluntaria de patrones de actividad neuronal.
Por lo que:
Si existe electricidad en lo vivo,
si hay electricidad en el cerebro vinculada a fenómenos psicológicos,
y si es posible modular (con condicionamientos o con estimulación eléctrica directa) la actividad neuronal;
Entonces, ¿puede la modificación de la actividad electroquímica del cerebro ser un tratamiento para la salud mental?
Bueno, el planteo no es nada nuevo. Nos remontamos al menos 100 años atrás cuando, ante la ausencia de antipsicóticos (que se inventaron en los años cincuenta), la aplicación de electroshocks a pacientes con esquizofrenia o depresión era bastante corriente (de bajo amperaje y unos 100v).
Si bien la práctica se redujo por lo grotesco del procedimiento (si no vean a Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco), todavía se continúa usando en pacientes resistentes a fármacos bajo el nombre de terapia electroconvulsiva. Con menos espectacularidad y aplicada bajo anestesia en el quirófano.
Varios años después, la idea de la intervención eléctrica se retoma como forma de tratar lo psíquico de la mano de los neurodispositivos, ampliándose a una gama mucho más amplia de padecimientos contemporáneos.
Sobre los neurodispositivos
A grandes rasgos los neurodispositivos se dividen en dos tipos: invasivos y no invasivos. La diferencia es que los primeros requieren una intervención quirúrgica. Tomemos a dos de las empresas más resonantes de cada tipo para analizarlas y ver qué jugadores están detrás de estas tecnologías.
Por un lado tenemos a Neuralink, probablemente la más conocida dentro del mundo de neurodispositivos, principalmente por su CEO y fundador, Elon Musk. Por el otro tenemos el caso de Kernel, con un CEO igualmente famoso y polémico: el coach de la inmortalidad, Brian Johnson.
En el caso de Neuralink, la empresa desarrolla implantes neuronales para ser colocados mediante una intervención quirúrgica intracraneal, con un robot que inserta los 64 hilos (que poseen 1024 electrodos) en el córtex mediante una fina aguja. Por esto, es considerado el dispositivo más invasivo de todos. Esta conexión permite generar una interfaz entre el cerebro y la computadora (BCI, por sus siglas en inglés), teniendo actualmente entre sus principales funciones la posibilidad de controlar dispositivos digitales a distancia de forma cuasi telepática, lo que le dio el nombre a su implante: Telepathy (qué intuición la de Hans Berger, ¿no?).

En enero del 2024 se le realizó la cirugía al primer voluntario, Noland Arbaugh, quien quedó tetrapléjico en 2016 mientras nadaba en un lago. A este momento, ya existen cerca de 25 personas implantadas. El funcionamiento del implante de Neuralink se basa en microelectrodos intracorticales colocados directamente sobre el tejido cerebral, capaces de registrar la actividad neuronal a nivel celular con alta resolución. Esto permite ver mucho más de cerca (100 micrones) a neuronas individuales o grupos de neuronas y sus intercambios, permitiendo tanto la decodificación de señales como la estimulación eléctrica de su potencial de acción. Así, infiriendo el funcionamiento global de la psiquis a partir de la lectura de los múltiples electrodos colocados en la corteza, se podrían leer y realizar intervenciones a escala sináptica.
Dj Seo, uno de los cocreadores de Neuralink argumentó (en un podcast de 8 horas dedicado a la empresa), que existe la posibilidad de “escribir” en el cerebro mediante ultrasonido, lo cual podría traducirse en avances en múltiples campos, entre ellos, el de la salud mental: Neuralink incluso va más allá de lo que propone Motif Neurotech, asegurando que mediante estas tecnologías sería posible tratar no sólo la depresión, sino también el trastorno obsesivo compulsivo, la ansiedad, entre otros padecimientos psi.
Incluso la lentitud, el letargo, serían otras de las enfermedades a tratar. Así lo plantearon tanto Musk como Seo en el podcast dedicado a Neuralink, argumentando que es necesario acelerar los ritmos de comunicación entre humano-dispositivo. Dicen que con el implante sería posible saltear el circuito motor, que parte desde el cerebro hacia los músculos y luego hacia la acción. Entonces la secuencia motora sería cerebro-dispositivo, sin pasar por la musculatura, accediendo casi instantáneamente a cualquier cosa vinculada a la Internet de las cosas. Todo gestionado mediante el pensamiento.
En la otra esquina tenemos a Kernel. La empresa de Bryan Johnson tiene 2 neurodispositivos insignia: Kernel Flux es un casco portátil de magnetoencefalografía (MEG) que utiliza sensores de alta sensibilidad (OPMs), capaces de detectar cambios en los campos magnéticos de la actividad cerebral en tiempo real y Kernel Flow, el cual ha sido estudiado debido a su capacidad de emitir fotones mediante una luz infrarroja, lo que permite la medición de flujo sanguíneo en pos de determinar la concentración relativa de hemoglobina en el cerebro.
La compañía argumenta que, analizando los patrones de actividad electroquímica del cerebro se podría determinar la forma en que se va a tratar cada patología. Por ejemplo, utilizaron el casco Flux para investigar los biomarcadores de la depresión y calcularon qué tratamiento sería el óptimo mediante el seguimiento exclusivo de las variaciones bioeléctricas del cerebro .
Ambas compañías comparten una concepción mensurable de la enfermedad y el tratamiento en salud mental, diferenciándose en tanto que Neuralink apuesta a una intervención directa sobre el cerebro, mientras que Kernel se orienta hacia la medición y el monitoreo constante. Si estas empresas se han vuelto tan visibles es por sus CEOs, los showman tecnofeudales, Elon Musk y Bryan Johnson. Ellos comparten una visión del ser humano como sistema que debe optimizarse a través de intervenciones tanto en la psiquis como en el propio cuerpo.
Ellos comparten una visión del ser humano como sistema que debe optimizarse a través de intervenciones tanto en la psiquis como en el propio cuerpo
Bryan Johnson, en particular, aplica esta parametrización/optimización de sí al extremo: en su objetivo de no morir (Don’t die es el movimiento que fundó), se somete a múltiples estudios e intervenciones que van desde periódicas transfusiones de plasma con su hijo hasta medir la cantidad de erecciones nocturnas. Y también mide sus parámetros neurocognitivos con los cascos Flux y Flow para saber qué es lo que debe hacer a cada momento: cuál es el mejor momento para comer, para dormir, para estudiar, etc.

Además de Motif Neurotech, Neuralink y Kernel, existen más neurotecnologías que operan en el mismo sentido. Detallo sólo dos más que vienen al caso.
Emotiv
A diferencia de las otras empresas, Emotiv ya comercializa al público general varios de sus dispositivos. Su modelo más económico son los auriculares con electroencefalograma (EEG) de dos canales, que permiten leer las ondas cerebrales. El objetivo de estos auriculares sería procesar toda la data que tiran los sensores EEG y que la propia IA de la compañía (que viene con el starter pack del dispositivo) te brinde tips para potenciar la creatividad, mejorar la ansiedad, la memoria, gestionar la concentración, el estrés, etc. La idea sería poder (auto)controlar la mente para optimizar la cognición e incluso tratar esos desbalances que producen padecimientos.
Synchron
Su dispositivo Stentrode es invasivo, pero menos que el de Musk. Se inserta a través del sistema vascular del paciente promoviendo el control de dispositivos digitales mediante el pensamiento, de forma similar al Telepathy. Un dato no menor es que la empresa, en colaboración con Nvidia y Apple (de nuevo, la cosa va en serio), está desarrollando lo que denominaron una IA cognitiva: una nueva generación de inteligencia artificial entrenada directamente con la actividad neuronal de todos los usuarios del dispositivo, para poder generar un modelo promedio del cerebro y refinar las respuestas futuras. Actualmente el uso del implante está dirigido a pacientes con cuadriplejías o esclerosis lateral amiotrófica, para que puedan controlar mediante el pensamiento los dispositivos del hogar y alrededores. Además, la IA cognitiva promete poder detectar patrones neurales relacionados a enfermedades psíquicas y aplicar micro estimulaciones eléctricas para equilibrar el cerebro, ya que sus electrodos son bidireccionales (no sólo leen flujos neurales, sino que pueden funcionar como un pequeño marcapasos cerebral).
No se entiende el menú pero la salsa abunda
Desde el gobierno de EE.UU. a través de ARPA (también los chinos, pero ampliar esto requeriría como 3000 palabras más) hasta los grandes tecnofeudales como Musk y Johnson dan cuenta de que el potencial de avance de este campo todavía es totalmente desconocido.
Las promesas que anuncian suenan increíbles e ilusionan a quien padece una depresión grave o enfermedades neurodegenerativas severas (por qué negarlo). Manejar dispositivos con el pensamiento, para una persona con cuadriplejía, modifica su vida. Incluso para las personas (y sobre todo las familias de esas personas) que padecen una depresión resistente a psicofármacos, estos tratamientos aparecen como una salida esperanzadora. Pero aún reconociendo esto, hay que estar muy alerta ante el paradigma sobre el psiquismo que sostienen las tecnologías y los jugadores que las están creando.
La concepción de la enfermedad mental como un determinado flujo electroquímico del cerebro resuena acorde a la época: el padecimiento es puramente individual, a-contextual y está situado en un área específica del cerebro. El padecimiento mental también se alinea con la metáfora cognitivista: el cerebro es la computadora que todo procesa, y si hay algún problema de salud mental en el individuo, se debe fundamentalmente a una falla en su sistema.
Ansiedad, depresión, trastorno obsesivo-compulsivo, son algunas de las patologías que son conceptualizadas como alteraciones en el flujo electroquímico del cerebro. Por lo que, modular estos flujos mediante condicionamientos tanto conductuales o, incluso, mediante intervenciones eléctricas, se constituirá como una forma de tratamiento psi.
Y estos neuro-aparatos no sólo servirán para tratar padecimientos diagnosticados con nombre y apellido, también pueden ser utilizados como formas de optimizar el psiquismo. En ese sentido va por ejemplo la nombrada Emotiv, que ofrece la tentadora posibilidad de modular tus estados mentales en tiempo real. No sería sólo la patología mental la que podría ser tratada a través de neurodispositivos: en la sociedad del rendimiento de la que ya hablaba el coreano Han, la necesidad de optimización atraviesa a todos.
No sería sólo la patología mental la que podría ser tratada a través de neurodispositivos: en la sociedad del rendimiento, la necesidad de optimización atraviesa a todos.
En el panorama salutista contemporáneo podemos ver que cualquier librería tiene, en sus principales exhibidores, diferentes versiones de un mismo libro que reza “cómo optimizar tu cerebro”. En cualquier red social, en algún momento, alguien va a decirte qué comer, o qué ejercicios hacer, o qué suplemento tomar, o cómo no sentir ansiedad, o cómo gestionar la ira, etc, etc, etc. Instagram se volvió una vidriera de tips: decime qué tengo que hacer para “x” cosa. ¿No es eso también lo que nos ofrece cualquier chatbot cuando se le consulta en torno a la salud mental? Claude, ChatGPT nos tratan bien, son condescendientes. Y nos dan los ansiados tips para saber qué hacer o cómo puedo optimizar el trabajo, el tiempo, el estrés, hasta incluso cómo poder acelerar el duelo. Los tips promueven que cada quien pueda gestionarse a sí mismo. De ahí la fiebre del coaching y la necesidad de consejos para estar más saludables. Como lo plantea Boris Groys es Filosofía del cuidado, cada vez buscamos estar más sanos pero cada vez estamos más enfermos. Así no hay tip que alcance, viejo.
En este auge cerebrista de la salud mental, ya no haría falta indagar en lo profundo, como puede proponer el psicoanálisis, porque la máquina ya sabe (calcula) qué es lo mejor para uno mismo. ¿Para qué vamos a profundizar? Para qué hacer(me) en un relato eterno, reflexionando; para qué indagar sobre la psique.
El inconsciente freudiano, hecho de fantasmas y deseos, parece reversionarse bajo estas tecnologías en lo que Byung Chul Han llamó inconsciente digital: lo que definiría la dirección del tratamiento estaría determinado por todos los biodatos de sí mismo que el sujeto desconoce (y que arrojan los sensores). Las indicaciones serán una serie de pautas didácticas a realizar por el paciente. Unos buenos tips. O, como vimos, una buena microestimulación eléctrica.
Las formas de tratamiento de lo psíquico actuales tienden cada vez más a la optimización del rendimiento y la modulación de parámetros cognitivos hacia estándares considerados ideales. Entra en sintonía con lo que ya plantea Deleuze en Posdata sobre las sociedades de control, pero ahora llegando hasta el flujo neuro-eléctrico.
Entonces, ¿es el psiquismo el circuito eléctrico del cerebro?
La tendencia a volver al sistema vivo una tokenización de parámetros individuales a gestionar, deja por fuera todas las otras variables que hacen a la subjetividad. El dato pretende anular el relato, como si no fuera un relato más.
Más allá de que estas tecnologías pueden ofrecer paliar, prevenir o curar enfermedades hasta el momento irreversibles (hasta ahora más promesas que otra cosa), es necesario promover un ejercicio de soberanía cognitiva para poder pensar, desde el sur del continente, formas de concebir lo psíquico que no caigan en los reduccionismos impuestos desde el norte a través de los tecnofeudales y del propio gobierno de EE.UU.
Argentina es un territorio en el que históricamente se ha resistido a pensar que sólo somos un cerebro, a cuantificar al sujeto a una serie de variables electroquímicas. La evidencia de eso es, entre otras cosas, el récord de psicoanalistas que ostentamos. No porque el psicoanálisis sea el modelo ideal frente a otros, sino porque, en sus comienzos, el movimiento fundado por Freud partió de una crítica ante el reduccionismo positivista de su época. El discurso de quien consulta tiene, en sus nervios, mucha más información sobre su propio futuro que cualquier tip que podamos darle. Pero va más allá del psicoanálisis.
El discurso de quien consulta tiene, en sus nervios, mucha más información sobre su propio futuro que cualquier tip que podamos darle.
También hay que visibilizar todas aquellas cosas que hacen a la subjetividad y no están localizadas en el órgano cerebral. Incluso en términos biológicos, el cerebro no funciona solo ni puede tomarse de forma aislada para dar cuenta de la salud mental: en el intestino se produce buena parte de nuestros neurotransmisores. El sistema endocrino regula el estrés y el ánimo por vías que no pasan por la corteza. El pensamiento, como plantea el argentino Benasayag y otros post cognitivistas, está corporizado. No tiene sede exclusiva en el cerebro, todo el cuerpo está involucrado en la emergencia de lo psíquico.
Y, al mismo tiempo, este cuerpo está situado en un ecosistema, del cual el ser humano es una parte integrante más. Como no puede desconocerse la singularidad de la historia de cada sujeto, tampoco pueden invisibilizarse las condiciones sociales, económicas, nutricionales, ambientales que hacen a la a salud mental.
La resistencia hacia el cerebralismo tecnológico estará también dada por la posibilidad de desarrollar un propio campo, poder salir del monotecnologismo del Norte impulsado por Silicon Valley. Producir una cosmotécnica de lo local, en el sentido que trabajaba el chino Yuk Hui, en tanto se promuevan tecnologías que tengan en cuenta el territorio en el que se despliegan, y que este territorio no es sólo un entorno, sino que hace a la subjetividad.
Las bases para esa cosmotécnica de lo local ya están impresas en la Ley Nacional: no se debe olvidar que la salud mental es un “proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos”.
Será salud.
Las notas de 421 no tienen paywall
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.